**La niña**
Lucía se durmió cuando ya amanecía. Al abrir los ojos, la habitación estaba bañada de luz solar y frente a ella estaba Javier, sonriéndole.
—Te esperé toda la noche. ¿Dónde estabas?
—Mi chiquilla, ¿ves? No me ha pasado nada. Arréglate y vamos a desayunar fuera —dijo Javier con calma.
Hacía un día cálido como solo en verano.
—¿Quieres un helado? —Sin esperar respuesta, Javier se acercó al puesto de la esquina y compró el favorito de Lucía: crema catalana en cucurucho.
—Estás de buen humor. ¿Ganaste en las cartas? —preguntó Lucía, lamiendo la punta del helado.
—No. Tengo una idea. Y para llevarla a cabo, necesito tu ayuda.
—Pero nunca me incluyes en tus planes. ¿Qué debo hacer?
—Nada. Solo estar cerca. Si no quieres, puedo solo.
—No, voy contigo —respondió rápidamente Lucía.
—Sabía que dirías eso. Elige un vestido blanco —contestó Javier, condescendiente, envalentonado por su propio humor.
—¿En serio? ¿Me estás pidiendo matrimonio? —La chica se ilusionó tanto que hasta olvidó el helado en su mano.
Ninguna mujer había logrado siquiera mencionar el matrimonio con Javier. Pero Lucía era distinta. Se había convertido en su talismán, su buena suerte. Hacía un año, la había rescatado de tres maleantes.
Lucía vivía con su madre en un pueblo pequeño. Desde que su padre se fue, su madre se refugió en la botella. Empeoró cuando llevó a casa a otro hombre, anunciando que viviría con ellas. El nuevo compañero miraba a Lucía con mal disimulo, y una noche intentó arrastrarla a su cama. Ella escapó, se subió al tren y acabó en la gran ciudad.
Sin dinero, sin familia, sin saber qué hacer. Su aspecto perdido llamó la atención de unos chicos que merodeaban la estación en busca de incautos. Todo pudo terminar muy mal, pero Javier apareció al oír sus gritos y la rescató. Desde entonces, estaban juntos.
Lucía se enamoró de él. Alto, fuerte, bien vestido, con una sonrisa que inspiraba confianza. Estar a su lado era seguro, aunque él nunca ocultó que sus negocios no eran del todo legales. Pero jamás la involucró.
Se sentaron en un banco del paseo marítimo. El helado se derretía bajo el sol, el cucurucho empapado goteaba por su muñeca y manchaba su vestido.
—¡Maldita sea! —Lucía se levantó rápido, alejando el helado para no ensuciarse más.
—Tíralo, mujer —dijo Javier, entrecerrando los ojos al sol como un gato satisfecho.
Ella lo arrojó a la papelera y se lamió la mano. «Qué niña es todavía», pensó él con ternura.
—El asunto es prometedor, pero hay que pensarlo bien. No podemos fallar. Un novio con prometida inspira más confianza que yo solo.
—¿Con prometida? —repitió Lucía, volviendo al banco.
—Tú lo eres. —Javier la rodeó con un brazo, y ella se apoyó en él.
—Ayer supe de una vieja medio loca. No tiene a nadie. Su marido murió hace años, y su único hijo cayó en una misión militar. Lo olvida y sigue esperándolo cada tarde. Lleva un anillo que nunca se quita. Estoy seguro de que guarda más. Su marido no era cualquier hombre.
—¿Quieres robarla? —adivinó Lucía.
—No, sin escándalos. Nos lo dará ella misma. Vamos como el nieto y su novia. ¿Entiendes? Tu tarea es hacer que quiera regalarte sus joyas para la boda.
Javier tenía sus principios. A Lucía le dio pena la anciana. Engañar a políticos ricos era una cosa, pero a una anciana sola… Dudó.
—Cómprate un vestido discreto, del tipo que le gustará —dijo Javier, ignorando su vacilación.
—¿Y si se da cuenta? ¿Si no te cree su nieto? No creo que te parezcas a su hijo.
—Tiene mala memoria, y hace años que no lo ve.
Dos días después, ante la puerta de hierro de un edificio viejo, Javier examinó a Lucía y aprobó su aspecto modesto. Él, como siempre, iba impecable y encantador.
—Habla poco, ¿vale?
Lucía asintió.
Él tocó el timbre. Tras la puerta, pasos arrastrados. Apareció una mujer bajita, vestida de forma anticuada, pelo blanco y gris recogido con una horquilla.
—¿Buscan a alguien? —preguntó, entrecerrando los ojos.
—A usted, si es Ana María Sánchez. Sé que sonará raro, pero soy su nieto —dijo Javier con seriedad.
