Era hora de corregir el error
Vera no quería contarle nada a su madre sobre lo que había pasado en el lago. Al llegar a casa, intentó deslizarse sigilosamente a su habitación, pero su madre oyó el sonido de sus pasos en el recibidor y salió de la cocina.
—¿Qué ha pasado? Estás pálida —su madre se llevó las manos al pecho, mirándola con preocupación.
—No es nada. Solo me bañé demasiado —Vera pasó junto a ella y cerró la puerta de su cuarto.
Al día siguiente, llegó Antón para preguntar cómo se sentía Vera.
—¿Y por qué iba a sentirse mal? —su madre se mostró sorprendida.
—Bueno, casi se ahoga ayer en el lago —respondió Antón sin sospechar nada.
—No exageres, solo tragué algo de agua —Vera le lanzó una mirada elocuente.
—Yo… solo vine a invitarte al cine —Antón entendió al instante y trató de corregir su error.
—Claro que irás, Vera. No te quedes en casa, hace buen día —dijo su madre, sonriéndole con algo de adulación.
El caso era que Antón era hijo de un hombre conocido y bastante adinerado. Su interés despertó en la madre la esperanza de un futuro próspero para su hija.
Desde entonces, Antón empezó a visitar a Vera con frecuencia, invitándola a nadar, a pasear en moto, a cafés… No es que ella estuviera loca por él, pero le halagaba que, entre todas las chicas, la eligiera a ella. Cualquiera hubiera dado lo que fuera por ir al cine o a bailar con él.
Esa noche, su madre la reprendió:
—Un chico como él te corteja y tú lo desprecias. De familia acomodada. No pasarás necesidades. Y cómo te mira… Es confiable, no te abandonó en un momento difícil. Puedo confiarle lo más valioso que tengo: mi única hija. Si te lo pide, no seas ingrata.
—Mamá, no lo quiero —intentó protestar Vera.
—No me creo que un chico tan guapo no te guste. Yo me casé por amor apasionado, y ¿dónde está ahora?
Cuando Antón le propuso matrimonio, Vera aceptó. Las palabras de su madre habían calado. En medio de los preparativos de la boda, a veces le parecía estar representando una obra de teatro, como si nada fuera real y pronto terminaría. Su madre, en cambio, estaba en el séptimo cielo.
Vera supo desde el principio que ni la madre de Antón ni su hermana mayor la aceptaban. Se sorprendía de que le hubieran permitido casarse con él. Probablemente, Antón era el ojito derecho de su madre, su hijo menor consentido, y no quiso oponerse para no perderlo.
No vivían en la gran mansión familiar, sino en un piso heredado de su abuelo, lo cual alegraba a Vera. Le temía a su suegra.
Todo habría ido bien si no fuera porque los años pasaban y Vera no podía quedarse embarazada. Su suegra la culpaba de todo, le recomendó los mejores médicos, y estos le dieron un diagnóstico desalentador. Vera se sentía culpable y hundida.
Antón no la culpaba abiertamente, pero ella veía su sufrimiento. Empezó a distanciarse, pasando más tiempo en la empresa de su padre, que este le dejó a él y a su hermana. Su padre había muerto hacía tres años de un infarto. Iba a visitar a su madre sin Vera, lo cual a ella le convenía. Solo podía imaginar lo que su suegra diría de ella.
Sospechaba que Antón tenía otras mujeres, pero mientras no hubiera pruebas… Él siempre fue cuidadoso, protegiendo el nombre de la familia de los rumores.
Vera intentó volver a casa de su madre, pero esta calificó sus sospechas de tonterías. “Seguro no sabe nada, solo imagina. Antón es guapo, atrae a las mujeres. Un coqueteo inocente no es infidelidad. Cuando tengan un hijo, todo mejorará”. Y así, la mandó de vuelta con su marido.
Así pasaron cinco años, fingiendo ser una pareja feliz.
Cuando el aguante de Vera se agotó y estaba a punto de hablar de divorcio, la madre de Antón murió. Resulta que llevaba tiempo enferma, pero nadie consideró necesario avisarle.
Antón estuvo días ocupado con los preparativos del funeral, volviendo a casa solo para dormir.
***
Vera se despertó, pero permaneció un rato en la cama, escuchando el agua correr en el baño. Sin darse cuenta, volvió a dormirse.
—¿Por qué no te levantas? —Antón entró en el dormitorio, dejando a su paso un aroma a gel de ducha y loción de afeitar.
—Quizá no vaya. Tu madre nunca me quiso. Me consideraba indigna de ti. Y creo que tenía razón —dijo Vera, abriendo los ojos para mirarlo.
—¿Razón en qué? —Antón dejó la bata en la cama y abrió el armario en busca de ropa.
El cuerpo desnudo de Antón ya no la impresionaba. Su encanto había perdido efecto.
—En que no soy de tu clase. Antón, lo entiendo, pero nadie notará mi ausencia —Vera se sentó en la cama.
—Toda la familia estará allí. Y tú eres parte de ella. No quiero oír excusas. Levántate y vístete, o llegaremos tarde —Antón se vistió sin mirarla.
—Nunca seré parte de tu familia. Y lo sabes. ¿Acaso se puede llegar tarde a un cementerio? —suspiró, pero se levantó.
Al salir del baño, el olor a café recién hecho la envolvió.
—Bebe y arréglate rápido —Antón le acercó la taza humeante y miró ostentosamente su reloj de pulsera.
En el coche, Antón puso música clásica, que encajaba con el ánimo fúnebre de Vera. No tenían ganas de hablar. Se reclinó en el asiento, fingiendo dormir. Cuando llegaron a la gran casa, ya había varios coches aparcados.
“Solo hay que aguantar este día”, pensó. Su suegra había muerto, lo que significaba un enemigo menos.
—Ve tú, yo me arreglaré un poco —dijo Vera, sacando un espejito de su bolso.
—No tardes y no olvides cerrar el coche —Antón salió sin esperar respuesta.
Vera sabía que sería el centro de atención por un instante, luego la ignorarían. Pero mejor prepararse. Se retocó el maquillaje y sacó un pañuelo por decoro. No tenía intención de llorar.
Al salir del coche, vio a una anciana que vivía al final de la calle. Se sorprendió de que aún viviera. Hace quince años, su marido e hijo murieron en un accidente, y desde entonces la consideraban algo excéntrica, casi loca.
—Buenos días —saludó Vera cuando la anciana pasó junto a ella.
La mujer se detuvo, estudiando su rostro.
—Soy Vera, la esposa de Antón… —empezó a explicar.
—No estoy ciega, ni me falta mente. ¿Viniste al funeral? —la anciana asintió hacia la casa.
—Sí —Vera también miró hacia allá.
Le pareció que una cortina se movió en una ventana. Estaban siendo observados, no debía demorarse más. Cerró la puerta del coche y se apresuró hacia la casa.
—No es el hombre adecuado para ti, muchacha. Te engañaste. Es hora de corregir el error. Cuando lo hagas, tendrás hijos —oyó Vera la voz detrás de ella y se quedó clavada en el sitio.
—¿Qué error? ¿De qué me engañé? No la entiendo —llamó Vera a la anciana, que ya se alejaba.
Pero la mujer ni siquiera se volvió. ConfCon el corazón ligero y una sonrisa auténtica, Vera subió al coche de Dima, decidida a comenzar una nueva vida donde la verdad y la libertad, por fin, serían su única guía.





