Entre nosotros, un abismo…

**Entre Nosotros, un Abismo…**

Tras su divorcio, Marina no podía reponerse. Sabía que su marido la engañaba, pero la verdad aún le dolía como un puñal. Toda una vida juntos, sueños y proyectos… y ahora, nada. Alejandro simplemente se marchó de casa, borrándose de su existencia.

El verano agonizaba, pero Marina no veía el sol, ni el bullicio de Madrid, ni los arcoíris tras la lluvia. Una noche, sudando entre las sábanas, incapaz de dormir, tuvo una epifanía: «Él es feliz, y yo… estoy muriéndome en vida».

“Todo aquí me recuerda a él. A lo que ya no somos. Necesito irme, aunque sea temporalmente. Pero no a la costa, ni al extranjero, con su gentío y estrés. Necesito silencio… el pueblo. ¡La casa de la abuela! Todos venimos de algún pueblo, ¿no? Es nuestro lugar de poder. ¿Cómo no se me ocurrió antes?” Se incorporó de golpe, la camiseta pegada a la espalda.

La abuela había muerto hacía tres años. Alejandro la convenció de irse a Italia cuando ella estaba enferma. “No pasará nada en diez días”, decía. La noticia les llegó en Nápoles. Alejandro se limitó a decir: “No podemos hacer nada ya. Cambiar los billetes es un lío. Iremos a la tumba cuando volvamos…”. Y Marina, como siempre, cedió.

Su madre tenía la llave de la casa del pueblo. Cada verano de su infancia, Marina pasaba allí las vacaciones. Pero desde que empezó la universidad, nunca más volvió. Ni siquiera a visitar la tumba de la abuela, razón que ya ni recordaba.

Las palmas le picaban de impaciencia. Agarró el móvil para llamar a su madre, pero al ver la hora—madrugada—desistió. Nada. Ahora tenía un plan. Se durmió imaginando cómo empacaría al día siguiente.

Por la mañana, llamó a su madre:

—¿Las llaves de la casa del pueblo? ¡Por fin piensas en algo que no sea Alejandro! —su madre, como siempre, mezclaba apoyo con reproche.

—Mamá, basta. Las palabras no ayudan. ¿Dónde están?

—En el cajón de la entrada. Ven a buscarlas, que hace siglos que no te veo. La casa está bien. En mayo vi a tía Carmela, ¿te conté? No, claro, estabas en tu mundo… Bueno, su nieta se casó. El yerno quiere comprar la casa. ¿Vamos juntas?

—No. Voy sola.

En la agencia donde trabajaba, su jefa—también divorciada—la escuchó: “Intenté llenar el vacío con trabajo. No funcionó. Necesito irme”. Con reticencia, le dio el permiso.

Esa noche, recogió las llaves y empacó lo justo. “Quizá no aguante ni un día”, pensó.

Pero durmió como un tronco. Al amanecer, tomó un café rápido, revisó luces y grifos, y salió. Madrid aún dormía.

La carretera al pueblo—Sierra de Guadarrama—le resultaba familiar. La casa seguía en pie, el patio sin maleza. Al bajar del coche, la envolvió un silencio solo roto por grillos, pájaros y el ladrido lejano de un perro.

Dentro, olía a humedad y polvo. Prohibió arrepentirse: sacó agua del pozo, limpió suelos (aunque no hubiera suciedad) y encendió la chimenea tras varios intentos. Triunfo absoluto.

Los vecinos miraban el coche con curiosidad, pero nadie entró—las visitas sin invitación no se estilan.

El calor de la chimenea se volvió sofocante. Marina tendió la ropa cerca del fuego, evitando miradas indiscretas, y se dirigió al río tras el pueblo. Descalza, pisó la hierba reseca. El agua parecía negra y densa.

Se adentró, se quitó el vestido y se zambulló.

—¿Y esta sirena quién es? —una voz masculina la sobresaltó.

Detrás de ella estaba Javier. Maduro, más fuerte, pero inconfundible: su primer amor. Con una caña y peces ensartados en una rama.

El corazón de Marina se aceleró. Los recuerdos la inundaron.

Él fue la razón por la que dejó de visitar el pueblo. Quiso quedarse a vivir allí por él, pero su madre se opuso. “El amor de verano no es para siempre”.

Ella lo invitó a Madrid. Él prometió ir, pero nunca llegó. Luego supo que se había casado. En la universidad, conoció a Alejandro… casi por venganza.

—¿Viniste sola? ¿Sin marido? —preguntó Javier, escrutándola.

—Sola. ¿Cómo sabes del marido?

—Os vi juntos. Una vez.

Marina recordó: salían para una boda. Vio un rostro familiar que desapareció. Pensó que era su imaginación.

—Vine a explicarte lo de Nuria —continuó él—. No fue planificado. Una noche, y ella dijo que estaba embarazada. Me casé. El niño, Pablo, ya tiene ocho años. Luego vino Lucía…

Marina sonrió irónica.

—Sé lo que piensas. Pero con Nuria… nunca funcionó. Ella es del pueblo, yo también. Tú eras de ciudad. Entre nosotros, un abismo.

Con el vestido pegado al cuerpo, sintió su mirada. Caminaron juntos hacia las casas, pero se separaron antes de ser vistos.

—Mañana voy por setas. ¿Te animas?

Marina dijo que lo pensaría.

En casa, el calor era insoportable, pero al menos olía a hogar. Esa noche, los ruidos—ratones, vigas crujiendo—la mantuvieron despierta. Al amanecer, fue al bosque.

Se perdió. Gritó. Entre los árboles apareció Javier.

—¿Te asustaron los jabalíes? —bromeó, llenando su cesta vacía con sus setas—. Nuria ya no aguanta limpiarlas.

De vuelta, evitaban miradas. Marina notaba su mirada y, por primera vez en días, no pensó en Alejandro.

Pero el pueblo todo lo ve. Nuria irrumpió en la casa, ojos llenos de odio:

—¿Qué haces aquí? ¿En Madrid no hay hombres? ¡Aléjate de Javier!

Marina, por primera vez, no se dejó intimidar.

—¿O qué?

Nuria huyó cuando el agua de las setas hirvió. Luego llegó tía Carmela:

—Tu madre quiere vender la casa. Yo la compro. ¿Vienes a descansar? Bien hecho. Pero vete, Nuria es una fiera.

Tres días después, Marina despertó con humo. La casa ardía.

Javier la salvó, sacándola entre las llamas. Entre la multitud, vio a Nuria, sonriendo.

—Fue ella —dijo tía Carmela—. Pero aquí, sin pruebas, es tu palabra contra la suya. Vete.

Marina partió al amanecer. Javier la esperaba en la carretera.

—No puedo irme contigo —dijo él—. Los niños… Nuria amenaza con matarlos si la dejo.

Ella condujo en silencio.

—Nos vemos en otro pueblo —musitó.

Tres años después, su jefa le encargó un proyecto: decorar una casa rural.

Al llegar, reconoció a Javier. Flaco, cansado, pero con la misma mirada.

—¿Es tu casa?

—Sí. Me separé. Trabajé como loco. Esta habitación es para un niño. No sé si será niño o niña.

—¿Te casaste? —su voz tembló.

—No. Pero espero hacerlo. ¿Te casarías conmigo?

Marina se quedó inmóvil.

—Tres años aquí. Tengo manos, cabeza… Sé que necesitas tiempo. Pero si es un no, dime.

—No. —sonrió—.Y mientras el sol se filtraba por las ventanas de esa habitación vacía, Marina supo que, después de tanto abismo, por fin habían encontrado su puente.

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MagistrUm
Entre nosotros, un abismo…