Hemos pasado 30 años juntos. Sé cómo respira al dormir y qué le gusta desayunar. Pero él lo cambió todo por “emociones de la universidad” y se fue con una mujer de Photoshop perfecto. Aquella noche no lloré: llené el congelador de hielo y redacté una lista. Una lista para recuperarle, para que sea él quien me suplique quedarse. El primer punto: conocer a su nueva conquista.

Mira, tengo que contarte algo, como si lo estuvieras viviendo conmigo.

Después de treinta años de matrimonio, de saber hasta cómo respira Alfredo al quedarse dormido o lo maniático que es con la tostada y el café solo por las mañanas, va el tío y me deja. ¿Por qué? Porque ha vuelto a sentir lo que sentía en la facultad con su primer amor, una tal Clara, y se ha ido con una mujer que en sus fotos de Instagram parece sacada de una revista, toda perfecta, pero eso es más Photoshop que otra cosa.

Esa noche no lloré. Me levanté, llené el congelador de hielo y abrí una libreta: lista de cómo hacer para que vuelva y que sea él quien me suplique quedarse. El primer paso: conocer a su nueva conquista.

Dicen que el primer amor es como la varicela: si te da de joven, deja marca en la piel pero no vuelve jamás. Mentira. O era otro virus el de Alfredo.

Mi historia empezó cuando el mundo que llevé 30 años construyendo, como una casita de piedra en los alrededores de Salamanca, empezó a resquebrajarse. Y la grieta salió no del suelo, no, sino del tejado, justo al lado de la antenaesa que tanto costó poner y que sólo pilla los canales cuando le da la gana.

Mi hermana y yo crecimos con la cantinela de mi madre: Lo más valioso, hijas mías, no es el coche ni el piso, es la reputación. Y lo segundo: la dignidad. Mi madre era de la vieja escuela, más dura que el mármol de la Catedral Vieja. Quizá por eso me casé con Alfredo sin haber tenido antes ni un solo noviete. Él fue mi primer hombre. Y mi único. Yo, para él bueno, yo no fui la primera, pero a mí me daba igual. Hasta ahora.

Ese domingo amaneció perezoso y templado en nuestro piso antiguo en Retiro. Por los ventanales se asomaba un sauce ya medio verde, y Alfredo se había sentado a tomar un té de menta, con esa manera suya de quedarse mirando un punto como si le hablaran desde ahí. De repente dejó la taza y, tronándose los dedos, soltó la bomba como un leñador partiendo leña:

Carmen Creo que debería cambiarme de casa.

Yo seguí untando mantequilla en la tostada, que se deshacía porque estaba recién sacada de la nevera.

¿De viaje? le dije, como si no supiera lo que venía.

He conocido a Clara, ¿te acuerdas de ella? La de la facultad. Mi primer amor. Y no se ha ido, Carmen, sigue aquí. Ha estado esperando No quiero engañarte, sería ruin por mi parte.

Mientras él hablaba, yo veía al vecino pequeño pegando patadas a un balón en el patiopum, pum, pumal ritmo de las palabras de Alfredo. Los niños crecen, el piso se queda grande, los nietos no llegan soltaba algo de la sinceridad y de que no elegimos de quién nos enamoramos. Pero se me secaba la garganta como si hubiese tragado todo el desierto de Almería. Le señalé la jarra de agua.

¿Te encuentras mal? corrió a servirme agua, preocupado.

¿Yo? mi voz salió ronca, como de cigüeña vieja Encantada de la vida. Ya sabes, la felicidad va y viene, pero el pescado siempre hay que limpiarlo fresco.

Bebí el agua, sentí el frío bajar hasta ese hueco gélido que tenía dentro, y me enceré en el baño. Cerré la puerta y, con el grifo a tope, me aseguré de que no oyera ni mi respiración. Pero él todo lo oye, siempre.

¡Carmen, abre! ¡Como no abras, tiro la puerta abajo!

Alfredo, déjame lavarme la cara. ¡Déjame en paz!

Estaba de broma, mujer, sal, por favor gritó, con esa voz de quien quiere que la broma cuele.

Me miré al espejo. Me devolvió la mirada una mujer como esas muñecas viejas empapadas de lluvia. Pelo apagado, ojeras, la nariz colorada. Una belleza, vamos. ¿Tantos años juntos para esto? ¿Chispa de amor? Se encontró un escondite de emociones y decidió tirar de él.

