**El Espejismo**
Durante la cena, el padre no dejaba de lanzar miradas de desaprobación hacia su hijo. Antonio intuía que su madre le había contado que, al terminar el bachillerato, quería estudiar en la Universidad Complutense de Madrid.
El padre apartó bruscamente el plato vacío y clavó los ojos en él. “Aquí viene lo peor”, pensó Antonio. Deseó hundirse en el suelo o volverse invisible. Bajo la mirada furiosa de su padre, los espaguetis se le atragantaban, incapaz de tragarlos o escupirlos.
Su madre lo salvó. Distrajo al padre, colocó una taza de té frente a él y acercó el plato de galletas y dulces.
—Gracias, mamá, ya estoy lleno. Tomaré el té más tarde —dijo Antonio, levantándose de la mesa.
—¡Siéntate! —le espetó el padre.
Antonio sabía que era mejor no discutir, así que obedeció.
—Tengo que hacer los deberes… —empezó a decir.
—Ya tendrás tiempo. Tu madre me ha dicho que quieres irte a Madrid. ¿Acaso te falta algo aquí? Te hemos criado, pensando que en nuestra vejez tendríamos tu ayuda, y ahora decides huir.
—No huyo… —murmuró.
—No me vengas con cuentos. ¿Qué tiene Madrid que no tengamos aquí?
—Hay más oportunidades para hacer carrera. Quiero ser arquitecto, aquí no hay esa especialidad —Antonio alzó también la voz.
—Paco, déjalo ir, los profesores lo elogian —intervino la madre, colocando una mano tranquilizadora en el hombro del padre.
—No tenemos dinero para pagarte los estudios. Allá todo es caro, aquí es gratis. ¿No lo entiendes? —el padre se encendía.
—Entraré con una beca —respondió terco—. Me iré igual.
—Paco, cálmate, no se va mañana, todavía faltan los exámenes. Ve, hijo, haz tus tareas —la madre señaló la puerta con la mirada. Antonio no necesitó que se lo repitieran y salió de la cocina al instante.
—¡Basta de consentirlo! Lo hemos criado para nuestra desgracia. ¿Quién nos dará un vaso de agua en la vejez?
Antonio se detuvo junto a la puerta de su habitación, escuchando con la mano en el pomo.
—Tranquilo. Es pronto para hablar de vejez. Madrid está cerca, solo dos horas y media en tren, vendrá a visitarnos…
El padre refunfuñó algo incomprensible.
—Tómate el té, que se enfría. ¿Quieres azúcar? —preguntó la madre.
—¿Qué crees, que soy un niño? Yo solito… —replicó irritado.
Parecía que la tormenta había pasado. Antonio se encerró en su cuarto. El corazón le cantaba en el pecho. Finales de marzo, aún le quedaban dos meses de clase, los exámenes… pero nada de eso importaba. Lo importante era que se iría a Madrid, le esperaba una vida interesante, cientos de oportunidades. ¡Él lo conseguiría todo!
Tras la graduación, Antonio y su madre viajaron a la capital para entregar los documentos. La prima de su madre, una mujer solitaria y de carácter áspero, los recibió con frialdad. Se quejó de cuánta gente llegaba a Madrid, como si la ciudad fuera de goma…
—Bueno, que se quede. Me hará compañía. Pero tengo la presión alta, duermo mal. Nada de llegar tarde ni traer gente. Prepararé el desayuno y cenaremos juntos, pero al mediodía que se busque la vida —explicó las reglas la prima.
La madre asentía en silencio.
—¿Cuánto quieres por alojarlo? —preguntó con cautela, esperando que su prima se ofendiera o se negara. ¿Cómo cobrarle a un familiar? Pero no tuvo suerte.
—Ya sabes, esto es Madrid, no vuestro pueblo… —la prima torció los labios con desdén—. La vida aquí es cara. Así que, no te ofendas… —y mencionó una suma que, para ellos, era una fortuna.
