Busco a una mujer llamada Alejandra.

Busco a una mujer llamada Marisol.

A través de un portal bajo, entró en el típico patio de vecindad madrileño, encharcado por la nieve medio derretida. Era ya el cuarto patio esa mañana. Un parque infantil con unos columpios oxidados, un grupo de chicos jugaban a hockey con una lata en la pista mojada, salpicando agua con cada golpe, pero a ellos les daba igual.

Se quedó un rato bajo el arco, escudriñando el patio. Deseaba tan fervientemente que algún recuerdo se activase en su mente, que algún detalle lo llevase al pasado. Pero aquí todo era distinto a aquel tiempo perdido en sus recuerdos. Por supuesto, habían pasado demasiados años. Antes, en este espacio solo había tenderetes de cuerdas retorcidas, trasterillos en las ventanas, bancos rotos y malvas florecidas en los bordes.

Ahora

A estas alturas, era imposible que todo no hubiera cambiado. La transformación era segura.

El hombrea punto de jubilarse, con gorra de pana forradano llamaba la atención. En este bloque de cuatro portales, muchos alquilaban pisos. Madrid, hija.

Tenía que entrar en el edificio a la derecha del arco. Esa certeza sí que no había cambiado. Recordaba que era el segundo piso, y el edificio sólo tenía tres. El piso estaba al fondo, segunda puerta a la derecha, en una especie de esquinaen el dintel había varios timbres, cada uno de distinta forma y color, con los apellidos de las familias del antiguo piso compartido.

Recordaba cada minucia de ese interior, cada pliegue de la cortina, la cerradura torcida de la ventana, el color verde del hervidor, el crujido de las maderas, incluso el día entero que pasaron cazando la cucaracha rebelde. Cada memoria de la casa intacta.

Pero no sabía el número exacto del portal ni el del piso. Solo la calle. Y es que, patios como ese había a montones en la zona, todos iguales. Y del portal ¿era el segundo, entrando?

Tan iguales, tan construidos por el mismo arquitecto y el mismo gremio, que recorría patios que parecían hermanos gemelos.

Ahí iba él, de patio en patio…

Casa de la derecha, segundo portal, ¿no?, aquí dicen “segunda escalera”, segundo piso, puerta al fondo ¿el 43? O…

Si había portero automático, marcaba 43.

Hola, busco a Marisol, ¿podría decirme?

A veces le colgaban antes de acabar. Aquí no vive esa señorao inclusoni esa ni ese. A veces tenía que insistir.

Perdone, es muy importante. ¿Podría ver si en el año 80 vivía una tal Marisol en ese piso? Por favor…

Tras pasar el tercer patio, sacó una pequeña libreta: 16nadie responde, 24no tienen idea, 32Ano saben, acaban de comprar

Quedaban muchos patios. Tendría que volver adonde no le contestaron, donde las dudas no se despejaron.

Subía las gastadas escaleras de una escalera oscura; ventanas grandes, llenas de polvo, con un inconfundible olor a gato. Ese aroma sí que le resultaba familiar de antaño.

¡Buenas! saludó, inclinando la cabeza.

Le respondía una señora mayor, abrigo gris, carrito de la compra en la mano.

¿A quién busca, caballero? preguntó ella, con la desconfianza de portera de toda la vida.

Al segundo, busco a Marisol, una señora de unos sesenta años. ¿Sabe usted si todavía vive aquí?

¿En qué piso?

En la esquina de la derecha. Pero eso fue hace mucho. Cuando eran viviendas compartidas Pero ya ni recuerdo exactamente el edificio…

¿En la esquina? Nanay. Ahí viven ahora los Gutiérrez, matrimonio y dos churumbeles. De Marisol, ni rastro. Y mire que yo llevo aquí desde cría…

Gracias dijo él, bajando la cabeza mientras descendía.

La mujer bajaba con él.

Pero ¿cómo era de apellidos?

