La amante de mi marido era verdaderamente impresionante. Si yo hubiese sido un hombre, quizá también la habría elegido. Es ese tipo de mujer que sabe lo que vale: camina con elegancia, mira de frente sin titubear, escucha con atención. No tiene movimientos nerviosos ni necesita enseñar escote o espalda para atraer miradas; más bien, irradia serenidad y nunca se deja llevar por el pánico.
La habría escogido también, como total opuesta a mí. Porque, vamos a ver, ¿cómo soy yo? Siempre corriendo, regañando a los niños y a mi marido, se me caen las cosas de las manos, nunca llego a todo, en el trabajo voy desbordada y mi jefe no está satisfecho conmigo. Voy siempre con pantalones y jerséis o camisetas, porque planchar un vestido o una blusa ya es otro cantar. Ni recuerdo la última vez que acaricié con la plancha un volante o un encaje… menos mal que la secadora, que es de última generación, deja la ropa tan lisa que apenas hace falta el hierro.
La amante, sin embargo, era espectacular. El cuerpo, la postura, las piernas, el pelo, los ojos, la cara… ¡dejarían sin aliento a cualquiera! Y desde que lo supe, o mejor dicho, desde que lo vi, yo tampoco respiré con normalidad.
Ocurrió por casualidad. Yo tenía que ver a un cliente en un barrio lejano de Madrid y, tras la reunión, entré en el primer café que encontré. Eran ya casi las tres y el hambre apretaba. El local estaba a reventar, pero encontré un espacio libre en una esquinita, tomé asiento, abrí la carta y entonces levanté la vista. No, no era imaginación. Reconocería la espalda de mi marido en cualquier sitio. Y también la vi a ella.
Él le cogía las manos entre las suyas y le besaba los dedos. Me pareció tan cursi, casi de novela barata. Tus manos huelen a incienso, pensé con ironía. Pero había que reconocer que la mujer era de lo mejor.
Sentí algo raro, como cuando uno se quema: ves la marca en la piel y sabes que en unos segundos el dolor será intenso, pero durante ese breve instante solo esperas la punzada. Incluso tratas de atenuarlo soplándote la herida.
Debería dolerme, supongo. Pero por dentro solo sentía vacío. Nada.
Mi marido volvió a casa puntual, como siempre, con el mismo ánimo, tranquilo, bromista. Yo siempre he sido la de perder los nervios a la mínima, la impaciente, la que arrastra a todos. Él, por el contrario, es un santón, pausado, sólido, con un sentido del humor que desarma a cualquiera.
Me habría venido bien esa noche su humor, porque el mío no me servía para lo que estaba pasando.
Tuve la tentación toda la tarde de soltarle, en tono frío y directo: ¿Qué tal tu amiga? Os vi el otro día en el café Goya, vaya par, entiendo tu debilidad, hasta yo habría caído
Y disfrutaría viendo el sudor asomando en su frente, ruborizarse, esforzándose por mantener la compostura.
Podría haber continuado: ¿Y ahora qué? ¿Vas a presentar a los niños a su nueva mamá? ¿Y yo qué, me vais a echar o acaso tienes casa para llevarla a vivir con nosotros?
Pero no dije ni media. Mi marido hizo como siempre, se metió en la cama, me abrazó y se quedó dormido al minuto.
Quizá ni siquiera han llegado a acostarse, pensé, recostándome lejos de él en mi lado de la cama. Me reí por dentro. Ya pienso como la típica española engañada que se empeña en autoengañarse delante de todos.
A lo mejor solo están empezando, coqueteo, confidencias, respiraciones al compás Y él, ¡qué experto! Ni una pista, ni un gesto sospechoso.
Esa noche apenas dormí. Soñé con flores intensas y mujeres ajenas vestidas de rojo.
Al día siguiente me levanté con la cabeza como un bombo, arrastrándome por la casa recogí a los niños para ir al colegio, sin perder la compostura.
Y no dejé de preguntarme qué hacer. ¿Qué hacen otras mujeres españolas cuando pillan al marido en esto? ¿Buscarlo en Google?
No me sirvió de nada buscar. Tampoco tenía respuestas propias. ¿Intentar seguir? Pero si al final una sigue igual que siempre: la rutina, el marido llegando siempre sobrio, sin pintalabios en la camisa ni olor a perfume ajeno, los niños saltando y las tardes de cine los domingos. Nada cambia por fuera. Lo de siempre. Incluso el sexo sigue tan pautado: dos veces por semana, alguna tres por precisar.
¿Y si me engañé en aquel café?
No, no me engañé. Al mediodía llamé a mi marido y no me cogió el móvil. Cogí un taxi y volví al mismo café. Inventé al taxista una historia: Un paquete, que me lo traen por trabajo. El coche de mi marido estaba en la acera de enfrente. Los vi salir juntos, subirse a su coche y marcharse.
Me puse blanca, pedí un vaso de agua al taxista, fingí hacer una llamada gritando: ¡Pues que os den a ti y a vuestro paquete! ¡No puedo esperar más, me voy a trabajar!
Poca gracia me hacía que el taxista tampoco me viera desbordada.
El descubrimiento de una amante te sacude todo por dentro. ¿Divorciarse? Probablemente sí. ¿Y si no? ¿Aguantar por aguantar? ¿Para qué?
Recordé que hace un par de años, unos amigos pasaron por lo mismo. Él tenía amante, lo ocultaba hasta que ella un día se enteró. Hubo bronca monumental, él negaba todo incluso con las pruebas delante: que si me han hackeado el móvil, que si los mensajes los escribió un rival celoso
Entonces mi marido, tajante, dijo: Yo jamás mentiría así. Es de cobardes. Si la has liado, ten el valor de admitirlo, rompe con la otra, si tu familia te importa. Y si te vas, por lo menos asegúrales el futuro.
Me sentí orgullosa de él entonces, vaya sentido de la responsabilidad.
Es fácil juzgar cuando le pasa a otro, y desde la distancia. Pero estando tú mismo en el centro, viendo a tu marido y a su amante, el coraje y la voz firme se esfuman.
Así que me acerqué a su mesa en el café y me senté. La amante me miró sorprendida, él se quedó helado y empezó a moverse incómodo. Nadie hablaba. Yo observaba la escena con cierta ironía. Ella se dio cuenta enseguida de quién era yo. A lo mejor ya lo sabía.
Él quiso decir algo, yo levanté la mano: No es lo que pienso, ¿verdad?. Les solté: No tiene nada de sorprendente esto; pasa más de lo que creemos. Ahora, pensad cómo vais a resolverlo: hay niños, una casa compartida, abuelos en edad… Sois listos, encontraréis la solución.
Y sin más, me levanté despacio y salí del café. El vestido recién planchado me sentaba de maravilla. Qué tontería no haberlo usado antes.





