Un vaso de leche
No es fácil la vida, no solo para los que han tenido menos suerte, sino también para quienes están cerca de ellos. Eso es algo que aprendí hace mucho tiempo trabajando en los servicios sociales de Madrid, donde llevo ya ocho años. A estas alturas parezco otra: todo el día de arriba abajo, mucho más delgada, algo más dura y con cierta ironía, sobre todo cuando alguien se atreve a criticar lo que hago. Siempre pregunto: «¿Tú quién eres para juzgar mi trabajo?», y la manera en que clavo los ojos verdes bajo mi destacado flequillo pelirrojo suele cortar las ganas de seguir preguntando. Por eso a veces la gente me apoda Verónica la Peste.
Todos estos años he comprado víveres, he limpiado casas y he aprendido a tratar con todo tipo de gente. Solo una vez tuve un pequeño lío: un anciano al que la soledad le pesaba me regaló una tableta de chocolate. Nada de aceptar regalos, es la norma, y nunca lo hice, pero esa vez sentí debilidad. Me dio reparo rechazarlo. Llevé el dulce a casa, pero fui incapaz de probarlo. Al final lo di al niño del vecino, y la siguiente vez le dije que no, y punto. El abuelo me denunció diciendo que las cuidadoras solo queremos dinero en sobrecito. Casi me despiden, pero no me importó: «Si quieren, que me despidan, no soy un felpudo». Pero me defendieron otros usuarios y entre ellos Ana Fernández. Ya me caía bien, pero desde aquello se volvió casi una hermana para mí, algo raro porque no tengo ninguna.
Nuestras historias guardan cierto parecido; ambas nos quedamos huérfanas muy pronto. Ana, además, con discapacidad desde pequeña. Yo tengo aspecto saludable, aunque mejor no mirar muy adentro: por dentro llevo el alma herida, asustada, siempre queriendo llorar. Eso no lo entiende nadie, ni siquiera Ana. Solo compartimos el vacío de no tener hijos. Yo ya lo tengo asumido, pero Ana sigue rebelde, siempre intentando levantarme los ánimos cuando decaigo. Tras unas sesiones en el centro de rehabilitación, se atrevió hasta a actuar en un concierto. El sacerdote Lucas, que solía visitarla en fiestas con estampitas y algún regalo, le decía que mejor coser: que con lo tosca que tiene la mano, bastante hacía. Pero Ana perseveró, primero cosiendo pañuelos y después decorando un vestido de lino con bordados de colores. Cuando me lo contó, lo llevaron hasta la Casa de Cultura y ganó el primer premio del certamen de artesanía. El día final de la exposición lo vendieron, con su permiso, por una buena suma. Lloraba de alegría, pues era la primera vez que ganaba su propio dinero y no sabía qué hacer con él.
No te preocupes le dije, le encontraremos un uso. Compramos tela para más vestidos y ya tienes para años. Así te entretienes, que últimamente tienes cada cosa en la cabeza…
Por dentro, Ana anhelaba casarse. Quien no lo sueña… Por las películas aprendió todos los detalles sobre lo que hacen las parejas enamoradas, pero en su situación solo podía imaginarlo.
Poco después la llamaron del centro de rehabilitación para proponerle bailar en la nueva compañía de danza adaptada. «¿No es imposible?»dijo. Pero la convencieron: había que intentarlo al menos. Le prometieron el acompañamiento del servicio social.
¿Con quién bailaré?
Con otro chico como tú. Siempre decimos que en España nadie está solo, todos pueden tener inquietudes, por difíciles que sean repuso la voz implacable de la directora, Margarita Esteban. Ana aceptó suspirando.
Al día siguiente pasó a recogerla el conductor habitual, cortado al rape y con bigote, como un sargento de la Guardia Civil. Yo la acompañé, pendientes del peinado rubio que logré dejar libre de rulos a última hora. Allí, en el microbús, conoció a Alejandro, el chico con el que iba a bailar. Al darle la mano experimentó algo que nunca: la seguridad de una mano fuerte de verdad.
En el centro, Alejandro se movía en su silla se ruedas igual de ágil que cualquiera. Desde la primera clase estuvieron torpes, sudorosos, girando a ritmo de vals bajo la mirada de la bailarina alta y esbelta, la coreógrafa flexible como una junco, y la siempre presente Margarita Esteban. Al principio no les salía nada, pero poco a poco mejoraron, ensayando dos veces por semana todo el otoño y el invierno. Yo no me separé ni un instante de Ana. Olvidó la costura; el baile la absorbía por completo.
Hoy tocaba ensayo general y noté que algo no iba bien en mí; tenía el alma pesada y malhumorada, y Ana me lo notó.
¿Por qué esa cara, Vero?
No es nada dije apretando la mandíbula.