Me lavé la cara con agua helada, me peiné y salí de allí con la actitud de una reina destronada que no piensa perder la compostura. Él estaba pálido en el pasillo, con las manos temblando. Me dio igual. Deseaba salir, alejarme del olor a su colonia.

Alfredo, me voy al parque. No me sigas.

¿Y el corazón? ¿Si te da algo?

El corazón estará en modo ahorro de energía hasta que se le acaben las pilas. No vengas.

Ni discutió, salí con la cazadora. El Parque del Retiro estaba lleno de sol, abuelas paseando a sus nietos, jubilados leyendo El País, una señora peleando con su perro salchicha. La vida, tan tranquila. Yo me senté en un banco y, como una espía amateur, miré todas las caras de mujeres. ¿Esa es Clara? ¿La del pañuelo? ¿La de los rizos blancos? ¿De dónde la sacó? ¿Facebook, Instagram? Esa idea me quemaba por dentro: ¿La buscó él o se encontraron? Tenía que saberlo, era vital. Verla, compararme.

Volví a casa después de una hora. Alfredo, sentado aún, miraba el té frío.

¿Sigues aquí?

¿Dónde quieres que esté? levantó los ojos. Carmen, hablemos, por favor.

Ya hemos hablado. Tú has contado tus planes, yo los he escuchado. Fin.

Carmen, por favor

Solo quiero saber: ¿te encontró ella o tú la buscaste?

Tuvo que respirar hondo; sabía que no me iba a rendir.

Me escribió por Whatsapp hace un par de meses. Dice que se topó con mi perfil.

Sí, sí, por casualidad. Sobre todo si buscas ex novios por internet. ¿Y, luego? ¿Cafecitos?

Quedamos un par de veces. Charlamos.

¿Sobre el primer amor y las ocasiones perdidas? Eres un crío, Alfredo, de verdad. ¿Cómo se llama, por cierto? No me lo hagas sacar.

Se removió incómodo.

Carmen, para qué

Quiero saber el nombre de la que hace que te cambies las pantuflas por una maleta. ¿Es que tiene un secreto? ¿O la llamáis de otra manera para despistar?

Clara suspiró Clara Rodríguez.

Clara. Bonito y común. Como para no confiárselo todo.

Carmen

Silencio. Me alegro por ti. Ya encontraré a alguien, no te preocupes. Un monitor de spinning, tal vez. O Paco, ese que fue conmigo al colegio. Creo que está de nuevo soltero.

¡No digas eso! Tú no eres así

¿Que no soy cómo? ya iba yo hacia la habitación, soltando: No quiero café. Me duele la cabeza. Me tumbo.

Me tiré en la cama, miré el techo y supe que mentía: la cabeza no me dolía, el alma sí, punzante y retorcida. Escuché a Alfredo moverse por la casa. Agarré el portátil. Ahora todo se resuelve por redes.

Entré en el Facebook de mi marido. Muchos amigos, pero ninguna Clara Rodríguez. Listillo. ¿La borró? Revisé los seguidores, los me gusta en fotos antiguas. Nada. Vacío.

Hasta que di con el perfil de una tal Adela. Foto al sol en la playa de Cádiz, sombrero de paja y copa de vino. De Marbella, casada con italiano. En los amigos de Alfredo. Me meto y, en las fotos de la facultad, alguien había marcado con un círculo a una chica guapa de trenza larguísima. Clarita Rodríguez, nuestra estrella.

¡Esa es! Entro a su perfil: cerrado. Pero en Instagram, un perfil abierto. En la foto de perfil: una morena con maquillaje de impacto, abrigo de pelo y mirar seductor. El estado: Vivo aquí y ahora. Grupos de psicología, astrología y cocina: Recetas con amor para el ser especial. Último post: A veces la vida te regala una segunda oportunidad. Y un corazoncito.

Me entró una rabia Era la cazadora perfecta, la que lanza redes y Alfredo, tan ingenuo, cayó de lleno. ¿Primer amor? Bah, solo una madurita con tiempo libre y mucho filtro de móvil.

Cerrando ya su página, vi una cara conocida entre sus amigos: un hombre con canas y gabardina, apoyado en un BMW: Paco Morales. Mi amigo del colegio. El que me traía croissants a la biblioteca en segundo de BUP. Sé que lleva años viviendo en Madrid, tiene su empresa, divorciado.