Si me acordase, la buscaba en el catastro o en el INE. No… no la sé.

¿Y quién era para usted, si se puede saber? insistía la señora, típica curiosa.

Dudó, rehuyó la mirada, sin saber qué responder…

¿Ella?

¿Quién era ella para él?

Marisol Mari Marisita…

El amor no tiene definición. O lo hay, o no lo hay. Todo lo demás son cuentos que uno se cuenta para no sufrir, o para roerse más.

Juan Antonio toda la vida creyó que el amor era como el cristal, se rompe con la distancia, se deshace, se extingue. Sin embargo, los fogonazos de alegría, cuando rememoraba episodios de aquel amor, le daban vida y dolor al mismo tiempo.

Se sentía culpable. Vivió cuarenta años discapacitado del corazón.

Quizá esos recuerdos le mantenían el corazón bombeando; y precisamente el corazón fue lo que le falló primero. Cuando falleció su esposa, con la que compartió toda la vidaaunque últimamente solo compartieran el techo más que la vidael corazón le dolió de verdad: infarto.

Nunca pelearon, no discutían. Simplemente llegaron un día a coexistir en habitaciones diferentes del mismo piso inmenso. Solo hablaban por la intendencia.

Ella decía que la casa era suya, y él estaba allí, bueno… porque no había más remedio. Así lo contaba a sus amigas octogenarias:

¿Y qué hago con él? Pues que siga aquí.

La casa era un museo de marcos dorados, jarrones de cristal, muebles de encargo, trastos caros y alfombras. En el salón, un piano blanco de cola con un jarrón y flores de plástico encima.

El piano era una farsa. No porque no fuera auténtico; era un Steinway yankee de verdad, para más señas. Pero a Juan Antonio le parecía que era todo pose. Nadie en casa sabía tocarlo y la tapa no se levantaba desde la mudanza.

Cuando lo compraron, se organizaban veladas y algún músico contratado. Luego, el grupo prefería poner la radio o el tocadiscos.

Él lo llamaba la mesa para el jarrón, aunque costaba como un piso en pleno barrio Salamanca.

Un día, ella quiso aprender a tocar. Se pagó un profe, pero se rindió enseguida. Vamos, que ella dejaba cualquier cosa por la mitad, salvo las uñas o los masajes.

Dejó también la maternidadaunque de eso a él no le gusta culparla, pero, cosas de la cabeza…

Últimamente pensaba mucho en todo esto. Sabía de una mujer que habría hecho que el piano sonase de verdad.

A pesar de todo, echaba de menos a su mujer. En los últimos años habían mejorado. Se paseaban juntos por el Retiro, alimentaban a los patos del lago. Juan Antonio se aficionó a la pesca. Ya no hacían falta explicaciones ni demostraciones.

¿Por qué no paseábamos antes aquí, Mari? Si es una maravilla decía con el cubata en la mano.

Seríamos tontos ella asentía.

Antes siempre iban con prisas. Él escalaba puestos en la administración, su suegrodon Gonzalo Fernándezle impulsaba hacia arriba. No le daba tiempo a calzarse un nuevo despacho, que ya tocaba ascenso.

Y no es que se lo dieran porque sí; era trabajador, imaginativo, un auténtico vendedor de hielo a los esquimales. El yerno que todo político quisiera.

Claro que casi se le escapa entre los dedos, y hubo que trazar un plan. Años después, su mujer se lo confesó, cuando ambos estaban peleados con media familia. En fin, la vida.

¿Y qué era Marisol para usted? insistía la señora.

Rehuyó de nuevo la mirada, tambaleándose…

Supongo que todo lo que me queda…

La mujer mayor ya no insistió. La conmovió el temblor en la voz, la mirada perdida, como quien busca la vida en una acera de Madrid. Quedó claro que buscaba a alguien muy importante.