Ella, para desviar el tema, insistió en lo de la familia.
Venga, que tenemos cuarenta años, aún se puede formar algo.
Tú sigues con tus cosas… Yo ya tuve, me casé, siete años, y me dejó. Mejor así. Fue un castigo por perseguir chicos de joven. Mis padres, pobres, murieron sin conocer nietos…
Eso ya pasó. Si fuera tú, me hubiera casado cien veces.
¿Otra vez con eso?
Y si no quieres, hoy en día puedes tener un hijo sola, con técnicas modernas.
Eso es mucho dinero, Ana, ¿tú crees que gano tanto?
En la tele dijeron que ahora lo hacen gratis…
Bueno, seguimos luego. ¿Vas a ir con el vestido?
Con la falda gris y la blusa rosa. ¡El traje de gala solo en la función!
La víspera del gran día, tras el ensayo, volvimos a casa. Ayudé a Ana a bañarse, le preparé la cena. Estaba tan parlanchina, feliz, que daba gusto verla. Le serví café, pastas, y preguntó:
Verónica, ¿cómo fue tu primera vez?
¿La primera vez de qué?
Con un hombre dijo, ruborizándose.
No lo recuerdo…
No mientas. Estuviste casada, y luego con Nicolás…
Ese duró dos meses tras el divorcio, luego encontró una más joven. Nada que envidiar.
A Alejandro le gusto, me lo noto. Su mirada me lo dice…
A los morenos les gustan las rubias. No te obsesiones.
Cuéntame, por favor.
Déjalo ya, Ana. Bebe el café y descansa, que tienes la cara muy pálida.
Ana se quedó callada, y yo supe que este tema le rondaba. Sí, va a seguir con lo mismo una y otra vez. Recogí y me fui a casa, no sin antes preguntarle:
¿Necesitas algo del supermercado?
Lo de siempre… bramó cerrando los ojos.
¡Duerme bien, que mañana es la general!
Ni respondió.
¡Así acaban los bailes! musité en voz baja, y por poco añado: «Capaces de volverla loca», pero me contuve.
Por la calle, sin embargo, pensé: «Estoy segura de que con alguien encajaría bien. Es solo que los vemos tan frágiles, como si no supieran nada. Luego te pillan por sorpresa, como cuando me habló de Nicolás. Mejor no haberle contado nada».
De camino a casa me sentía derrotada, y hasta me pareció injusto haberle dejado la conversación a medias.
Ana, por su parte, lamentó mi frialdad. Qué costaba escucharla. ¿A quién contarle ahora lo que sentía? Ojalá supiera escribir poesía, habría hecho un poema del corazón. Las lágrimas le brotaron evocando a Alejandro: su pelo oscuro, los ojos marrones profundos, las manos fuertes y cuidadoras. Las primeras vueltas de vals le daban miedo, pero con él, la confianza crecía. Y la coreógrafa, siempre alabando: «¡Bravo, Ana!», como si fuera una colegiala.
Le salía de manera natural, ya lo bailaba casi sin pensar. Se acostumbró a todo el equipo, y hasta al electricista, vestido con su mono naranja, que siempre andaba entre bambalinas reparando algo.
Pensaba en la función, pero temía más el después. Jamás podría, como los demás, invitar a Alejandro a su piso y que todos vieran que tiene pareja. ¿Sería su único gozo participar en ensayos? Lo importante mañana era hacerlo lo mejor posible.
Por la mañana, Ana preparó el vestido: largo, satinado, color violeta oscuro, lleno de brillos. Se lo probó varias veces revisando costuras. Se imaginó bailando delante de todos, y sintió miedo y orgullo a la vez.
Cuando llegó la hora, aparecí con el conductor a buscarla, y nos fuimos al centro cultural. Ana se cambió enseguida para vencer la timidez. Ya entre bambalinas, Alejandro apareció con esmoquin y pajarita y con una mujer.
Justo antes de actuar, Alejandro se acercó a ella, le besó en la mejilla.
No te preocupes, todo irá bien le dijo.
Ana sintió el calor del beso quemándole la cara. Iba a tocarse con la mano cuando una desconocida posó su mano en su hombro.
Tranquila, saldrá bien le susurró.
¿Y usted quién es? preguntó Ana, temblorosa, presintiendo la respuesta.
En ese momento, Alejandro habló:
Ana, déjame presentarte. Esta es mi esposa, Sonia.
Al mirar, vio el anillo dorado en la mano de Alejandro; nunca lo había visto antes. Todos sus sueños se desplomaron de golpe. Sintió que se ahogaba y todo se le oscureció…
Cuando volvió en sí, vio muchos rostros alrededor suyo, pero no podía hablar. La encargada, Margarita Esteban, más seca de lo habitual, exigía respuestas.
