**Hermanas**
Carmen se levantó al amanecer, preparó el desayuno, hizo la comida para su marido y solo después fue a despertarle.
—Carmita, ¿para tanto? Volveré mañana —dijo él al ver el tamaño de la bolsa.
—Dos días son dos días. No tendrás tiempo de cocinar allí. Calienta y come. No te quejes. Ahí dentro también hay ropa de abrigo. Las noches ya son frías. Toma el té antes de que se enfríe —respondió Carmen, haciendo un gesto de indiferencia.
Su marido desayunó bien, se vistió y cogió la bolsa.
—Me voy. Tú acuéstate, descansa un poco más —dijo al salir del piso.
Carmen cerró la puerta, volvió a la cocina y asomó la cabeza por la ventana. Sabía que, a mitad del patio, José se volvería para despedirse. Y así fue; se detuvo, miró hacia la casa y levantó la mano. Ella le respondió con otro gesto. Carmen sonrió para sí: “Como recién casados”. Un calor dulce le recorrió el pecho.
Desde que se jubiló, siempre despedía así a su marido, ya fuera al trabajo o a la casa del campo. Llevaban veintiséis años juntos. No era poco, pero ambos habían tenido vidas antes de conocerse.
A Carmen no le gustaba quedarse sola. Habría ido con José a la casa rural, pero le había prometido a su hija que cuidaría del nieto ese día. Suspiró. No tenía sueño, pero ¿qué hacer? Era demasiado temprano para limpiar. No podía encender la aspiradora a las seis de la mañana. En los pisos de bloques, el ruido se escucha de una punta a otra, y en fin de semana la gente duerme hasta tarde.
Sin nada mejor que hacer, se tumbó en la cama sin quitársese el albornoz. Se quedó pensando en mil cosas y, sin darse cuenta, se durmió.
Hasta tuvo un sueño. Su abuela tuvo un perro, Bruno, grande y peludo. En el sueño, el animal se le acercó, moviendo feliz la cola. “¡Bruno, hola! ¿De dónde sales tú?” —preguntó Carmen, alargando la mano para acariciarle. Pero de pronto, el perro le enseñó los dientes. Ella retiró el brazo, desconcertada…
Se sobresaltó y abrió los ojos. La habitación estaba vacía. Bruno no estaba, ni podía estarlo; el perro había muerto de viejo cuando Carmen tenía catorce años. Miró el reloj: solo había dormido diez minutos. Cerró los ojos de nuevo. “Los muertos en sueños anuncian mal tiempo, y los perros, visitas”, pensó, justo cuando sonó el timbre. ¿Quién podía ser a esas horas?
Se incorporó, se puso las zapatillas y fue al recibidor. El timbre sonó de nuevo, impaciente.
—¡Voy, voy! —refunfuñó Carmen, abriendo la puerta.
Al ver a la visitante, estuvo a punto de cerrársela en la cara. Dicen que el primer pensamiento es el más acertado, y después lamentaría no haberlo hecho. En el umbral estaba su hermana pequeña. El corazón le dio un vuelco, como un pájaro atrapado en una red.
—¡Hola, hermanita! —dijo Lucía, cargando las tintas en la última palabra, mientras esbozaba una sonrisa.
Sus dientes, grandes y algo prominentes, le daban un aire peculiar. Cuando sonreía, se veía un poco de la encía. “Y dicen que los sueños no avisan”, pensó Carmen, recordando el gesto de Bruno. La idea le resultó desagradable. La visita de su hermana, tras años de silencio, no presagiaba nada bueno.
Tenían padres diferentes y diez años de diferencia. El padre de Carmen murió en un accidente; tres años después, su madre se volvió a casar y tuvo a Lucía. Las hermanas no se parecían ni en físico ni en carácter. Carmen era baja, de formas redondeadas y facciones dulces, con un temperamento sereno. Lucía, en cambio, alta, delgada, con el rostro alargado y aquellos dientes que parecían querer salirse de su boca.
