Entre nosotros hay un abismo…

Entre nosotros había un abismo…

Carmen, tras su divorcio, tardó en recuperarse. Sabía que su marido la engañaba, pero nada la preparó para la verdad. Tenían una familia, una vida ordenada con sueños y planes… Todo se esfumó. Javier se marchó de casa, desapareció de su vida.

El verano agonizaba, pero Carmen no veía nada a su alrededor: ni el sol, ni el bullicio de Madrid, ni el arcoíris tras la tormenta. Una noche, sofocada por el calor, incapaz de dormir, tuvo una revelación: mientras Javier era feliz, ella no vivía, solo se consumía.

«Aquí todo me recuerda a él, a lo que fuimos. Y ya no somos nada. Necesito irme, aunque sea un tiempo. Pero no al sur, ni al extranjero, donde todo es caos. Necesito silencio… el pueblo. ¡La casa de la abuela! Al fin y al cabo, todos venimos de allí. Es nuestro lugar. ¿Cómo no se me ocurrió antes?». Se incorporó en la cama, la camisola pegada a su espalda.

La abuela había muerto tres años atrás, tras una larga enfermedad. Javier la convenció para ir a Italia. «En diez días no pasará nada», decía. La noticia de su muerte los sorprendió en Roma. «Ya no podemos hacer nada. Cambiar los billetes es complicado. Iremos a visitar su tumba cuando volvamos…». Y Carmen, como siempre, cedió.

Su madre quería vender la casa del pueblo, pero nunca se decidió.

Carmen pasó allí todos los veranos de su infancia. Al entrar en la universidad, dejó de ir. Ni siquiera visitó la tumba de la abuela, aunque ya no recordaba por qué.

La impaciencia le hormigueaba en las palmas. Tomó el móvil para llamar a su madre y preguntar por las llaves, pero al ver la hora, lo dejó ir. Ya sabía qué hacer, cómo salir de aquel pozo de dolor. Imaginó haciendo las maletas, la bienvenida de la casa… y se durmió.

Por la mañana llamó a su madre.

—Por fin piensas en algo más que en Javier. El mundo no gira alrededor de él… —comenzó su sermón habitual.

—Mamá, por favor. Las palabras no ayudan. ¿Dónde están las llaves?

—En el cajón de la entrada. Ven, que hace siglos que no te veo. La casa está bien. En mayo vi a tía Loli, ¿te lo conté? Preguntó si la venderíamos. Su yerno está interesado… ¿Vamos juntas?

—No. Iré sola. Esta tarde paso por las llaves.

En el trabajo, Carmen explicó a su jefa, también divorciada, que necesitaba irse. «Intenté llenar el vacío trabajando, pero no funcionó». La jefa, reticente, accedió.

Por la noche recogió las llaves y preparó lo imprescindible. Por si acaso.

Durmió profundamente. Al amanecer, tomó un café rápido, revisó la casa y salió.

Madrid aún dormía. Al llegar al pueblo, la casa seguía en pie, el patio limpio. Carmen salió del coche y se sumergió en el silencio. Grillos, pájaros, el gallo despertando a los vecinos… Comparado con la ciudad, era un silencio musical.

Dentro, el aire era húmedo y oscuro. Carmen se puso a trabajar: trajo agua del pozo, limpió, encendió la chimenea. Cuando las llamas rugieron, se sintió victoriosa.

Los vecinos miraban con curiosidad, pero nadie entró sin invitación.

El calor se volvió asfixiante. Carmen tendió la ropa cerca del fuego y fue al río. Al quitarse el vestido y zambullirse, el agua estaba tibia.

—¿Quién nada ahí? ¿Un gran pez? —dijo una voz masculina.

Carmen se giró. Era Álvaro. Maduro, musculoso, pero inconfundible. Su primer amor. En una mano, una caña; en la otra, peces ensartados.

El corazón le saltó en el pecho. Los recuerdos la abrumaron.

Por eso no había vuelto. Por él. Una vez quiso quedarse en el pueblo, pero su madre no la dejó.

