Hacía mucho tiempo, en una calurosa tarde de verano en Sevilla, al borde del Guadalquivir, dos jóvenes sentados en un banco de piedra hablaban de sus sueños.
—Hola. Al final nunca fuimos juntos al cine aquella vez— dijo él, sin pensar, olvidando las frases que había ensayado.
Antonio y Carmen pasaban las horas imaginando su futuro: entrarían en la universidad, estudiarían, comprarían un piso en el centro…
—Y un coche extranjero, el mejor— afirmó Antonio, lanzando una piedra al río.
—Iremos de vacaciones a la playa o al extranjero— añadió Carmen, mirando cómo desaparecían las ondas en el agua—. Pero primero hay que aprobar los exámenes. ¡Qué pereza da estudiar!
—Lo lograremos— Antonio la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí.
Creían que nadie antes había amado así, que nada los separaría jamás.
—Vámonos a casa, mi madre debe estar preocupada. Y hace frío— Carmen se levantó del banco y dio un grito al sentir un dolor agudo—. Estos zapatos nuevos me han destrozado los pies.
Se los quitó y caminó descalza por las baldosas frescas del paseo.
—¿Vamos mañana al cine? Ponen una película buenísima— propuso Antonio.
Caminaron charlando sin rumbo, riendo de nada y de todo.
—Hasta mañana— susurró Carmen frente a su portal, se alzó de puntillas, le dejó un beso en la mejilla y entró corriendo.
—¡Así que compro las entradas!— gritó él.
Ella no contestó, solo sonrió desde la puerta.
La ciudad aún dormía, pero la noche estival ya se disipaba, borrando las estrellas. Era el primer día de su vida adulta.
Antonio entró en casa sin hacer ruido para no despertar a su madre. Se tumbó y se durmió, feliz, convencido de que el futuro sonreía. Por la tarde, ya esperaba bajo la ventana de Carmen. Ella asomó y bajó enseguida.
—Tengo las entradas— agitó los boletos ante ella.
—Perdona, Antonio, no puedo. Ha llegado mi tía de Madrid. Se casa con un alemán y se va a vivir allí. Nos deja su piso en la capital. Mañana mismo nos vamos con ella para verlo todo… Me mudo a Madrid.
—¿Y cuándo vuelves?— preguntó él, sin entender del todo.
—No lo sé. Estudiaré allí.
—¿Y yo? ¿Y nosotros? Soñábamos con estar juntos…— Antonio no daba crédito.
—Antonio, es una oportunidad única. No me voy a la luna, puedes visitarme. ¡O mejor! ¡Ven tú también a estudiar a Madrid!— Sus ojos brillaban—. ¿No te gustaría?
—¿Y dónde viviría? ¿Tus padres qué dirían? Yo no tengo una tía con pisos regalados, ni dinero. ¿Qué le digo a mi madre? Está sola…
—Ya encontraremos algo— respondió Carmen, ligera.
—¿Cuándo te vas?— su voz sonó apagada.
—Mañana por la mañana. Tengo que hacer las maletas… Todo ha sido tan rápido. Antonio, mis padres no me dejarán quedarme. Si me quieres, encontrarás la forma de estar conmigo.
—Y si tú me quisieras…— no terminó la frase. Dio media vuelta y se alejó.
Ella le gritó, pero él no miró atrás. Solo cuando estuvo lejos, el peso de la noticia lo aplastó. “Se irá, hará nuevos amigos, me olvidará… ¿Quién soy yo? Un chico de provincias”, pensó, destrozado.
—Pues vete, qué más da. Sobreviviré. Lo lograré todo… Te arrepentirás— masculló camino a casa.
Al llegar, se desplomó en la cama y pasó dos días sin moverse. Su madre quiso llamar al médico, creyendo que estaba enfermo.
—Antonio, empieza a estudiar. Si no, no entrarás en la universidad y te mandarán a la mili. Entonces Carmen jamás volverá, pensará que eres un fracasado.
