Hombres como tú no son para casarse

—Bueno, Rocío, tú sabes que con mujeres como tú no se casa uno —dijo Adrián con tranquilidad, mientras se arreglaba el cuello de la camisa—. Hay mujeres para amar y pasar buenos ratos, y otras que se guardan para el matrimonio. Lamentablemente, tú no eres de esas.

—¿Y qué tengo de malo, Adrián? Cocino bien, me cuido, mantengo la casa impecable, y en la cama… pues ya sabes que no te quejas —Rocío lo miró con los ojos brillantes de incredulidad.

—¡Eso es justo el problema! Estás… usada, ¿entiendes? Con mujeres como tú no se casa nadie. Se sale, se divierte, pero el compromiso es otra cosa. Para casarse, busco a una mujer pura, que no haya sido de otro. Que esté dispuesta a lavarme los pies y beberse el agua, como dice el refrán. —Adrián, satisfecho por haber dejado claro su punto, se dio la vuelta y empezó a roncar.

Solo una semana antes, Rocío estaba en una cafetería de Madrid con sus amigas, hablando de su futuro. Sí, ya tenía treinta años, no era una jovencita, pero tenía carrera, piso en el centro y un coche decente. ¡Estaba lista para formar una familia! Y encima, ya tenía al candidato perfecto: Adrián, soltero, cuarentón, bien situado en una empresa de seguros, guapo y sin vicios. Un partidazo.

Se conocieron en su consulta de odontología. Él llegó para una revisión y se enamoró de su sonrisa. O eso dijo. Rocío, entre el hospital público y su clínica privada, apenas tenía tiempo para citas, pero Adrián la esperó esa misma noche con un ramo de peonías —¡en febrero!— y la invitó a cenar. Así empezó todo.

Pero llevaban casi dos años, y ni una palabra de boda. Sus amigas ya le soltaban indirectas: *”Rocío, que se te pasa el arroz”*, *”¿Para cuándo el anillo?”*. Así que, siguiendo sus consejos, esa noche decidió presionarlo. Y la respuesta la dejó helada.

¿Que estaba *usada*? ¿Quién se creía ese tío?

Al día siguiente, se reunió con sus amigas en el Café Gijón.

—¡No os lo podéis creer lo que me soltó anoche! Que con mujeres como yo no se casa nadie, que soy… ¡”de segunda”!

—¿Cómo dice, Rocío? —gruñó Carmen, la más directa del grupo—. Estás divina, tienes un buen trabajo, un piso… ¡Si eres un buen partido!

—Según él, solo se casa con una virgen. Y yo… pues ya sabéis. “Tercera categoría”, dijo. ¡No sé qué hacer!

—Mándalo a paseo —soltó Lidia, riéndose—. Antes de que te haga más daño.

—O mejor, tráelo a nuestra fiesta —intervino Carmen—. Cumplimos diez años de casados este fin de semana. Que vea cómo es una relación de verdad.

Adrián, que nunca solía acompañarla a eventos, aceptó. Incluso se ofreció a conducir. Rocío, aliviada, pensó que al menos podría relajarse con sus amigas.

En la casa de campo de Carmen y Miguel, el ambiente era perfecto: niños corriendo, parrilla humeando, y el perrito de la familia, Canelo, un yorkshire hiperactivo, dando vueltas como si tuviera pilas.

La comida se alargó hasta la noche. Cuando los mayores y los niños se retiraron, quedaron los más resistentes: Carmen, Miguel, Lidia y Adrián. Y entonces, él volvió a sacar el tema.

—Dime, Carmen —dijo con voz melosa—, ¿tú eras virgen cuando te casaste?

Miguel casi escupe el vino.

—¡Qué pregunta! —se rió Carmen—. Nos conocimos en la universidad.

—Pero te conservabas, ¿no?

—Oye, ¿tú por qué no te hiciste cura en vez de trabajar en seguros? —bromeó Miguel, aunque con un dejo de irritación.

—Es simple. Un hombre no puede casarse con una mujer que ha estado con otros. Mancha el honor de la familia.

—¿Qué honor ni qué niño muerto? —se rio Lidia—. ¿Sois de la realeza o qué?

—Tú, Lidia, ya ni siquiera cuentas —espetó Adrián—. Divorciada y con un hijo. Casi imposible que te vuelvan a mirar.

Miguel se levantó de un salto.

—¿Cómo te atreves a hablar así en mi casa? —lo agarró del brazo—. ¡Fuera!

Adrián, ofendido, miró a Rocío.

—¿Te vienes o te quedas?

Ella no pudo contestar. Se moría de risa.

Sin apoyo, Adrián cogió su maletín y se fue, dando un portazo.

—Miguel, me has hecho un favor —dijo Rocío, secándose las lágrimas—. Ahora ni siquiera tengo un hombre “caducado”.

Las amigas no paraban de reírse.

La vida siguió. Consultas, papeles… Y Adrián no volvió a llamar.

Hasta que un día, en la clínica, la recepcionista le entregó un sobre. Dentro, una invitación de boda con letras doradas y palomas.

—No vayas —le advirtió Carmen.

—Yo iría —dijo Lidia—. A ver qué virgen encontró en dos meses.

Rocío dudó, pero al final fue. Se compró un traje pantalón rojo sangre, se arregló el pelo y llegó al registro civil entre las primeras.

Adrián estaba radiante. A su lado, una chica de no más de veinte años, vestida de blanco, como una muñeca.

—Rocío, te presento a Alba —dijo él, orgulloso.

—¿Y es pura? —preguntó Rocío, sin filtro.

—Claro —respondió Adrián, mientras la novia enrojecía.

La ceremonia fue rápida. Pocos invitados. En el banquete, el padre de Alba tomó el micrófono.

—¡Ar

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