La hija que no es mía

**Jueves, 20 de junio**

¡Qué estás diciendo, Sofía! – Carlos soltó el papel sobre la mesa y golpeó la superficie con el puño. ¡Como para volverse loco! ¿Qué prueba es esa? ¿Te has vuelto majareta?

– ¡No me chilles! – Sofía se levantó bruscamente del sofá, los ojos encendidos de furia. ¡Tengo derecho a saber la verdad! Lucía se parece cada día menos a ti, y tú lo sabes mejor que nadie.

– ¡Es mi hija! – gritó Carlos. ¡Nuestra hija! Y si vuelves a mencionar esa maldita prueba, yo…

– ¿Qué vas a hacerme? – preguntó Sofía desafiante, poniendo las manos en las caderas. ¿Echarme? ¡Pues anda, échame! Pero antes, sabremos de quién es la hija que cría esta casa.

Carlos se desplomó pesadamente en una silla, pasándose las manos por el rostro. Nunca había existido una pelea semejante en su familia. Ni siquiera en los peores momentos habían llegado a los gritos y las acusaciones.

– Sofía, ¿qué te pasa? – preguntó él, agotado. ¿De dónde salen estas ideas tan absurdas? Lucía nació en el hospital, yo mismo la recogí de la clínica. ¿Es que no te acuerdas?

– Me acuerdo – masculló ella entre dientes. – Pero eso no responde mis preguntas.

Sofía se acercó al aparador y sacó las fotos familiares. Las desparramó encima de la mesa, frente a su marido.

– Mira – señaló con el dedo las imágenes. – Aquí Lucía con un año. Rizos claros, ojos azules. Aquí con tres. Sin cambios. Y aquí, ahora, con quince. Pelo liso y oscuro, ojos marrones. Dime, ¿cómo es posible?

– Los niños crecen, cambian – intentó objetar Carlos. – Tiene la adolescencia encima, las hormonas…

– ¡Las hormonas no cambian el color de los ojos! – lo interrumpió Sofía. ¡Ni convierten los rizos en pelo liso! ¿Y su altura? ¡Quince años y me lleva una cabeza! ¿De dónde sale esa estatura, si los dos somos medianos?

Carlos calló, examinando las fotografías. Ciertamente, los cambios eran drásticos. La niña rubia se había transformado en una adolescente alta, morena, con rasgos casi sureños.

– Quizás salió a la abuela – sugirió con poca convicción. – O a la bisabuela. La genética es caprichosa.

– ¿A qué abuela? – se indignó Sofía. – Mis padres son de pelo claro, los tuyos también. Los bisabuelos igual. ¿De dónde salen estos rasgos del este?

Lucía entró en la estancia. Alta, esbelta, con su largo cabello castaño oscuro y grandes ojos pardos. Guapa, sí, pero realmente poco parecida a sus padres.

– ¿Por qué gritáis? – preguntó, mirando alternativamente a su padre y a su madre. – Los vecinos ya se quejan.

– Nada, hija – respondió Carlos rápidamente. – Mamá está un poco nerviosa.

– ¿Por qué? – Lucía se sentó en el sofá y acercó las rodillas al pecho. – ¿Otra vez el trabajo?

Sofía observó detenidamente a su hija. Tan calmada, tan sensata; nada emocional como ella misma. Y física y emocionalmente, distante.

– Lucía, dime algo con sinceridad – preguntó Sofía de repente. – ¿Nunca te has preguntado por qué no te pareces a nosotros?

– ¡Sofía! – estalló Carlos.

– ¿Qué Sofía? – Sofía se giró hacia él. – Que responda. También le concierne.

Lucía se encogió de hombros.

– No sé. Nunca he pensado en ello. Pero… ¿importa mucho? Vosotros sois mis padres.

– Claro que sí, hija – Carlos abrazó a la chica. – No le hagas caso a mamá, hoy no es su mejor día.

Sofía contempló la escena con rabia contenida. Marido e hija se entendían a la perfección sin palabras. Y ella se sentía fuera de lugar en su propia familia.

– Ve a hacer los deberes – le dijo a Lucía. – Papá y yo tenemos que hablar.

Lucía asintió y salió de la habitación. Carlos la siguió con la mirada antes de volverse hacia su esposa.

– ¿Por qué la torturas? – preguntó en voz baja. – Ella no tiene culpa de nada.

– ¿Y quién la tiene? – Sofía se sentó frente a él. – Carlos, necesito la verdad. Si Lucía es nuestra hija, la prueba lo confirmará. Y si no…

– ¿Y si no, qué? – la interrumpió. – ¿Echas a la niña a la calle? ¿Dejarás de quererla?

Sofía calló. Ella misma ignoraba qué haría si sus sospechas se confirmaban.

– La quiero – admitió. – Pero necesito saber.

Carlos se levantó y se acercó a la ventana. En la calle, niños jugaban, madres paseaban con carritos. La vida cotidiana, donde no cabían sospechas tan terribles.

– Sofía, ¿y si la verdad no es la que imaginas? – preguntó sin volverse. – ¿Entonces qué?

– No lo sé – respondió ella con honestidad. – Pero seguir viviendo en la duda ya no puedo.

**Por la noche**

Carlos no pudo conciliar el sueño hasta tarde. Yacía dándole vueltas a cómo su vida había cambiado en un solo día. Por la mañana, una familia corriente; ahora…

Junto a él, Sofía daba vueltas en la cama. Tampoco dormía.

– Carlos – susurró. – ¿Duermes?

– No.

– Dime la verdad, ¿nunca habías sospechado?

Hizo una pausa antes de suspirar.

– Alguna vez. Pero lo apartaba de mi mente. Lucía es mi hija, sea lo que sea lo que diga esa prueba.

– Lo comprendo. Pero yo no puedo vivir así.

**Mañana siguiente**

En el desayuno, Lucía captó la tensión
Pasaron los años en esa casa de Sevilla, compartiendo risas sobre la sopa de tomate y rancheras en la radio, hasta que un domingo soleado, mientras el aroma a paella inundaba la cocina, Lola abrazó a sus padres antes de abrir su maleta universitaria, sabiendo que siempre encontraría refugio en estos brazos que la eligieron como hija.

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