Siguió con el calvario. Tenía los pies empapados. Le abrieron puertas, le cerraron la otra mitad en las narices, le gritaron, pero a veces se enrollaban y escuchaban su historia durante minutos. Y a otro patio, y a otro…

Esa noche volvió al hostal, vencido, dejó caer el cuerpo en la cama con la cazadora puesta, cerró los ojos. Le dolían la espalda, las piernas, no podía respirar. Y a la mañana siguiente… lo mismo.

***

Aquel era un otoño madrileño lluvioso, tiñendo la ciudad de hojas doradas y fango perpetuo. Por todos lados proliferaban los kioscos, los puestecillos, aquel mercado improvisado propio de la España noventera.

Él viajaba con su futuro suegro, de Ávila a Madrid, por una conferencia sobre la nueva apertura democrática. Era esencial para don Gonzalo, que esperaba un traslado a Moncloa. Juan Antonio, por entonces, no tenía grandes expectativas: un tipo joven, ascendido porque sí de líder de juventudes a mano derecha del secretario del partido, pero que solo pensaba en trabajar.

Se estaba construyendo una fábrica enorme, y le habían puesto al frente de la dirección de obra. Era joven e ingenuo, pero creía que todo era posible.

En Madrid lo embriagaba la ciudad. Don Gonzalo le tenía recadero, mandado de la ceca a la meca. Y de pronto, en la estación de Tribunal, Juan Antonio escuchó un lamento de violín. Se quedó tieso, hechizado; dio media vuelta, siguiendo la música y no la salida.

Una joven delgada, pelo rizado, boina azul celeste, bufanda ligera al cuello. Tocaba en el vestíbulo, con la pared manchada de humedad detrás. Abrigo a cuadros y botines. Sus piernas flacas, su cara pálida de frío. Ante ella, el estuche de violín abierto, las monedas cayendo a veces.

Juan Antonio se quedó clavado, embobado ante el cuadro. El dramatismo de la música, la bufanda azul, las manos enrojecidas por el frío. Lo que sea, pero aquel frío parecía potenciarle la interpretación.

Los vendedores discutían, la gente pasaba con prisas, alguno echaba moneda, algunos paraban fugazmente; él, ni pestañear.

La joven terminó la pieza, metió el violín bajo el brazo, se frotó las manos y subió los puños del jersey.

Luego el arco al aire, movimiento de bailarina. Cerró los ojos, y parecía regalar la vida en cada nota. Y Juan Antonio, más absorto aún.

Y entonces, un chaval de quince años se agachó, cogió el estuche y salió corriendo escaleras arriba.

¡Ladrón, ladrón! gritó una vendedora, mientras la música seguía.

La joven, con los ojos cerrados, seguía tocando desaforada y brillante, indiferente al desastre.

Juan Antonio fue el primero en salir tras el chaval. Subió la escalera como un rayo, gritando:

¡Que alguien le pare, por favor! ¡Ladronzuelo!

Un forzudo plantó cara al mocoso, que soltó el estuche y se dio a la fuga cruzando la Gran Vía. Coches, bocinazos, un caos.

Juan Antonio no siguió. Dando las gracias al héroe, empezó a recoger las monedas del suelo y el estuche, ahora partido. La violinista, desencajada, llegaba también.

Aquí está. Lo tiró, lo ha roto… Juan Antonio aún recogía calderilla. Toma, toda la que he podido coger le dio el dinero a la joven, buscando más.

No hace falta, de verdad, ya… El estuche estaba hecho polvo de antes. Gracias.

Seria, pero el robo no parecía el centro de su tristeza.

¿Le pasa a menudo? preguntó él. Casi buscaba excusa para iniciar conversación.

Pero ella no buscaba charla.

Pasa a veces respondió, seca, dándose la vuelta.

Él fue tras ella. La chica caminaba cada vez más despacio, hasta detenerse en un pequeño puente. Se quedó mucho rato mirando el agua pasar, con el viento moviéndole el pañuelo.