—No entiendo… —La mujer parpadeó confundida—. Mi hijo nunca se casó.
—¿Podemos pasar? —Javier sonrió, una de esas sonrisas irresistibles que lo hacían convincente.
—Sí, claro. —Ana María les hizo espacio.
—Hola. Me lo imaginaba así. ¿Puedo? —Javier entró y se detuvo ante una foto grande de un hombre joven en uniforme—. Mi madre tiene otra, cuando era cadete.
—Aún no comprendo… —murmuró ella, voz temblorosa.
—Soy de Zaragoza. Su hijo estudió allí, ¿no? Mi madre lo conoció antes de su graduación. Él partió sin saber que ella esperaba un hijo. Nunca habló de él, hasta hace poco. Lo busqué y supe que murió como un héroe.
Ana María gimió y se dejó caer en una silla, nublados los ojos por las lágrimas.
—Mi Pau, mi niño… —susurró.
—Me llamo Pablo, como él.
Lucía lo miraba asombrada. Mentía con tal convicción que hasta ella estuvo a punto de llorar. Ana María, bajo su encanto, no fue distinta. Trajo un álbum y mostró fotos de su hijo desde pequeño.
Lucía contuvo las lágrimas. Qué distinto habría sido todo con un padre así, una abuela así… Su madre no bebería, no traería extraños a casa. Notó que Javier apenas miraba las fotos. Claro, solo fingía; ese no era su padre. Habían venido por el dinero.
De pronto, Lucía no quiso seguir. No podía engañar a una mujer que perdió a su hijo. Javier leyó su mirada.
—Perdona, deben estar cansados. ¿Dónde están sus maletas?
—En el hotel. Solo estamos un par de días —dijo Javier-Pablo.
—¿Cómo? ¿Mi nieto viene y se queda en un hotel? No, eso no.
—El trabajo llama, abuela. Y pronto la boda. Vendrás, ¿no?
—Qué pena que Pau no lo sepa… ¿Y tu madre?
—Se casó otra vez, pero se divorció. Creía que él la abandonó. —Javier sugería hábilmente que su hijo no fue perfecto, pero él, el nieto, merecía cariño.
Ana María se levantó—. Voy a preparar té.
—Te trajimos un pastel y frutas. Te ayudo —ofreció Lucía.
—No, descansen.
—No la compadezcas —susurró Javier—. Es solo trabajo. ¿Viste el anillo? Convéncela de mostrar más.
Bebieron té. Ana María habló de su dolor, preguntó por la vida de su hijo. Javier inventaba respuestas.
—¿Eres maestra? —preguntó Lucía.
—Sí. Cuarenta años enseñando lengua y literatura —contestó Ana María, animándose.
—Me recuerdas a mi profesora. Ella llevaba un anillo verde. Y a veces una broche con una piedra azul.
—Ah, esta. —Ana María volvió con una antigua broche de plata—. Era de mi madre, el zafiro es de la herencia familiar.
—Es preciosa —murmuró Lucía, pero su voz tembló al ver cómo los ojos de Javier brillaban de codicia.
—Te la regalo, niña —dijo Ana María con ternura, colocándola en sus manos—, y este anillo también, para tu boda.
Lucía sintió un nudo en la garganta mientras aceptaba los regalos, sabiendo que Javier jamás le permitiría quedárselos de verdad.
Esa noche, mientras Ana María dormía, Javier forzó el cajón de su cómoda y robó un fajo de billetes, susurrando: «Con esto basta, no arriesguemos más».
Pero al salir, Ana María los esperaba en la puerta, su figura frágil iluminada por la luz de la luna: «Ya lo sabía, desde el principio… mi Pau nunca habría abandonado a nadie».
Lucía, llena de culpa, se interpuso entre ellos: «Por favor, no la lastimes, lo dejaré todo, no quiero ser como tú».
Javier rio, pero había peligro en su voz: «Pobrecita, crees que puedes escapar de mí».
Sin embargo, antes de que pudiera actuar, Ana María levantó un viejo teléfono con dedos temblorosos: «La policía ya viene, Javier… o como te llames».
Él maldijo y huyó, dejando atrás el dinero robado y a Lucía, quien cayó de rodillas, sollozando: «Lo siento, no debí traicionar tu confianza».
Ana María la abrazó: «Quedate, hija, esta es tu casa ahora».
Y así fue, porque, con el tiempo, Lucía estudió magisterio, cuidó de Ana María como una nieta verdadera, y aunque nunca volvió a ver a Javier, guardó la broche como recordatorio de que las segundas oportunidades existen, incluso para quienes creen no merecerlas.





