¡Hola, Svetlana! Disculpe, por favor, soy su vecina de abajo.

¡Hola, Lucía! Perdona que te moleste, soy tu vecina de abajo.
Ahora mismo bajo la música contestó la joven en bata ligera, sujetando una copa de vino tinto.
No te preocupes, mujer. Lo que pasa es que han llamado del trabajo de mi marido, pidiendo que vaya urgentemente.
¿Ha pasado algo grave?
No han dicho nada, solo que era urgente. Iría a casa de mi madre, pero está lejísimos. ¿Podrías mirar un ratito a mi hijo? Tiene siete años y medio, en teoría podría quedarse solo, pero me pongo muy nerviosa, y con este día no estoy para sustos…
Por supuesto, dame un momento para cambiarme y bajo.
Es muy tranquilo, o está con la tablet o preguntando cosas todo el rato.

***
Vestida ya con camiseta blanca y vaqueros, la joven estaba sentada en la mesa de la cocina, tomándose un té y charlando por el móvil:
Pues ya te digo, esa García de contabilidad es una cotilla. Se le nota a kilómetros lo que flirtea con Don Vicente.
Entró el niño, tablet en mano. De la tablet se oían las voces de Andreu y Fran discutiendo parecían dos de esos científicos de la tele desmontando mitos. En su camiseta ponía: “¡El futuro es de los robots!”
Uy, perdona, te llamo luego. Estoy haciendo obra social dijo la joven, colgando. Hola, soy tía Lucía. ¿Quieres un poco de té?
No, gracias. Soy Mateo. Mi madre me ha hablado de ti. Eres muy guapa… Aunque mi madre dice que todas las guapas son desgraciadas. Y mi padre le dice que, según su lógica, o ella es fea o el matrimonio es una porquería.
¡Vaya, qué chispa tienen tus padres! Y gracias por lo de guapa. Lo de desgraciada ya…
¿Y tu marido?
Uf, digamos que… salió a por pan. Hace como tres años.
Ah, entiendo. Te dejó tirada.
Oye, ¿tenéis algo más fuerte que té en esta casa? Con estas conversaciones me tiemblan las piernas…
Creo que hay un Rioja en la nevera.
Gracias, pero mejor me quedo con el té. Que estoy de invitada.
Tía Lucía, te hace falta un nuevo marido.
Mateo, pues me espero a que crezcas tú. Dime dónde los encuentro…
¿Pero tú qué buscas? Yo vi en un programa que hay que visualizar exactamente lo que quieres.
Mándame el link, a ver. Pues uno rico, guapo, bueno. Que me quiera, que me cuide…
¿Y tú qué le ofreces?
¿Cómo que qué? Le daría cariño, saldría a hacerme la manicura…
¿Y eso qué le aporta a ese tío? Si es listo, querrá a alguien que le ayude, no una carga en el sofá…
¿Dónde está el vino, dices? Lucía abrió la nevera, tiró el té y se llenó la taza de vino.
También vi un programa sobre mujeres de empresarios ricos. ¡Todas acababan bebiendo! Viven en mansiones y terminan alcoholizadas.
Eso, querido Mateo, se llama soledad. ¿Tomas una conmigo? Es broma, ¿eh?
¿Y sabes con quién me quiero casar yo?
Ya te dije, conmigo.
Lo digo en serio.
¿Con quién?
Con Clara. Vamos juntos a clases de robótica. Es lista, más lista que yo. Una vez, en una competición, teníamos que emparejar dos módulos por bluetooth y no se reconocían. Yo me puse a sudar, pero ella me tranquilizó y empezamos de nuevo. Había como diez dispositivos en la sala, todo el mundo buscando y nuestro módulo sin aparecer. Se le ocurrió salir al parque. Allí, sin interferencias, se conectaron al instante. ¡Ganamos! Team work. Por ella vale la pena enamorarse.
Lucía se bebió de un trago el vino y se sirvió más.
Pues vaya, Clara me ha quitado al mejor candidato para marido. O sea, ¿me estás diciendo que tengo que buscar marido en el trabajo?
Los fuertes los encuentra la vida, no hace falta buscar. No son naranjas, no están en cada estante.
Ay, psicólogo, que no entiendo nada de lo que dices.
¡Hazte tú misma rica, guapa y buena! ¿Ahora sí?
¿Y entonces para qué necesitaría a nadie? Me iba a viajar, mejoraba el inglés, hacía bailes, cursos de cocina… Aprendería a preparar paella, ¡por supuesto!
¿Y qué te impide hacerlo ahora?
Que no tengo marido que pague todo eso.
Entonces eres el parásito de la historia, Lucía.
Eh, tampoco exageres. Solo quiero una felicidad normal, de mujer.
Menos películas y más vivir la vida real. Si no, vas a estar toda la vida buscando a un tonto de película que no existe.
¡Basta! ¿Tú qué sabes? Anda, vete al cuarto. ¡A dormir!
El niño se fue. Lucía se enjugó una lágrima antes de terminarse el vino. El teléfono sonó; no contestó. Se abrió la puerta y entró la pareja, con los ojos brillantes de contentos y el paso algo torcido.
¡Lucía, mil gracias por cuidar del peque! trinó la vecina.
Nada, mujer, solo… me he bebido un poco de vuestro vino.
Faltaría más.
¿Todo bien con tu marido?
Ay, sí, estos del trabajo son unos bromistas. Hoy hacíamos aniversario de nuestro primer beso, fui a verle a la oficina y el muy gracioso estaba tumbado en el suelo con un cartel: Soy la Bella Durmiente. ¡Bésame! Luego, vinito y cine, como en los viejos tiempos.
¡Os habéis puesto de acuerdo para dejarme sola! Ya me voy, que es tarde.
¿Y Mateo se portó bien? preguntó la madre ya en la puerta.
Fatal, fatal… ¿Puedo venir a cuidarle más veces, a ver si lo enderezo?

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MagistrUm
¡Hola, Svetlana! Disculpe, por favor, soy su vecina de abajo.