Las palabras de su madre lo sacudieron. Se obligó a abrir los libros, aunque solo veía a Carmen. Entre estudio y estudio, hacía flexiones en el patio, agotándose para no pensar. Decidió cumplir todo lo que habían soñado. Entonces iría a Madrid y… Pero primero, la universidad.
Y lo logró. Cada día esperaba una carta de Carmen. Él no sabía su dirección. Se maldecía por no haberla acompañado, por no haber preguntado. ¿Cómo encontrarla en una ciudad de millones?
A lo largo de la carrera, vivió con la esperanza de que Carmen regresara o escribiera. En el último año, empresas madrileñas ofrecieron trabajo a los mejores estudiantes. Antonio aceptó un puesto en una fábrica nueva cerca de la capital. Así estaría más cerca de ella, quizá incluso la encontraría.
Su madre lo bendijo. En seis meses le dieron un piso. Al año siguiente, se casó con Lucía, una morena risueña de contabilidad. Tuvieron una hija: Carlota.
—No me gusta ese nombre, suena anticuado— protestó Lucía.
—¡Es eterno! Carlota, suena bien, ¿no?— insistió él.
Diez años después, Antonio era subdirector. Tenía una casa amplia, un coche de lujo. Su madre vendió su piso para ayudarles y se mudó con ellos a cuidar de la niña.
Viajaba por negocios, aprendió inglés. Dejó atrás al chico de provincias y se convirtió en un hombre seguro. Conoció China, Italia, Alemania…
Una noche soñó con Carmen. Estaba en el río, igual que aquel día. “Al final nunca fuimos al cine”, le dijo, triste.
Con los años, pensaba menos en ella. Hasta que el sueño lo sacudió. Una tarde, buscó su nombre en una red social, añadiendo Sevilla. Entre cientos, la encontró.
La devoró con la mirada: elegante, en una casa con piscina, jugando con un pastor alemán. Otra foto, de la mano con un niño. Su perfil era escueto: vivía en Alemania, divorciada, criando a su hijo… Recordó sus palabras sobre la gran oportunidad. Ella había logrado más de lo soñado. Él también triunfaba. Pero una punzada le atravesó el pecho.
Le escribió: “Vi tu perfil, me alegra que estés bien…”. Carmen no respondió. Él notó que no entraba desde hacía dos años.
Una idea lo golpeó: ¿habría creado esa cuenta para que él la encontrara? Por eso puso Sevilla. ¡Ella lo buscaba! La alegría lo invadió.
No podía apartarla de su mente. Llamó a un amigo de la policía para hallar la dirección de sus padres.
—¿En Madrid? ¿Estás loco?— se rió el otro.
—Por favor. No pueden haberse esfumado.
—Quizá se fueron con ella a Alemania. Bueno, lo intentaré.
Días después, su amigo llamó:
—Vendieron el piso a los dos años. Aquí tienes los datos del padre.
Últimamente, Antonio pasaba horas frente al ordenador. Lucía sospechó. Revisó su portátil y encontró el perfil de Carmen.
—¿Desde cuándo me engañas?— lo afrontó al llegar.
—¿Qué dices? ¡Jamás!— se indignó él.
—¿Y quién es esta?— señaló la foto.
—Una compañera del instituto. La encontré por casualidad— mintió, aunque se sintió descubierto.
—”Por casualidad”— repitió Lucía—. Mi madre me dijo que tuviste un amor juvenil. ¿Sigues obsesionado? ¿Por eso llamaste Carlota a nuestra hija?
Te esforzaste todos estos años: casa, coche, puesto importante. Ahora eres un triunfador, no aquel chico de Sevilla. Querías que ella lo supiera,Él abrazó a Lucía y le susurró: “Tienes razón, el pasado se fue, pero contigo tengo todo el futuro que siempre quise”, comprendiendo por fin que el amor verdadero no estaba en lo que pudo ser, sino en lo que ya tenía.





