**Diario de Tamara**
Hoy mi hijo, Adrián, apareció en mi puerta con una maleta. Típico de él. Quería “descansar” de su mujer, Lucía. Como si el matrimonio fuera un campamento de verano donde uno puede marcharse cuando se cansa.
No te esconderé bajo mi falda, hijo mío. Así no es como funcionan las cosas le dije, cruzando los brazos.
No es esconderme, mamá. Solo necesito respirar protestó, frotándose la sien. Allí todo son gritos, lloros, disculpas y más gritos. ¡Hasta el sonido de su respiración me saca de quicio!
Pues respirarás en el más allá contesté, avanzando hacia él. Te casaste, así que aguanta. Esto no es una relación de novios, es una familia. ¿O creías que pasaríais la vida yendo de discoteca en discoteca y viendo películas?
Adrián bajó la mirada y encogió los hombros. Quería decir algo, pero las palabras no le salían. Dejó la maleta en el suelo, como si aún esperara colarse en mi piso, a pesar de todo.
¡No! corté en seco. Noche no. Cena no. Si no te vas tú, llamaré a la policía. En serio. Vaya pamplinas, ¿”cansado” él?
Siempre ha sido igual. Esa mirada perdida, culpable, pero con un destello de resentimiento.
Desde pequeño, Adrián ha sido un maestro del escapismo. Mientras su hermano mayor sudaba en el huerto, él se quejaba de dolores de barriga y fingía fiebre. Yo corría de médico en médico, hasta que descubrí que mi pequeño era un actor nato.
Una vez, cuando “enfermó” antes de un examen, lo saqué de la cama de un tirón. Lloriqueó, protestó, pero al final fue.
Si me muero en clase, será tu culpa refunfuñó. La señorita Carmen te echará la bronca por mandarme enfermo. ¡A ti, no a mí!
Me reí, aunque incluso entonces sabía que no tenía gracia. Podía pasarse horas construyendo castillos con piezas, pero recoger su plato era una tragedia. Los deberes solo los hacía después de gritos. Ante cualquier problema, me miraba con ojos de cachorro abandonado.
Por mucho que intenté cortar ese comportamiento, la costumbre de eludir responsabilidades nunca desapareció.
Lucía, su mujer, tiene carácter. Al principio era dulce, cariñosa, casi sumisa.
Hasta me llevaba café a la cama, mamá. Así es como quería que fuera mi esposa me contaba Adrián, orgulloso.
Pero a mí no me engañan esos trucos. Al principio, todos muestran su mejor versión. Además, Lucía solo tenía veintiún años. Poca experiencia, pero ganas de agradar por un tubo.
En una cena familiar, vi la verdad. Cuando Adrián le pidió un tenedor en vez de una cuchara, ella suspiró, molesta. Cuando él la llamó “caprichosa” como broma, sonrió, pero la ceja le tembló.
Y cuando mi sobrina criticó su ensalada, Lucía se levantó de golpe.
¡Uy, se me olvidó llamar a mi madre! dijo, y se refugió en la cocina.
No llamó a nadie. Allí dentro solo hubo silencio.
Ten cuidado con ella, hijo le susurré. ¿Estás seguro de que es lo que quieres? No es mala chica, pero…
No terminé la frase. Sabía que Adrián no entendía en qué se metía.
Mamá, estamos bien. Eres demasiado dura con ella. Es emotiva, pero no es para tanto se encogió de hombros.
No era para tanto… Para mí no era un problema. Incluso lo veía positivo. Lucía tenía carácter, sí, pero también era luchadora. Sabía lo que quería. Y no dejaba que Adrián se quedase de brazos cruzados.
La pregunta era: ¿estaba él preparado? La respuesta llegó pronto.
A los seis meses de casados, vinieron con una tarta y sonrisas de oreja a oreja.
¡Mamá, vas a ser abuela!
Casi me atraganto. La garganta se me cerró y las manos me sudaron al instante. Me ajusté las gafas y los miré fijamente. Brillaban como si hubieran ganado la lotería.
¿En serio? salté. Ni un año juntos y ya con hijos.
Adrián frunció el ceño, sorprendido por mi reacción. Lucía bajó la vista, enfurruñada. Era inútil discutir.
¿Y qué? Somos marido y mujer, tenemos una familia masculló él.
Resoplé. ¡Si ellos mismos eran unos niños! ¿Para qué querían otro? No tenían ni idea de lo que era caer rendido de cansancio bajo la ducha. Pero no dije nada. Si ya estaba hecho, qué remedio.
“Al fin y al cabo, no depende de mí”, pensé. Pero me equivoqué. El volante terminó en mis manos.
¿Cómo? Poco a poco. Al principio, Adrián venía a comer. Decía que me echaba de menos, que ahora valoraba mi compañía. Luego se le escapó la verdad.
Es que a Lucía todo le repugna. La carne, el pescado, incluso los huevos. Solo come ensaladas. Y yo no soy un monstruo, quiero comida de verdad confesó.
Empezó a venir también a cenar.
No me quejé. Pensé que así ayudaba a los dos. Menos trabajo para Lucía, y un hombre bien comido es un hombre feliz.
Pero Adrián fue a más.
Me ha vuelto loco esta mañana se quejaba. Se le rompió una uña y tiene una fiesta. No paraba de preguntarme si ir así era una vergüenza. ¿Y yo qué sé? A mí me da igual.
Escuchaba, asentía y suspiraba. Se quejaba del trabajo, de que Lucía lo despertaba por la noche para hablar, de que no dormía. De cómo recorrió media ciudad buscando un fruto exótico porque a ella se le antojó.
Hasta que empecé a enfadarme. No con Lucía. Con él. Yo recordaba bien el embarazo, lo importante que es el apoyo. Pero Adrián se distanciaba cada vez más. Pasaba las tardes en mi casa: series, videojuegos, o simplemente “en silencio” en el sofá.
Ayer fue el colmo. Montó un drama porque compré el yogur equivocado. Quería fresa, no melocotón. Dijo que nunca la escucho se lamentó.
¿Y no será verdad? arqué una ceja.
Él me ignoró. Una semana después, llegó con una maleta.
Se ha ido a casa de su madre. Necesitamos un descanso, o esto se rompe.
Lo miré con desaprobación. Esa noticia no me gustó nada.
Se romperá si sigues huyendo. Date la vuelta y vuelve con ella. Ahora lo pasa mal. Necesita apoyo, aunque se queje. ¿Eres su marido o qué? ¡Tienes que estar allí!
Y entonces empezó el drama. Que Lucía lo agobiaba con sus miedos, que estaba harto de ir a ecografías, que ya pensaba en divorciarse…
Lo vi claro. Adrián esperaba que yo lo consolara, que lo dejara quedarse. Pero no. Nunca apoyaré su irresponsabilidad.
¿Qué esperabas? ¿Que todo serían flores y mimos? ¡Lleva una personita dentro! No es fácil. Cuando estaba embarazada de ti, yo también lloraba por todo. Tu padre nunca se fue, aunque a veces quisiera. Porque me quería. Porque sabía que tenía miedo.
Mamá, es que ella…
¡Lo entiendo perfectamente! Elegiste a una mujer. Quisiste un hijo. Pues ahora, sé un hombre.
Solo hasta que nazca…
Primero hasta





