Encuentro de Amigos

**El Reencuentro de los Amigos**

El motor del coche ronroneaba de manera adormecedora, y en el interior olía a cuero y a ambientador. El asfalto gris, marcado con líneas blancas, se deslizaba bajo las ruedas mientras el sol comenzaba a elevarse, prometiendo un día cálido de verano. Lucía reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.

—Descansa. Todavía nos quedan veinte minutos —comentó Roberto a su esposa.

—Preferiría dormir en casa, en mi cama calentita. Al fin y al cabo, es día festivo. Podrías haber venido solo. Son tus amigos, al fin y al cabo —respondió Lucía sin abrir los ojos.

—¿Y qué haría yo aquí sin ti? Todos vendrán con sus mujeres. Creía que tú e Inés también os llevabais bien. Además, nada como descansar al aire libre, no entre sábanas. —Hizo una pausa—. Hace mucho que no nos reunimos todos. ¿Te acuerdas de antes? Ah, sí… Pepe vendrá con su nueva mujer. ¿Te lo dije? No, ¿verdad? Imagínate, se ha casado. A ver quién es la afortunada que lo ha convencido para sacrificar su libertad.

Lucía valoró la noticia, se incorporó y abrió los ojos.

—¿Ya lo has visto?

—Sí, pero fue un encuentro rápido, sin detalles. Pero qué ganas tengo de charlar como antes, de sentarnos alrededor de una fogata con la guitarra. Ah, aquellos tiempos… —suspiró Roberto.

—Y ahora volveréis a quedar todos los fines de semana —refunfuñó Lucía.

—Vamos, mujer. ¿Qué tiene de malo? Somos amigos desde la universidad. Nos conocemos de toda la vida. Cuando tu madre enfermó, Pepe no dudó en prestarnos dinero para la operación.

Lucía volvió a recostarse.

—Eso es verdad. Pepe es un buen tipo. Pero Íñigo con Inés…

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Roberto, sorprendido.

—Parece que no son una familia, sino que juegan a serlo. Como si no encajaran. No sé cómo explicarlo.

—Nunca lo he notado. A mí me parecen buena gente. ¿Sabes que Inés salió con Pepe? Sí, un amor de juventud, todos pensaban que se casarían en primero. Pero luego algo se torció. Inés acabó con Íñigo.

—No me lo habías contado —Lucía giró la cabeza hacia su marido.

—Fue hace mucho. El tiempo pasa… —Roberto guardó silencio.

El motor seguía ronroneando, y Lucía cerró de nuevo los ojos. Los abrió cuando el coche comenzó a traquetear al salir del asfalto hacia un camino de tierra. Los pinos se alineaban como una muralla, bloqueando los rayos del sol.

—Había olvidado lo bonito que es aquí —murmuró Lucía.

—Claro —respondió Roberto con orgullo, como si la belleza del lugar fuera cosa suya.

La verja de la finca estaba abierta; los esperaban. Roberto aparcó junto a otros dos coches. Todos habían llegado. Desde la casa, Pepe salió a recibirlos con los brazos abiertos, como si quisiera abrazarlos junto al vehículo.

—¡Por fin! Ya pensábamos ir a pescar sin ti. —Pepe abrazó a Roberto y le dio una palmada en la espalda—. ¿Y tú qué, cada día más guapo? —le lanzó un cumplido a Lucía—. ¿Para qué traéis tanta comida? Aquí hay de sobra, no la acabaremos en una semana. Bueno, déjame las bolsas, nunca vienen mal.

Los tres caminaron hacia la casa cargados con las provisiones. En el jardín, la parrilla ya estaba lista, junto a un saco de carbón. Bajo la sombra de un manzano, una mesa de madera y sillas de mimbre los esperaban.

En la puerta aparecieron Inés y una joven mujer, cargadas con cojines y mantas.

—¡Ah! ¡Roberto, Lucía! —gritó Inés.

El bullicio y las risas se apoderaron del lugar. Todos hablaban a la vez.

—Bueno, chicas, vosotras os ocupáis de aquí, que nosotros nos vamos a pescar —anunció Pepe.

—Vaya… —refunfuñó Inés.

—No tardaremos. Es solo para charlar entre hombres. Y vosotras no os aburráis. Ya hemos hecho nuestra parte: marinamos la carne, preparamos la parrilla y trajimos los víveres. Ahora os toca a vosotras.

—Bueno, chicas, ¿brindamos por conocernos? —Inés dejó una botella de vino tinto sobre la mesa cuando los hombres se marcharon.

—Ay, yo preferiría blanco. El tinto me duele la cabeza —dijo la más joven y recién llegada al grupo, Alba.

—Precisamente por ti traje una —respondió Inés—. Ahora la traigo.

—¿La conocías? —preguntó Lucía a Alba, señalando hacia la casa donde había entrado Inés.

—Sí. Ha venido a vernos un par de veces.

—¿En serio? —Lucía se sorprendió—. ¿Y cuándo volvisteis a la ciudad?

Por la conversación en el coche, entendió que acababan de regresar de su viaje de bodas.

—Hace dos semanas —contestó Alba.

—¡Ta-chán! —Inés reapareció con una botella de vino blanco.

Las mujeres bebieron un trago y comenzaron a planear el menú. Inés dirigía la operación. A Lucía le pareció que lo hacía a propósito, para marcar su territorio frente a Alba. *Aquí mando yo*, parecía decir sin palabras.

A Lucía no le gustaba. Inés actuaba con demasiada superioridad, pero decidió no intervenir. Así podría descubrir qué clase de persona era Alba.

Cuando la mesa estuvo lista y las ensaladas preparadas, las mujeres se relajaron esperando a los hombres. Y, como era de esperar, el tema de conversación fueron ellos.

—Alba, ten cuidado. No te confíes. Tu marido es un donjuán. ¿Sabes cuántas mujeres ha traído al grupo? Ni se cuentan. Todos los hombres son infieles —susurró Inés con un suspiro.

—¿Por qué la asustas? —defendió Lucía.

—¿Tu marido te engaña? —preguntó Alba sin rodeos.

—Vaya, qué fresca. Ya lo comprobarás por ti misma —replicó Inés, lanzando una mirada a Lucía.

Alba la observó con curiosidad pero no respondió.

—Yo, si descubriera que Roberto me engaña, quizá lo perdonaría. No lo sé —dijo Lucía, desviando el tema hacia sí misma.

—Roberto no te dejaría nunca. Con mujeres como tú, los hombres no se van —comentó Inés con ironía.

—Si todos son infieles, ¿para qué divorciarse? Estar sola es peor. Y según tu teoría, el siguiente también engañaría. ¿Cambiar un clavo por otro? Roberto lo conozco bien, nos entendemos. Quién sabe cómo sería otro marido —argumentó Lucía.

—No todos engañan —terció Alba.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Inés con superioridad—. Llevas casada nada. Espera, la pasión se acaba, llega el cansancio, los defectos salen a la luz… Verás cómo te hartas de verlo. Cambiarás de opinión.

—Solo engañan los que necesitan demostrar algo, afirmarse a costa de una mujer… —refutó Alba.

—Mírala, recién salida del cascarón y ya da lecciones —se burló Inés, buscando el apoyo de Lucía.

—No discutáis, chicas —intervino la voz de Íñigo, que llegaba por detrás.

Las tres se sobresaltaron y se volvieron haciaCon el tiempo, las cicatrices del pasado se cerraron, y aunque la vida los llevó por caminos distintos, la amistad que los unió desde jóvenes nunca se desvaneció del todo.

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