Se me aceleró el pulso. Si hay alguien que conoce a Clara, es él. Eran del mismo curso.

Le escribí un mensaje privado en Facebook: ¡Paco! ¿Me reconoces? Tu vieja amiga Hilillos. ¿Te acuerdas? Necesito un favor y un ratito para charlar, ¿puedes?. Respondió en una hora. Quedamos en el Café Gijón de la Castellana.

Fingí que iba al médico para salir del trabajo. En casa, operación arreglarse: vestido azul oscuro que nunca usé, tacones, perfume especial, ondas en el pelo y maquillaje tipo noche aunque eran las cuatro de la tarde. Me miré: soy otra. La que estaba esta mañana llorando en el baño ya no gestiona este cuerpo.

Llegué veinte minutos antes. Pedí una copa de Rioja y temblaba al acercarla a los labios. Paco llegó puntualísimo, postura de empresario de éxito, sonrisa encantadora. Me miró y soltó una carcajada sana.

¡Carmen! No esperaba ver a la niña trenzas, sino a una bomba. Estás guapísima.

Me puse colorada, pero sentí ese calor de los piropos sinceros.

Gracias por venir, Paco. Sé que tienes mil cosas.

Siempre sacaré un hueco para ti, Carmen. Pidió una botella de vino y picoteo. ¿Tienes hambre?

No sé tengo un nudo en la tripa.

Nos sirvieron el vino.

Brindamos por los reencuentros.

Chin chin. Bebí un sorbo y el calor me llegó al pecho.

Paco mira, voy directa: Alfredo se va. Con su primera novia. Con Clara Rodríguez. Vi que la tienes en tus contactos.

Paco resopló, se echó hacia atrás.

¿Clara Rodríguez? ¿La Clarita que se va de lista?

En tus redes pone que se llama Adela. Pero mi marido la llama Clara. Para gustos, colores.

Él soltó una risa socarrona, sacó tabaco pero lo guardó (prohibido fumar). Se inclinó hacia mí.

Carmen, te lo digo de una: tu marido se hará el galán, pero no le va a durar ni medio telediario la ilusión. A esa Clarita la conozco de coincidir en reuniones. Cae bien cuando se pone el vestido de gala y calla. Pero convivir con ella

¿Qué pasa? ¡Dímelo!

Dudó pero se lanzó:

Es muy desordenada, y en su vida ha hecho un potaje bueno. Microondas y ya. Tiene dos hijos de padres distintos. Ninguno vive con ella, la tienen cruzada. Y ronca, Carmen, ronca a lo bestia. Una vez coincidimos en una casa rural y temblaban las paredes. ¿Tu Alfredo no era de siestas y menús caseros?

No sabes lo que sentí: alivio, un poco de mala leche y esperanza, todo junto.

Paco, no sabes el regalo que me haces Pero aún no he terminado.

Y entonces, de pronto, un grito por encima de la barra me cortó la palabra.

¡Hombre, ya te he encontrado! ¡Llevo media hora llamando!

Me giré y lo vi. Alfredo, lívido y con el ceño fruncido, de la mano de una mujer que reconocí del Instagram: Clara, con un mentón demasiado grande, pintalabios chillón y ojos recelosos.

¡Paco, querido! suelta la tipa con alegría postiza, soltando a Alfredo y lanzándose a Paco. ¡Qué años, qué tiempos!

Clara Paco la saludó, respetuoso.

Alfredo me agarró del brazo y casi me arranca de la silla.

¿Se puede saber qué haces aquí? me siseó ¿Así que tú también?

Quita la mano, Alfredo le solté frío Me dejaste por la mañana. Ahora hago lo que quiera.

¿Tú te has buscado a este? ¡Qué rápida!

No es asunto tuyo contesté tajante.

Clara se coló en medio, haciéndole ojitos a Paco:

Tranquilo, Alfredo, Paco es nuestro amigo de siempre. ¿Te paso mi número, Paco? Te echo de menos.

Paco me miró como diciendo: Te lo advertí.

Clara, ahora estoy ocupado le cortó. Carmen y yo somos amigos. Estamos charlando de cosas nuestras.

¿Cosas vuestras? bufó Alfredo. ¿Qué cosas va a tener mi (ex)mujer que contar?