De pronto, posó el violín sobre la barandilla, como para echarlo al río.

A Juan Antonio le dio un vuelco el pecho¡pretendía arrojar el violín, despedirse de la música para siempre! Salió corriendo.

¡No lo hagas! ¡No, por favor!

Ella vaciló, sorprendida. Ambos aferraban el estuche, flotando sobre el río.

¿Quién es usted? extrañada.

No podía dejarle hacer eso…

He traicionado a mi instrumento, a mi promesa con mi madre intentó arrojarlo de nuevo, pero Juan Antonio sujetó el estuche.

El violín se salvó, Juan Antonio lo recolocó, lo puso a salvo.

¿Lo ve? Parece tener voluntad propia, quiere seguir tocando. ¿Por qué tanto castigo?

Prometí no tocar en la calle Se lo prometí a mi madre.

Bah, las madres siempre tan estrictas. ¡Yo es la primera vez que escucho un violín de verdad! Si no hubiese bajado hoy…

Ella, cerrada, se alejaba.

¿Tan severa era? intentó ser simpático.

Falleció hace dos meses.

¡Vaya! Perdone, no sabía…

Caminaban en silencio después. Las hojas amarillas volaban por el viento madrileño. Ella rompió el mutismo.

Toda la vida toqué para ella. Para ella y por ella. Ahora no tengo sentido, ni para vivir ni para tocar.

Pero su alma necesitaba música, si no, ¿por qué estaría tocando aquí? ¿No será porque…?

No, no es el alma. Es el estómago. No tengo ni para comer.

¡Pero eso tiene solución! se animó él. Aquí tengo algo de dinero. Poco, pero mañana le traigo más, se lo prometo.

Ella lo fulminó con la mirada.

¿De verdad cree que voy a aceptar su dinero? No me siga.

Aceleró el paso. Él intentó sonreír:

¡Vale! Queda claro, soy un membrillo. Pero, ¿vendrá mañana? ¡Por favor, vendré a acompañarla al paso! ¡Protegeré del hampa sus conciertos!

Al día siguiente, se le complicaron las gestiones. Apenas pudo descolgarse y fue por la tarde a Tribunal. Tampoco estaba a la mañana siguiente, según le dijeron los puestos del mercado.

¡Cómo la esperó! Horas, de un lado al otro, cruzando la calle, asomando a la boca del metro. Sabía que don Gonzalo le recriminaría, pero se quedaba. Y fue premiado: la violinista por fin volvió. Fingió no verle, desplegó el atril y empezó a tocar.

Una vendedora le cedió una silla de camping. Ya todos conocían la historia del galán que esperaba día tras día a la música. Le estaban agradecidos, pues se sentaba y escuchaba con devoción.

Casi dos horas así. Cuando terminó, ella le sonrió levemente, y él sintió que tocaba el cielo. La plaza quedaba vacía, el café del desayuno acababa en el aire. Antes de irse, él echó varios billetes en el estuche.

¡¿Pero qué hace?! ella le miró horroriza Esto es muchísimo dinero. Le pueden atracar por menos…

Recogió todas las monedas y se las intentó devolver.

De acuerdo, soy cabezón, pago lo que me pide. Pero si nos atracan, salimos corriendo juntos.

Ella suspiró. Dos tipos fornidos ya subían la boca del metro.

Se veía venir…

¿Quién le explicaba al de Ávila que, en Madrid, nadie podía ganar un euro en la calle sin pagar peaje? Eso sí lo sabía la violinista.

¿Cuánto os debo? preguntó, resignada ante los matones.

¡Que pague el novio!

Y hubo pelea. Juan Antonio sabía repartirpero tras esos dos, aparecieron un par más.

La violinista supo reaccionar: se fue a un comercio y, minutos después, la policía paraba la pelea. Le dieron para el pelo a Juan Antonio, y la violinista, preocupada, recogía las monedas.