La madre se quedó boquiabierta, miró a su hijo.
—Mamá, mejor me quedo en una residencia…
—No digas tonterías, hijo. ¿Cómo vas a estudiar así? Tu padre y yo te mandaremos dinero, no te preocupes. Lo importante es que estudies.
—Vaya, cómo habla. Hace poco que vive en Madrid y ya se da importancia. No le digas nada a tu padre del dinero. Yo me ocuparé —susurró la madre en el tren de vuelta.
Antonio fue admitido. Llegó a Madrid unos días antes, para explorar la ciudad. Tendría que hacer trasbordos desde las afueras hasta la universidad, largo e incómodo. ¡Pero era Madrid!
Salía temprano y paseaba hasta el anochecer. En la Plaza de España, el corazón le dio un vuelco ante la belleza de la ciudad. Un grupo de turistas se detuvo cerca, y una guía joven y agradable comenzó a explicar.
Antonio se acercó para escuchar mejor. Ella lo notó, pero no dijo nada. Cuando el grupo se marchó, ella se quedó mirando su teléfono.
—Cuentas muy bien las cosas —dijo él.
Ella sonrió y le preguntó de dónde era.
—¿Se nota tanto? —se apenó.
—Los recién llegados tienen esa mirada, entre perdida y maravillada.
Antonio le contó que venía a estudiar, aunque vivía en las afueras, lejos del centro. Sentía como si aún estuviera en su pueblo. Hablaron sin darse cuenta de que ya habían dejado atrás la plaza.
—Vivo por aquí —dijo de pronto su acompañante—. ¿Cansado? Ven, te invito a un té. Tengo un rato. Luego debo recoger a mi hija del colegio —se rio al ver su expresión.
Se llamaba Clara. Era casi el doble de mayor que él. Le dio sopa y té. Antonio se sintió cómodo, no quería irse.
—¿Puedo volver? —preguntó al despedirse.
Clara lo miró con atención, sin burla ni condescendencia.
—Claro —respondió simplemente.
Antonio aguantó un día, y al tercero regresó. Dudó antes de tocar el timbre. De pronto, la vio a ella con Lucía, su hija. Intentó justificarse, pero Clara lo entendió al instante. Mientras Antonio jugaba con la niña, ella preparó la cena. Cenaron juntos. Lucía no quería que se fuera, protestó, le pidió que la acostara y le leyera un cuento.
Y luego… ya era tarde para volver a casa de su prima.
—Quédate —dijo Clara.
Se quedó. A sus padres les dijo que vivía en un piso compartido con un compañero, pagado por su padre. Así no tendrían que mandarle más dinero. Pero su madre seguía enviándole algo a escondidas.
En vacaciones iba a su pueblo, pero contaba los días para volver a Madrid. Su ciudad natal ahora le parecía pequeña y aburrida.
Antonio recogía a Lucía del colegio, jugaba con ella. Los fines de semana paseaban, iban al cine. Le daba vergüenza vivir a costa de Clara, así que, tras el primer año, se pasó a nocturno y empezó a trabajar. Lo que iba a ser una noche, se convirtió en años.
Al final del tercer curso, conoció a Marta, una chica guapa y vivaracha. Poco a poco, empezó a llegar tarde, decía que tenía mucho trabajo y evitaba la mirada de Clara. Ella asentía triste y le calentaba la cena. Por las noches, él se daba la vuelta, fingiendo cansancio, pero soñaba con Marta.
—¿Tienes a alguien? —preguntó Clara un día—. No soy tu mujer, eres libre.
Antonio admitió que se había enamorado, que no sabía cómo decAños después, mientras sostenía en brazos a su nieto bajo el mismo cielo que una vez compartió con Clara, Antonio entendió que el amor verdadero no siempre llega con pasión desenfrenada, sino con la calidez serena de quien espera en silencio.





