La Gran Sorpresa

**La Broma**

Los invitados bailaban frente al pequeño escenario, liderados por el propio homenajeado: el jefe de Fernando, un hombre de sesenta y cinco años. “Dios, qué hombre…” canturreaban las mujeres, desincronizadas, siguiendo a la solista del modesto grupo musical.

Marisol y su marido, agotados del jolgorio, el vino y la comida copiosa, permanecieron sentados ante la mesa deshecha. En el otro extremo, dos colegas discutían por algo, mientras un tercero cabeceaba, la cabeza apoyada en los brazos cruzados.

Marisol se acercó a Fernando y le susurró al oído:

—¿Nos vamos a casa? Todos están borrachos, nadie notará que nos escapamos. El ruido me está matando la cabeza. —Para reforzar su punto, se llevó las yemas de los dedos a las sienes.

Fernando echó un vistazo torvo al salón.

—Tienes razón, aquí ya no pintamos nada. Vámonos.

Salieron del restaurante sin que nadie los viera.

—¡Uf, qué bien! —Marisol aspiró el aire fresco de la noche—. ¿Taxi?

—No, vamos andando, respiremos un poco. —Ella le enlazó el brazo y caminaron despacio por las calles oscuras.

—¿No te cansarás con esos tacones? —preguntó él.

—Entonces me cargarás en brazos, como hace veinte años. ¿Te acuerdas? Me puse unos zapatos nuevos y me destrocé los pies. Íbamos andando del cine porque no teníamos coche y el transporte público ya no circulaba. Me llevaste hasta casa en brazos. —Marisol suspiró.

Fernando apretó su brazo contra el costado, confirmando que lo recordaba.

—Ay, qué jóvenes y enamorados éramos. Veinte años volaron como un día. Parece que fue ayer cuando nos casamos, cuando esperaba a Lucía, éramos tan felices… —Otro suspiro.

—Me espera un ascenso pronto, más oportunidades y un buen sueldo. Pronto Lucía nos dará un nieto. Y en otoño celebraremos mi aniversario. Estamos sanos. ¿No es motivo para ser felices? —Fernando la miró de reojo.

Ella no pudo responder porque ya habían llegado a casa.

Marisol se duchó primero, quitándose el maquillaje. Salió del baño con el pelo aún húmedo, envuelta en una bata de felpa amplia. Fernando, mentalmente, la comparó con Sofía, recordando la piel tersa de su amante, su cuerpo joven y firme, esos ojos hipnóticos, esa melena exuberante… “Lo que los años hacen con las mujeres. ¿Acabará Sofía como Marisol dentro de veinte años? No, con ella no pasará, siempre será joven para mí, porque yo siempre tendré veinte años más. Si estuviera aquí ahora…”

Los recuerdos de la fogosa amante avivaron tanto su deseo que se metió bajo un chorro de agua helada para calmarlo.

Por la mañana, sacó del armario una camisa planchada, con un tenue aroma a suavizante, y la corbata colgada en la percha. Marisol siempre las dejaba emparejadas. De la cocina llegaba el tentador aroma del café recién hecho.

—Hoy quiero ir a la casita de campo. Seguro que las manzanas ya están cayéndose. Las recogeré, haré compota y una tarta.

—¿Para qué? El sábado podríamos ir juntos en coche —masculló Fernando con la boca llena de tostada.

—Quedan tres días. Se pudrirán. Además, quiero revisar que todo esté en orden.

—Como quieras. —Él terminó el café y dejó la taza vacía sobre la mesa.

—Me quedaré a dormir allí. No volveré de noche, y no daré tiempo al último autobús. Te dejaré la cena en la nevera.

Fernando se detuvo en seco y se volvió hacia ella.

—¿En serio vas a quedarte a dormir?

—Sí. ¿Por qué te sorprende? ¿O tienes algún plan que requiera mi ausencia? —Marisol sonrió, pero sin alegría.

—No. Solo… ten cuidado. —Él salió al recibidor.

Minutos después, la puerta se cerró de golpe.

Fernando arrancó el coche y, antes de salir, marcó el número de Sofía.

—Hola. ¿Te he despertado? Cariño, tengo una sorpresa. Marisol se va a la casita de campo y se queda a dormir. Así que tenemos toda la noche para nosotros —arrulló al teléfono.

—Entendido, mi amor —canturreó Sofía al otro lado, seguido de un sonoro beso.

—Eres un sol. Te espero esta noche. Ya te echo de menos. —Guardó el móvil en el bolsillo y salió del aparcamiento, subiendo el volumen de la radio.

Todo salía a pedir de boca. “Es hora de hablar con Marisol, contarle la verdad y poner punto final. Sofía no para de preguntar cuándo viviremos juntos”, pensó.

Después del trabajo, compró una botella de vino caro y fruta. Al llegar a casa, miró las ventanas: oscuras. Marisol se había ido. Subió de dos en dos las escaleras del tercero, el corazón protestando en el pecho. “Los años no perdonan. Debería apuntarme al gimnasio”, pensó mientras abría la puerta.

Se despojó de la chaqueta y entró en la cocina con la bolsa, paralizándose en el umbral. Junto a la ventana, de espaldas, había una silueta femenina.

—¿No… te has ido? —farfulló, disimulando la decepción. “Tengo que avisar a Sofía, cancelar todo. Estará a punto de llegar”. —¿Por qué sin luz?

—¡Sorpresa! —dijo una voz alegre mientras la figura se volvía.

Fernando se quedó boquiabierto. Casi se le cayó la bolsa. Encendió la luz: era Sofía. Llevaba el pelo recogido como Marisol, por eso la había confundido. Respiró hondo, dejó la compra sobre la mesa.

—¿Ha funcionado la broma? ¡Deberías verte la cara! —Sofía se rió.

—Casi me da un infarto. Creí que Marisol no se había ido. ¿Cómo…? ¿Qué haces aquí? ¿De dónde tienes llaves?

—¿No estás contento? —Ella se abrazó a él, y Fernando lo olvidó todo…

A la mañana siguiente, abrió los ojos y miró el reloj: aún había tiempo para quedarse un rato más. La otra mitad de la cama estaba vacía, pero en la cocina retumbó una taza y el aroma del café flotó en el aire. Sonriendo, salió de la cama y se metió en la ducha.

Salió del baño desnudo, secándose el pelo.

—Buenos días, cariño —canturreó una voz familiar.

Fernando se quedó petrificado. Ante él estaba Marisol, con su delantal de volantes.

—¿¡Tú!? ¿Ya has vuelto? —Se cubrió con la toalla.

—¿Qué pasa? En veinte años te he visto en todas las versiones. —Ella sonrió y se volvió hacia los fogones—. Vístete y ven a desayunar.

Él corrió al dormitorio. Nada del rastro de Sofía. ¿Habría sido un sueño? No, ella estuvo allí. ¿Qué diablos pasaba? Volvió a la cocina y buscó con la mirada la botella vacía de vino. No estaba.

Marisol sirvió el café y puso los bocadillos. Fernando mordió uno con ansia.

—Cariño, ¿ya estás despierto? —sonó la voz de Sofía tras él.

Se atragantó. Marisol le dio unas palmadas en la espalda.

¿Eran alucinaciones? Sofía entY al final, Fernando entendió que algunas bromas cuestan más que una simple risa, pero también que, a veces, el perdón puede ser el mejor chiste de todos.

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