¿Hospital?

No, hago yoga, ¡me recompongo sólo!

Venga, vámonos. Yo vivo cerca.

Cogieron un taxi, ella indicó la calle y el número. Esos datos jamás se le grabarían, por más que lo intentase toda su vida.

Dentro, el portal era oscuro, olía a cebolla, polvo y calzado viejo. Por el pasillo, al fondo, la habitación iluminada de la joven. Alto techo, cortinas. En una esquina, el retrato de una mujer joven, enmarcado y rodeado de flores artificiales. Contra una pared, un piano con tapete de encaje y figuras de elefantes. Libros apilados por todos lados.

Esos recuerdos le acompañaban después como fantasmas familiaresaparecían cuando era feliz y le ensombrecían la risa. O cuando estaba mal, y le daban consuelo.

Le hizo cambiarse, le dejó lo que pudo. Se duchó, un vecino borracho le increpó.

Oye, muchacha, ¿quién es ese? Si ni sabías su nombre…

Ni falta que hace. Juan Antonio se llama. Igual que otro vecino.

Ah, pues saludos. Ojo, ¡una cucaracha!

Hubo ataque de ambos contra el inquilino de seis patas. El bicho ganó y se escondió bajo el linóleo.

Ella le curó con una pomada que picaba. Luego, merendaron té y rosquillas. Poco más tenía. Ni azúcar quedaba. Ella le remendó los pantalones y a la vez escuchaba.

Él le habló de la obra que dirigía, de la vida en Ávila. Ella, de cómo había dejado el conservatorio y se ganaba ahora la vida en el mercadillo.

Pero si eres la mejor violinista que he visto…

Eso ya no vale ahora. No me queda otra.

Y su sonrisa era encantadora. Se despidieron, y él volvió, con una bolsa de comida. Ella rechistó, pero acabó aceptando los víveres. Y la invitación para volver.

Feliz, la miraba desde la calle, mientras ella saludaba desde la ventana. Segundo piso, un serbal tembloroso bajo la ventana, sí, lo recordaba. Detrás, unos álamos altos. Sí.

Don Gonzalo se cabreó al ver el careto apaleado de su ahijado.

¡Por Dios bendito, qué te ha pasado! ¿Dónde estabas, en el hospital?

En fin. Él logró escabullirse y volvió a encontrar el portal. Con pastel y más víveres.

Marisita rezongaba, pero acabaron dando vueltas por Madrid. Saltando charcos, corriendo a refugiarse bajo soportales, preguntando tonterías a los paseantes.

¿Sabe usted que esta chica es una violinista prodigiosa?

Ella recitaba poemas. Se sabían decenas. Temblando de frío, compartieron un vaso gigante de café ardiendo.

Y después, besos, y la invitó a irse a Ávila con él. Se puso triste, leyó versos:

“Es la canción del último encuentro,
Miro la casa oscura.
Solo en el dormitorio arden velas,
Con fría, amarilla penumbra…”

¿Qué pasa, Marisita? ¿El último? ¡Que te lo digo en serio! Vente conmigo…

Mejor, a mi cuarto…

Y allí…

Marisita, ¿segura de esto?

Sí… Quédate esta noche.

Esa noche llamó a Gonzalo, inventó que estaba en urgencias. Puede que no colara, pero le dio igual. Había que quedarse.

En camiseta, ella improvisaba marchas al piano, casa entera persiguiendo la cucaracha, después la noche.

Luego, al amanecer, apoyados en el alféizar, miraban llover. Ella recitó de nuevo versos tristes.

La naturaleza sufre ruina,
Las mareas se hacen oleaje,
Y callan los sonidos por la culpa de la separación de ti.

¡Ninguna separación! Hoy mismo aviso que vuelvo casado. Se acabó la tristeza.

Pero a la mañana siguiente…

Llamada. Tocaban la puerta: teléfono para Juan Antonio.