Mi ira subía como espuma, pero Paco se puso en modo caballero. Se levantó, me abrazó la cintura y dijo bien alto:

Alfredo, tranquilízate. Carmen es una mujer fantástica. Si no sabes valorarla, es tu problema. Igual hasta me animo a conquistarla.

Al principio me quedé de piedra, pero enseguida le seguí el juego, sonriendo y apoyando la cabeza en su hombro.

Adelante, Paco.

Alfredo palideció aún más.

Vosotros no sabía qué decir.

Anda, Alfredo, vámonos tiró ella de su manga, nerviosa No montes escenas.

Eso, vete, Alfredo zanjó Paco. Libertad, ¿recuerdas?

Alfredo alternaba la vista entre todos. En serio, le costó asimilar que si se iba como hombre libre, la libertad era para todos, también para mí.

Ya hablaremos masculló. Se fue sin mirar atrás y ella, echando miradas de rabia, detrás.

Me desplomé en la silla.

Gracias, Paco. Eres un genio.

Me miró serio.

No era solo un numerito, Carmen.

Me quedé callada. Había en sus ojos una ternura y tristeza de años.

Cuando te vi hoy pensé que fui idiota de no intentar nada contigo en el instituto.

Paco

Bah, tonterías. Anda, come algo, que te veo muy flaca.

Cenamos, y mientras él contaba cosas de su empresa o su hija, yo pensaba en Alfredo: que ahora estaría en casa con su primera novia, que seguramente ya ni se acuerda de cómo gusta el gazpacho hecho en casa. Pero mucho ojo: creo que le activé la vena de los celos, y cuando reaparecen los celos aún queda cariño.

Cuando volví ya era tarde. En el recibidor, luz encendida. Alfredo, sentado en el banco del pasillo, con el suéter, la mirada derrotada.

¿Has vuelto? preguntó.

Aquí me tienes. ¿Tú no te ibas con Clara? ¿No era tu primera novia?

Carmen vino a mi lado Perdóname, fui un estúpido.

Ya lo gritaste por la mañana. Dijiste que era una broma, ¿recuerdas?

No era una broma. Fui tonto. Me fui con ella. Estuve una hora. Puso la tele, calentó una lasaña prefabricada y empezó a quejarse de la vida, los hijos y la espalda. Entonces me di cuenta de que era una desconocida, cansada, sin nada de lo que busco. Y pensé en ti. En cómo bebías el agua esta mañana. En cómo saliste del baño, con tanta dignidad. Vi lo que perdía.

No lo perdiste, Alfredo. Lo tiraste. Que no es igual.

Me siguió hasta el salón.

Lo entiendo. Pero ese Paco ¿te gusta?

Somos viejos amigos, nada más. De todas formas, hoy fue el único que me llamó guapa y genial. Tú no me lo dices desde hace diez años.

Se arrodilló delante de mí y me cogió las manos.

Carmen, déjame enmendarlo.

No lo sé, Alfredo. Hoy se me murió algo dentro. Y ya no sé si soy yo la de antes.

Te esperaré lo que haga falta. Solo no me eches.

Le miré, recordando las lágrimas, el olor a hogar. Las palabras de Paco: debí luchar. No supe qué contestar.

Bueno dije bajo . Anda, levanta y deja de arrodillarte. Mañana hablamos. Ve a dormir. Al sofá.

¿Y tú?

Me quedo aquí, pensando.

Se fue. Me asomé a la ventana. Lluvia primaveral, limpiando el aire.

Pasó una semana. Vida de desconocidos, pisando huevos. Alfredo, ahora sí, atento: fregaba, barría, hacía la compra. Yo le observaba. Sé que Clara le llamó varias veces: contestaciones secas y luego número bloqueado.

Paco, por su lado, también me llamó. Solo para saber de mí, invitarme al cine. Rechacé. Por miedo, supongo, a esta nueva vida donde salgo sola. Pero ayer me soltó: Carmen, no estás en clausura, tienes derecho a vivir bonito.

Hoy es sábado. Alfredo, todo el día rondando:

Carmen, ¿vamos al parque a ver las lilas?

No quiero.

Ya sé que te hice daño. Pero cada día te escojo a ti. Y lo seguiré haciendo.

Le observo. Ahora, sí que tiene la mirada de quien teme perder.

¿Y dentro de un año? ¿Te caerá la nostalgia de la primera otra vez?