¿Qué le ha pasado a Fernández? ¡En media vida que llevo aquí no me ha sucedido algo así!
Necesita ir a casa dije. Se le han acabado las fuerzas, ¿no lo nota?
¡Necesita un médico! Y que vuelva, que para eso ha ensayado medio año.
Ana abrió los ojos despacio, pero guardó silencio ante cualquier pregunta. Solo en el autobús, de vuelta, murmuró:
¿Dónde está Alejandro?
Se quedó. Baila con otra, con el número de siempre. Tranquila, así es mejor, Ana. ¿Qué falta te hace? Lo mismo decía el padre Lucas…
Y me guardó rencor. Cuando el gruñón del conductor la dejó en casa, ni se molestó en cambiarse; dejó el vestido sobre la cama y se tumbó vestida.
¿Ya se acabó la función? rió el conductor.
Sí, y usted también puede marcharse le respondí secamente.
Me senté junto a Ana e intenté mirarla a los ojos.
¿Quieres contarme qué ha pasado?
Ana, tras llorar un buen rato, logró decirme:
Alejandro está casado
Casi me reí, porque esperaba algo peor.
¿Y hacías planes con él?
No es asunto tuyo, lárgate…
Me pidió que me fuera y que no volviera jamás. Que era mala, que era una peste.
Si me lo hubiera gritado, me habría dolido menos. Pero lo dijo con el tono frágil de siempre. Estuve a punto de romper a llorar yo también. ¡Cuántas veces dormí en su sofá, viendo películas, preparando la comida, cuidándola! Y ahora, según ella, era una peste.
Gracias, Ana Fernández dije con tristeza.
Salí caminando sin fuerza, preguntándome si no sería mejor dejar el trabajo con ella o, quizá, cambiar de servicio, como algunas querían desde hace tiempo. Antes había sido maestra en una guardería y nadie me llamaba cosas así.
En casa, cansada, cené entre lágrimas y caí rendida en el sofá. Por más dura que me hiciera, ese día también me agotó.
Esa noche me despertó una llamada: era el padre Lucas.
Verónica, tienes que ir al hospital. Ana está muy mal. Se ha intoxicado
De pronto me vino el miedo, recordé que olvidé cerrar su piso. Corrí sin pensar, y cuando llegué, vi policía, al sacerdote, varias vecinas.
¿Qué ha pasado con Ana? pregunté.
Parece que ha intentado envenenarse. Llamó, dijo que se sentía fatal y solo pidió socorro. Al llegar estaba inconsciente, con pastillas cerca. Llamé a la ambulancia y la policía.
Un teniente me preguntó si yo era alguien de confianza.
Soy su cuidadora.
Ha intentado suicidarse. Alguien la debió presionar…
Vivía como un ángel…
Habrá que investigar. Deje usted sus llaves, vamos a precintar el piso.
Obedecí, saqué la comida al balcón, y cuando vi el móvil de Ana quise llevárselo, pero me lo impidieron. Me llevaron a comisaría, declaré lo ocurrido y uno de los policías, sonriendo incrédulo, comentó:
¿Tanto por un despecho?
¿Por qué, si no?
Y me dejaron ir.
En vez de casa, pedí al taxi que me llevara al hospital. En urgencias me confirmaron que Ana estaba en reanimación, pero consciente. No podía verla, ni dejarle nada, ni flores, por culpa del dichoso gripe: todo cerrado.
Volví a casa con el alma encogida por el vacío y la soledad. Llamé varias veces al hospital y siempre recibí la misma respuesta.
El cuarto día sonó el teléfono. Era una enfermera.
¿La señora Fernández? Quería usted venir a verla No puede entrar, pero puede ponerse bajo la ventana que da a la entrada. Tercer ventana a la izquierda, a la una.
Corrí después de visitar a dos usuarios. Cuando llegué, esperé bajo el frío y al rato apareció Ana, pálida y delgada, agitando las manos tras el cristal. No pudo decir nada, pero sacó una hoja escrita en grande: «PERDÓNAME». Le hice gestos de que sí, que todo estaba bien. Por dentro sentí una alegría tremenda; volvía a ser la de siempre.
El resto del día caminé por la acera de Castellana, ya deshecha por la nieve, sin dejar de mirar los edificios y el pequeño parque frente a la iglesia, iluminados por el sol de primavera, ese sol que por fin había vuelto. Entonces comprendí que todo lo malo quedaba atrás, enterrado en aquel invierno interminable. Esta sensación de renovación me hizo ver con otros ojos lo vivido, y mientras se me saltaban lagrimillas de emoción, recordé a Ana y no pude evitar sonreír: «Qué carácter tiene, la condenada, una cabra auténtica».