Don Gonzalo, serio:

Urgente. Hay una denuncia contra ti, Juan. Te quieren meter en la cárcel.

Marisita le miró distinta.

Vuelvo, te lo juro. Esto es una confusión, una…

Claro, Juan, claro. Confío en ti.

Mientras recogía, ella murmuraba otro poema.

Adivino un nuevo encuentro…

Juan ya solo pensaba en qué demonios había pasado.

Nadie le avisó de que todo era un montaje. Tan realista, con papeles, interrogatorios, datos, filtraciones. Malversación, cohecho, corrupción

No tenía mucha experiencia entonces. Había arriesgado, firmado sin leer…

Don Gonzalo se frotaba la calva.

¿Sabes a lo que te enfrentas? ¡Veinte años! ¿Crees que me alegra?

Y le propuso un trato: casarse con su hija. Si se casaban, lo salvaba:

Hazlo. Si no, apáñate.

Juan Antonio temblaba. Aquel mismo día fue interrogado de nuevo, le sacaron los colores. No durmió.

A la mañana siguiente, don Gonzalo le entregó un billete de tren:

¡Vete ya! Aquí intentaremos arreglar esto.

En la estación, sonaba un concierto de violín por megafonía. Se quedó tras el edificio de la estación, golpeando la pared, llorando como un chiquillo.

***

Ya había comprendido que las señoras mayores sentadas en los bancos eran las verdaderas CSI de los portales.

¿Marisol? Dos viejas se miraron. Ah, ¿no fue la que se murió en primavera? El hijo vino en un cochazo.

A Juan Antonio casi le dio un patatús. Eso era lo que más miedo le daba: que se hubiera muerto sin haberla encontrado.

¡Mujer, que no es! Era la escalera de la derecha, no la izquierda. Eso fue Anastasia, no Marisol.

Eso, eso, Anastasia afirmaba la otra.

Volvía a tocar puertas, haciendo la ronda una y otra vez. No quedaban serbales. O de tanto buscar, ya alucinaba.

En dirección de vuelta al hostal, vio una bufanda azul y la silueta de una mujer igualita a Marisita.

¡Marisita! trató de gritar, la voz acabó en un silbido.

Ella no se dio la vuelta. Él corrió tras ella y le tocó el hombro.

¡Marisita!

Una joven, muy parecida, se giró.

Perdone, creo que me he equivocado

No pasa nada, suele ocurrir. Además, me llamo Mari, de Marisol

¡Dios mío! ¿A quién buscaba? Debía buscar a una señora de sesenta, él tenía ya sesenta y cinco.

De vuelta al hostal, agotado.

Al día siguiente, lo planeó como último del periplo. ¿Tendría fuerzas para seguir?

No se levantó hasta el mediodía. Tomó té, no se atrevió con el café, el corazón andaba raro. Kirsch de embutido y queso lo devolvió a la nevera.

Pidió un taxi. Ya no le daban las piernas para fondo.

Se quedó largo rato frente a un portal. ¿Por dónde empezar hoy? De pronto, vio una tienda de instrumentos musicales al otro lado. Se lanzó a cruzar.

¿Le puedo ayudar? la dependienta, joven, monísima.

Sí. Muéstreme ese violín.

Lo sacó del escaparate.

¿Quiere probarlo?

¡Dios me libre! Una vez conocí a una mujer que lo tocaba como los ángeles. Vivía aquí cerca. Marisol…

¿Marisol? ¿No será Marisol Valverde?

No recuerdo apellido, pero, ¿usted la conoce?

Claro. Diría que vive aún por aquí. ¿La busca por algo?

¿Vive? ¿Está casada?

Sí, y con un hijo, el crío tendrá unos ocho.

¿Cuántos años, más o menos?

Treinta y pico.

¿Me puedo sentar? Juan Antonio se dejó caer.

¿Le traigo agua?