Carmen lo invitó a Madrid. Él prometió ir, pero nunca lo hizo. Luego supo que se había casado. Después, en la universidad, conoció a Javier… casi por venganza.

—¿Vienes sola? ¿Sin tu marido? —preguntó Álvaro.

—Sola. ¿Cómo sabes de él?

—Os vi juntos. Vine a explicarme… Sobre Lidia. No fue planeado. Una noche, y luego dijo que estaba embarazada. Me casé. Samuel ya va al colegio, después nació Lucía…

Carmen torció el gesto.

—Lidia y yo… Nunca funcionó. Ella es del pueblo, como yo. Tú eres de ciudad. Entre nosotros hay un abismo.

Carmen, en bañador, notó su mirada. Se puso el vestido, que se pegó a su piel.

—¿Tienes frío? —preguntó él.

Volvieron al pueblo, pero se separaron antes de llegar.

—Has hecho bien en venir. Aquí hay paz. ¿Vamos mañana por setas?

Carmen dijo que lo pensaría.

En casa, el calor era insostenible. Abrió la puerta para ventilar. Esa noche, los ruidos del tejado la mantuvieron en vela. Al amanecer, fue al bosque.

De pronto, oyó crujidos. Algo grande avanzaba entre los árboles. Corrió, perdiéndose.

—¡Ayuda! —gritó.

Álvaro apareció entre la maleza.

—¿Perdida? Es peligroso ir sola —la regañó.

—Había algo…

—Jabalíes. —Miró su cesta—. Poca cosa… —y le llenó la suya con sus setas—. Lidia ya está harta de limpiarlas.

De vuelta, Carmen notaba sus miradas. Ni una vez había pensado en Javier.

—Sigue recto y llegarás —indicó Álvaro—. No conviene que nos vean juntos.

Al día siguiente, mientras cocinaba setas, Lidia irrumpió en la casa.

—¿Qué haces aquí? ¿En Madrid no hay hombres? —escupió—. Aléjate de Álvaro, o…

—¿O qué? —Carmen la desafió.

Lidia se fue, amenazante.

Poco después, llegó tía Loli.

—¿Vienes por la casa? Tu madre dice que la venderán. Nosotros la compramos.

—No lo hemos decidido —respondió Carmen.

—Ya… ¿Te gusta el pueblo? Mejor que la ciudad, ¿no?

Carmen rio.

—¿De qué te ríes?

—Álvaro dijo lo mismo ayer.

Tía Loli frunció el ceño.

—Lidia armó un escándalo. Lo vio contigo y… Bueno, Álvaro se hartó. Pero ten cuidado, esa mujer es peligrosa.

Esa noche, Carmen despertó con humo y crujidos. La casa ardía. Tosiendo, salió corriendo, pero las llamas bloqueaban la puerta. Unos brazos la sacaron de allí.

Álvaro la había rescatado. La casa era una antorcha.

—Lidia… —susurró Carmen.

Entre la gente, vio a Lidia, sonriendo con los ojos brillantes por el fuego.

A la mañana siguiente, Carmen decidió irse.

—Es lo mejor —dijo tía Loli—. Aquí no probarán nada contra ella.

Al salir del pueblo, Álvaro la esperaba en la carretera. Subió al coche.

—Ve al siguiente pueblo —dijo.

Ella obedeció.

—Lidia amenaza con matar a los niños si la dejo… Pero esta vez me iré. Lo siento por la casa.

—Ven conmigo —dijo Carmen, conduciendo despacio.

—No puedo. No dejaré a mis hijos.

Él bajó del coche. Carmen lo vio por el retrovisor, entre lágrimasY al regresar tres años después para supervisar la construcción de su nuevo hogar, Carmen comprendió que el abismo que alguna vez los separó, ahora era solo el recuerdo de un amor que había resistido el tiempo, el fuego y la pérdida, para renacer entre los cimientos de un futuro que por fin construirían juntos.

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MagistrUm
Entre nosotros hay un abismo…