Espérame un momento

**Espérame**

Me apoyé contra la pared áspera y fría, cerré los ojos. Parecía que no me movería de ahí. Pero al cabo de unos minutos, me obligué a separarme y caminar hasta la sala de guardia.

Horas más tarde, salí por las puertas del complejo hospitalario. Dos tazas de café fuerte habían ahuyentado el cansancio. Justo frente a la entrada había una pequeña arboleda que desembocaba en una calle transitada. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas, dibujando patrones temblorosos en el asfalto. Nunca recordaba haber paseado por allí; siempre llegaba al hospital en coche. Pero ahora, de pronto, tenía ganas de caminar bajo esa luz danzante, entrecerrando los ojos. Al fin y al cabo, en casa no me esperaba nadie.

Antonio avanzaba despacio, disfrutando del sol, del verano que ya había pasado su ecuador y de las vacaciones que se acercaban. Hoy había ganado, le había arrebatado a la parca la vida de su paciente.

En uno de los bancos, una chica joven, vestida de claro, estaba inclinada sobre un libro. Un mechón de pelo castaño rojizo le tapaba el rostro. De repente, sintió un deseo irreprimible de verle la cara. Se acercó y se detuvo frente a ella.

La chica pasó una página y siguió leyendo, ajena a su presencia.

—¿Es interesante? —preguntó Antonio.

Ella siguió leyendo un momento más, luego cerró el libro, marcando la página con el dedo para que él viera la portada.

**”Querido ser humano”**, leyó al revés.

La chica alzó la mirada. Su rostro estaba salpicado de pecas, pero lejos de deslucirla, le daban un aire vivaz y encantador. Ojos negros expresivos, labios carnosos. Fresca, dulce. *”Como el oro”*, pensó él, viendo cómo el sol prendía fuego a su cabello.

—¿Te interesa la medicina o es el autor lo que te gusta? —preguntó.

—He presentado la solicitud para medicina.

—Entonces casi somos colegas. —Sonrió con aprobación y se sentó a su lado.

—¿Tú eres médico? —sus ojos negros brillaron.

—Cirujano.

—¿Tú? —repitió ella, incrédula.

—¿Qué te sorprende? ¿Que no lo parezco? ¿O es que en tu mente los cirujanos son todos canosos y callados?

Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—¿Y de qué tipo?

—Me alegra que conozcas los matices de la profesión. Ojalá pudiera decir que soy cirujano plástico. Suena más glamuroso. Pero no, soy un cirujano común. Alguien tiene que quitar apéndices y cálculos biliares.

Ella rió. Su risa era melodiosa, agradable.

Por alguna razón, quiso impresionarla, mostrarse como un cirujano experimentado. Y empezó a contarle que su profesión no era tan romántica como en los libros. La responsabilidad era enorme: en sus manos estaba la vida de alguien, y el quirófano era como un campo de batalla, con su táctica y estrategia. Mencionó el caso de ese día, adornando su relato con reflexiones sobre la familia del paciente, que había esperado angustiada el resultado.

Al principio, ella lo miró con recelo, pero luego con abierta admiración. Bajo su mirada, se sintió casi un héroe, un juez del destino de sus pacientes. Sabía que estaba exagerando, pero no podía evitarlo. Quería gustarle a esa chica dulce.

—¿Salvaste una vida y lo dices así, tan fácil? —preguntó seria.

—Pasa todos los días. Cada operación es un riesgo. Lo más simple puede acabar en tragedia. —Y tú, ¿qué tipo de médico quieres ser?

—Aún no lo sé. Primero tengo que entrar. —Miró su reloj y se levantó de un salto—. ¡Vaya, llego tarde!

—Mi coche está cerca. —Él también se levantó—. Ven, te llevo.

De camino, ella le contó que vivía con su tía Antonia, hermana de su madre, y que tenían un perro viejo, un cocker llamado Vermú. Lo había bautizado así el marido de su tía, antes de morir. Su tía sufría de las piernas, así que ella, Lucía, era quien lo sacaba a pasear. Vermú ya no podía aguantar mucho, y si no lo sacaban a tiempo, había que limpiar después.

—¿Es mala tu tía? —preguntó Antonio.

—¿Antonia? No, qué va. Es buena. Me acogió aunque tenga problemas de movilidad y presión.

—¿De dónde viniste a estudiar aquí?

—Siempre he vivido aquí. Cuando estaba en quinto, mi madre murió. Le dolía el vientre, pero no fue al médico. Llegué del colegio y la encontré desmayada. Llamé a una ambulancia. Había reventado el apéndice y tenía peritonitis. Mi padre cayó en el alcohol después. Atropellado por un autobús. No sé si fue accidente o… bueno. Por eso vivo con Antonia.

Al llegar, Lucía bajó del coche y corrió hacia el portal. En la puerta, se volvió. Él le hizo un gesto de despedida, y en un instante, desapareció tras la puerta.

Solo en el coche, dejó de sentirse un héroe. Volvió a ser un cirujano cansado y solo. La compadecía. Buena chica, con carácter, decidida. Tan joven y ya con tanto sufrimiento a cuestas.

Un mes después, de vuelta de sus vacaciones, Antonio caminaba por el pasillo del hospital. Una auxiliar joven fregaba el suelo. Un mechón castaño se escapaba de su cofia. Algo le resultó familiar. ¿Una paciente? ¿La hija de alguien?

Ella levantó la cabeza.

—¿Usted? Hola. —Sus ojos negros brillaron de alegría. Él la recordaba, aunque el nombre se le escapaba.

—Hola. ¿No ibas a estudiar, no a trabajar? —preguntó, usando el “tú” sin pensar—. ¿O tienes a algún familiar aquí?

—Entré. Quería ganar algo antes de empezar.

—Bien hecho. La medicina hay que conocerla desde dentro. A lo mejor te echas atrás. ¿Qué vas a estudiar? ¿No serás cirujana?

—Ya veremos. —Se encogió de hombros, y él recordó su nombre: Lucía.

—Me alegro de verte. —Siguió caminando, seguro de que ella lo seguía con la mirada. Su paso se volvió más ligero, casi arrogante.

Cada vez que recorría el pasillo, esperaba verla. Y cuando lo hacía, siempre se detenía a decirle algo trivial.

Una vez la encontró cerca de la sala de guardia. Supo que lo esperaba.

—Hoy es mi último día. En unos días empiezan las clases —dijo, ruborizándose, las pecas oscureciéndose.

—¿Así que no te echaste atrás? Vamos a celebrarlo. Queda conmigo. ¿Sí? Espérame, ¿vale?

Ella asintió, sonrojándose aún más.

Dos horas después, cuando Antonio bajó al vestíbulo, Lucía lo esperaba. Se levantó de la silla al verlo, colorada otra vez. Salieron juntos. Ya no era una auxiliar, sino una futura médica.

Cenaron en un bar y luego pasearon por el río.

—¿No tienes prisa? ¿Y tu tía? —preguntó él.

—Se fue a ver a una amiga a León. Vermú murió hace una semana. Era muy viejo. Antonia no soportaba el vacío. Seguía oyéndolo ladrar.

—Entonces vamos a mi casa. Mis pies me piden descanso. ¿Has probado el vino rioja? No, ¿ver—No, pero quiero probarlo —dijo Lucía con una sonrisa tímida, mientras el corazón de Antonio latía con fuerza, sabiendo que esta noche cambiaría todo para siempre.

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