No, tranquilo Es que otra vez nada. Otra vez nada. Se levantó y salió murmurando.

La dependienta le miró con ternura. Qué personaje.

Desde fuera, vio los álamos, allá, tras un único patio de vecinos. Igual eran otros árboles, pero por probar Se adentró.

Dentro, topó con un matrimonio mayor. Salían a pasear.

Hola, busco a una señora de sesenta llamada Marisol. Tocaba el violín de joven, vivió aquí entre los setenta y ochenta

La pareja se miró.

Eso es la hija de Doña Carmen, Marisita…

¿La llegaron a conocer? preguntó, el alma en vilo.

¡Claro! Siéntese, está blanco como una pared.

Se sentaron. La mujer señaló.

Aquí vivían, primera escalera. Justo ahí arriba, segundo piso, ventanas al patio.

¿Había un serbal?

¡Sí! Lo podaron hace años para la reforma. Marisol quedó huérfana, embarazada, la pobre. Trabajó fregando escaleras. Alquiló las habitaciones a estudiantes, lo justo para sobrevivir. Y luego, con las clases de violín, salió adelante. Fíjese qué hija ha sacado, ¡famosa ahora!

¿Y Marisol? aparecía la esperanza.

Se mudó, no sabemos adónde.

La esperanza caía.

Pregúntale a la hija. Vive aquí mismo, en el piso de toda la vida.

¿La hija?

Claro. Primera escalera, segundo piso, la del rincón a la derecha. Mari Valverde, la violinista.

¿Valverde?

Esa misma. Famosísima.

Juan Antonio, con piernas de gelatina, calculó qué botón pulsar.

¿Sí? voz masculina por el portero automático.

Vaciló.

Eeeh… yo….

¿A quién busca?

A los Valverde.

Dígame.

Me voy a marear Busco a Marisol, su madre, creo.

Le abrieron. Subió despacio, mientras bajaba un hombre joven.

¿Le pasa algo, señor?

Sí Solo quiero el contacto de Marisol.

El hombre médico, por suerte, lo ayudó a entrar y le hizo tumbarse en el sofá.

La joven, exactamente igual que la mujer a la que había seguido el día anterior, entró en bata de casa. Un calco de Marisita. ¡Es que tenía que ser la hija!

Ya le estaban tomando la tensión, enchufándole no sé qué aparato.

Tensión altísima, pulso rápido… ¿tiene antecedentes?

Infarto.

Hospital. Hay que ir.

No, déjeme descansar aquí.

Me temo que no. Le pongo una inyección.

Mientras, el crío de la casa, de ocho, asomó.

Ven acá, campeón. ¿Cómo te llamas?

Antonio.

Le salió la sonrisita. ¿Tendría también su padre el mismo nombre?

¿Segundo nombre?

Antonio González. Mi padre es Miguel, mi madre, Marisol Juanes.

Entró Miguel con la jeringuilla. Sacó al hijo y explicó que le pincharía.

Disculpe. Solo le causo molestias. ¿Podría darme el contacto de su madre, Marisol? ¿Cómo está?

Nos tomamos un té, usted descansa, y luego lo vemos. Ella está bien. ¿La conocía?

Sí. De hace mucho. Solía venir aquíbueno, a la otra habitación. A la derecha, vivía un hombre que no salía nunca del bar.

Ahora es todo diáfano; compramos toda la vivienda y la unimos. Marisol tiene su pisito ahora, a las afueras.

Tengo que verla. Perdone la indiscreción: ¿cuántos años tiene usted?

Ella se sentó, bajando la cabeza.

Nací en el 81, julio. ¿Es usted…?

Juan Antonio se llevó la mano al pecho. No, el corazón aguantaba. Solo demasiadas emociones juntas.

No tenía ni idea de ti, hija. Pero debería haberlo sabido

Charlaban en la gran cocina soleada.

¿Ya no hay cucarachas, verdad?