—¿Y qué? ¿Me vas a dejar aquí plantada? ¿O me invitas a pasar? —preguntó Lucía.
Carmen aún tuvo tiempo de cerrarle la puerta. Pero al fin y al cabo, era su hermana, aunque inesperada y no deseada.
—Pasa —dijo, abriendo más la puerta.
Lucía entró, se quitó los tacones, se arregló el pelo frente al espejo y se volvió hacia Carmen.
—¿No me esperabas? Pues aquí estoy. —Intentó ponerse las zapatillas de José, pero Carmen le sacó unas de invitados que le quedaban pequeñas—. Venga, enséñame cómo vives.
Recorrió el salón con la mirada, escrutando cada detalle.
—¡Vaya palacio! Muebles importados, reforma reciente… —Se giró hacia Carmen, y en sus ojos brilló, por un instante, algo entre la envidia y el rencor. Pero al siguiente momento ya volvía a sonreír, mostrando aquella dentadura que a Carmen le recordaba el sueño.
—Bueno, sí que te ha ido bien. ¿Y tu marido dónde está?
—En la casa del campo —respondió Carmen, sin ganas.
—¿Y también tenéis casa en el campo? Vaya burgueses —dijo Lucía con un tono que insinuaba: “Bueno, ya veremos”.
—¿A qué has venido? —preguntó Carmen, perdiendo los nervios.
—Te echaba de menos. No nos queda nadie más. Solo nos tenemos la una a la otra —dijo Lucía sin mirarla, examinando una foto de la hija y el nieto—. ¿Y esta quién es? ¿Tu hija?
Carmen no contestó.
—Yo, en cambio, estoy sola. Con Jorge no duré ni un año. Después me casé dos veces más, y la verdad, los otros dos no fueron distintos del primero. No valía la pena cambiarlos —comentó como si compartiera un secreto.
—¿A esos también se los quitaste a alguien? —soltó Carmen, incapaz de contenerse.
—Vaya, qué mal carácter has cogido. A quien pasados recuerda, ojos tuertos le quedan. —Lucía sonrió de nuevo, enseñando aquella dentadura irregular—. No he venido a pelear.
—¿Entonces a qué? ¿A reavivar viejos recuerdos y, de paso, intentar quitarme algo más? —preguntó Carmen, dejando salir la rabia acumulada.
—Qué mala eres. ¿Cuántos años tiene tu hija? —preguntó Lucía, haciendo caso omiso al sarcasmo.
—Veintiocho.
—O sea que te casaste dos años después. ¿Te dio prisa por miedo a que me lo quitara? —Lucía echó la cabeza hacia atrás, riéndose de su propio chiste.
—Es la hija de mi marido —aclaró Carmen, demasiado tarde, arrepintiéndose de justificarse ante ella.
Estaba furiosa consigo misma y no lograba reponerse de la sorpresa.
—Bueno, paz. ¿Me invitas a un té? —preguntó Lucía en tono conciliador.
Mientras Lucía elogiaba la cocina, alabando el gusto y la habilidad de Carmen, esta encendió el fuego bajo la tetera aún tibia.
—¿Te quedas mucho? —preguntó Carmen.
—¿Ya me echas? —respondió Lucía con otra pregunta.
La conversación era un constante ir y venir de palabras. Carmen guardó silencio, pero deseaba que su hermana anunciara que se iría después del té.
—¿Me dejas quedarme hasta mañana? No me gustan los hoteles. Además, tu marido no está. Mañana me voy —dijo Lucía, frustrando sus esperanzas.
—¿Adónde vas? —Carmen intentó—A la costa, quiero sentir el sol una última vez —dijo Lucía, y Carmen al fin entendió el significado de aquellas palabras mientras las lágrimas le nublaban la vista al abrazar a su hermana por última vez.