No. Mi último amor eres tú. Solo me di cuenta cuando estuve a punto de perderte.

Timbre. Las dos nos sobresaltamos. Alfredo abre. Voz de mujer: clara, molesta. ¡Clara!

Irrumpe como un tifón, el pelo empapado, sin vergüenza.

¡Alfredo! ¿Por qué no contestas? ¡Ahora lo entiendo! grita ¿Por ella? me señala ¿Por esta vieja?

Clara, vete dice Alfredo, tajante No te he llamado.

¿No me llamaste? Si eres tú el que decía que el amor no tiene edad. ¡Si Carmen se va con Paco mientras tú mueres en el sofá!

¿Y tú cómo sabes dónde duermo? Alfredo se pone blanco.

¡Paco me lo contó! Nos hemos visto suelta y tras darse cuenta, se muerde la lengua.

Silencio absoluto.

¿Has quedado con Paco? pregunta Alfredo, despacio.

Clara mira de un lado a otro, sin salida.

Sí. Pero sólo café. Me llamó.

¿Y para qué? me río ¿Qué negocios tienes tú con Paco, Clara?

Ella me fulmina con la mirada:

¡Eso no es asunto tuyo! ¡Tienes tu parte de culpa! ¡Le robas el marido a cualquier mujer!

¿Yo, robar? La que está chillando aquí eres tú. Alfredo, deshazte de ella.

Alfredo no reacciona. Finalmente capta que primer amor va de picaflor en picaflor según sople el viento.

Has estado con Paco afirma Y él

Y él qué, Alfredo. Es amigo, y sí, me cuidó cuando lo necesitaba. Pero tú estabas ocupado con tus viajes en el tiempo.

Me acerqué a la ventana. Dejó de llover. El asfalto brilla. Y sí, da pena, pero el sol vuelve.

¿Sabes, Alfredo? Clara tenía razón en una cosa. Vi a Paco. Pero no fui al cine con él. No porque te esperara. Sino porque descubrí algo.

¿El qué?

Treinta años viviendo contigo. Sé cómo respiras dormido, qué desayunas, cuándo te preocupas y cuándo callas. Soy un árbol que echa raíces en tu tierra. Podría trasplantarme. Pero puede que no sobreviva. Paco es un jardín bonito, tú eres mi huerto de siempre: descuidado, sí. Pero mío.

Siento su mano. Me la toma con delicadeza.

Prometo cuidar del huerto. Sacaré todas las malas hierbas.

Siempre salen nuevas suspiro Es la vida.

Carmen Aquel día, en el café Paco te abrazó. Me moría de celos.

¿Celoso tú?

Como nunca. Comprendí que podía perderte. Para siempre.

Le miro largo. Apoyo la cabeza en su pecho. Noto su corazón: irregular, rápido.

Alfredo.

¿Sí?

Creo que sin ti tampoco yo.

Me abraza con fuerza.

Gracias.

¿Por qué?

Por darme otra oportunidad.

Nos quedamos en silencio, mirando el jardín del patio. Los gorriones no callan. Huele a mojado y a primavera. En algún piso, Clara busca nueva conquista. Paco circulará en su BMW, pensando que no todo puede comprarse.

Nosotros estamos quietos. Dos adultos a los que la vida casi separa, pero que deciden quedarse. Porque hay cosas más fuertes que el primer amor: el último. El que no se oxida. El que simplemente permanece.

Levanto la cabeza.

¿Nos tomamos una infusión de menta?

¿Con tu tarta favorita? Compré una de cereza.

¿Cómo sabías que volvería?

Lo sabía me besa en la sien Siempre lo supe.

Y nos vamos a la cocina. Afuera, Madrid mojado, la primavera, la vida corriente: enredos y reconciliaciones, alegrías y achaques. Pero juntos. Eso es felicidad, la de verdad. La que nunca asoma en Instagram, la que sólo se encuentra en casa. A veces lo olvidamos. Pero la memoria, como el amor, nunca se oxida. Solo espera su momento.

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MagistrUm
Hemos pasado 30 años juntos. Sé cómo respira al dormir y qué le gusta desayunar. Pero él lo cambió todo por “emociones de la universidad” y se fue con una mujer de Photoshop perfecto. Aquella noche no lloré: llené el congelador de hielo y redacté una lista. Una lista para recuperarle, para que sea él quien me suplique quedarse. El primer punto: conocer a su nueva conquista.