¡Qué va! Las odio. Ella se estremeció.

Pues antes había, y tu madre no les tenía miedo.

Bebían té. El té, o la inyección, o esa familia inesperada reconfortaban a Juan Antonio, que fingía sorber el té encogido para ocultar las lágrimas.

Cuéntame, ¿cómo fue vuestra vida?

Miguel se llevó al niño con la excusa del parchís.

Como todos. A mamá le costó mucho. Pero siempre dijo que nacer yo la salvó. Curró en todo hasta que pude mantenerme sola. Había estudiantes de inquilinas, clases de violín Así salimos adelante.

Fui un cobarde, os fallé…

¿Usted qué? Ni sé la historia entera, nunca terminó de contarme. Decía que así era el destino. Pero me consta que lo que más hizo fue esperarlo a usted.

¡Llámala! Quiero verla… pero por favor, no la avises. Quiero ir yo. ¿Me da su dirección?

Entró Miguel.

No debería, pero si toma esto muy en serio, después le llevo al hospital.

Me acepto la condición. Y al nieto: ¿Ves? Hay que obedecer.

Bajaron. Miró a Mari y a Antonio: dos Maris en su vida, de repente.

Y viví así, Mari. Y resulta que tenía esto…

Un viaje corto. Portal de pisos nuevos en el Ensanche de Vallecas.

Es aquí. ¿Subo con usted?

Gracias, prefiero ir solo. Por favor, si pasa algo…

Llame, quinta planta, piso 118, este es el llavero.

La subida fue lenta, como le costase la vida. Llamó al timbre ¿Qué decir? ¿Quién?

No preguntó, abrió la puerta directamente. El mismo rostro, la misma onda de pelo, las mejillas menos llenas, un poco más de curvas, misma Marisol. Solo dos días, solo dos días juntos, pero tan atados…

Ella lo miró igual, esperando la palabra. Y sólo pudo balbucear…

Marisol, yo… Tú… Perdóname

Se dejó caer de rodillas.

Ella hizo lo mismo.

¡Antonio! ¿Estás bien? ¿Te has desmayado?

Los dos se quedaron pegados al suelo, entre lágrimas y manos enlazadas.

Encontré tu casa, ¡al fin! ¿Por qué tardé tanto?

No sabía que tenías una hija, Marisol, ni lo sospechaba ¿Me entiendes?

Claro, Antonio. Quédate tranquilo. Nunca te guardé rencor. Sabía que un día volverías…

Debí volver antes…

¿Recuerdas los versos que te recité entonces?

Los recuerdo. La naturaleza sufre ruina, las mareas son oleaje

No, no esos. Me refería a: Adivino un nuevo encuentro

Se tambaleó, ella llamó al yerno, que ya estaba abajo.

¿El yerno médico? Qué suerte tienes…

Miguel subió y ya los llevaba a toda prisa camino al hospital.

Iban en el coche, cogidos de la mano. Miguel le dio un inhalador, le calmó de verdad.

No quiero hospital, Marisol, justo ahora que por fin…

Ahora estaré siempre contigo.

Por la ventanilla, Madrid se encendía de luces como la primera vez.

Probablemente, por el fastidio de tener que ir al hospital justo al encontrarla, o por pura pena de todos los años perdidos, Juan Antonio lloró.

¿Lloras? No llores, Antonio, ahora va a salir todo bien, le consolaba ella. Tú recupérate, que ahora vamos a vivir por fin.

Juntos, Marisol. Solo juntos.

Y para distraerle, ella volvió a recitarle los versos de siempre

…Adivino un nuevo encuentro…

Y así, rumbo al hospital, en un Madrid de primavera, por fin pudo Juan Antonio abrazar aquello que persiguió toda su vida: vivir un poco de amor verdadero, con la mujer que nunca dejó de querer.

No llegó tarde a su felicidad.

Llegó justo a tiempo.

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