Él vivirá entre nosotros…

**Él vivirá con nosotras…**

El timbre sonó con un molesto repiqueteo, anunciando que alguien había llegado. Lucía se quitó el delantal, se secó las manos y fue a abrir la puerta. En el umbral estaba su hija acompañada de un joven. La mujer los dejó pasar.

—Hola, mami —la besó en la mejilla—. Te presento a Sergio. Vivirá con nosotras.

—Buenas tardes —saludó él.

—Y ella es mi madre, tía Lucía.

—Lucía Villalobos —la corrigió.

—Mamá, ¿qué hay para cenar?

—Puré de guisantes y salchichas.

—Yo no como puré de guisantes —dijo el chico, se quitó los zapatos y entró en el salón.

—Mamá, en serio, Sergio no come guisantes —exclamó la chica, poniendo ojos como platos.

El chico se tumbó en el sofá y tiró su mochila al suelo.

—Esta es mi habitación, por cierto —aclaró Lucía.

—Sergio, ven, te enseñaré donde viviremos —llamó Carlota.

—Aquí me gusta —refunfuñó él, levantándose a regañadientes.

—Mamá, piensa algo para darle de cenar a Sergio.

—No sé, quedan medio paquete de salchichas —se encogió de hombros Lucía.

—Vale, con mostaza, kétchup y pan —contestó él.

—Estupendo —soltó Lucía, dirigiéndose a la cocina—. Antes traía gatitos y perritos a casa, y ahora esto. A ver si encima tengo que alimentarlo.

Se sirvió puré, añadió dos salchichas fritas, tomó un plato de ensalada y comenzó a cenar con apetito.

—Mamá, ¿por qué comes sola? —entró su hija.

—Porque llegué del trabajo y tengo hambre —contestó Lucía masticando—. Quien quiera comer, que se sirva o cocine. Y otra cosa, ¿por qué vivirá Sergio aquí?

—¡Porque es mi marido!

Lucía casi atraganta.

—¿Qué dices?

—Que sí, que me he casado. Ya soy mayor y decido por mí misma. Tengo diecinueve años, por cierto.

—Ni siquiera me invitaste.

—No hubo boda, solo firmamos en el registro. Como ahora somos marido y mujer, viviremos juntos —dijo Carlota, mirando de reojo a su madre.

—Enhorabuena. ¿Y por qué sin boda?

—Si tienes dinero para una fiesta, nos lo das y sabremos en qué gastarlo.

—Entendido —siguió comiendo—. ¿Y por qué aquí?

—Porque en su piso de una habitación viven cuatro personas.

—¿Y alquilar no era opción?

—¿Para qué alquilar si está mi habitación?

—Claro.

—¿Nos das algo de comer?

—Carlota, la olla con puré está en la cocina, las salchichas en la sartén. Si quieres más, hay medio paquete en la nevera. Sirveos y comed.

—Mamá, no lo entiendes, ¡ahora tienes un YERNO! —remarcó.

—¿Y qué? ¿Quieres que baile flamenco para celebrarlo? Llegué cansada del trabajo, así que servíos vosotros.

—¡Por eso estás soltera!

Carlota le lanzó una mirada furiosa y se marchó, cerrando la puerta de golpe. Lucía terminó de cenar, lavó los platos y se fue al gimnasio. Era una mujer libre y dedicaba varias noches a la semana a entrenar y nadar.

Al volver, cerca de las diez, encontró la cocina hecha un desastre. La tapa del puré había desaparecido y el plato estaba seco y agrietado. El envoltorio de las salchichas yacía en la mesa junto a un pan duro. La sartén estaba quemada, con marcas de tenedor en el antiadherente. En el fregadero, montones de platos sucios, y en el suelo, un charco pegajoso. El aire olía a tabaco.

—Vaya novedad. Carlota nunca hizo esto.

Abrió la puerta del cuarto de su hija. Los jóvenes bebían vino y fumaban.

—Carlota, limpia la cocina. Y mañana compras una sartén nueva —dijo Lucía, yéndose sin cerrar la puerta.

Su hija salió corriendo.

—¿Por qué tenemos que limpiar? ¡No tengo dinero, estudio! ¿Te importa más una sartén que tu familia?

—Las reglas son claras: quien ensucia, limpia; quien rompe, repone. Y sí, me importa. No crece en los árboles.

—No nos quieres aquí.

—No —respondió Lucía con calma—. No quiero resolver tus problemas a mi costa. Si vives aquí, cumples las normas.

—¡Siempre bajo tus reglas! ¡Ahora soy casada y no me mandas! —chilló—. Además, ya viviste, déjanos el piso.

—Cederos el pasillo y el banco de la calle. Si te casaste sin consultarme, dormid donde queráis, pero él no vive aquí.

—¡Que te den! ¡Sergio, nos vamos! —gritó, y empezó a recoger sus cosas.

Minutos después, el yerno entró, tambaleándose.

—Oye, suegra, no montes un pollo y todo irá bien. Nos quedamos. Si te portas bien, hasta podríamos… hacer *cositas* por la noche.

—¿Suegra yo? —se indignó—. Tus padres están en su casa, así que márchate con tu *esposa*.

—¿Ah, sí? —levantó el puño.

Lucía lo agarró con fuerza, clavándole las uñas.

—¡Suéltame, loca!

—¡Mamá, qué haces! —Carlota intentó separarlos.

Lucía la apartó, le dio una rodillazo a Sergio y un codazo en el cuello.

—¡Denunciaré los golpes! —chilló él.

—Espera, llamaré a la policía para que lo vean —contestó ella.

Los jóvenes salieron rápidamente del piso.

—¡Ya no eres mi madre! ¡Y no verás a tus nietos!

—Qué tragedia —ironizó Lucía—. Por fin viviré en paz.

Tras limpiar, tirar el puré y la sartén, cambió las cerraduras. Tres meses después, su hija, demacrada y triste, la abordó cerca del trabajo.

—Mamá, ¿qué hay para cenar?

—No lo sé. ¿Tú qué quieres?

—Pollo con arroz —tragó saliva— y ensaladilla rusa.

—Pues vamos a por el pollo —contestó Lucía—. La ensaladilla, házla tú.

No preguntó más. Y Sergio jamás volvió a aparecer.

**Moraleja:** A veces, poner límites es el mayor acto de amor. Quien no valora tu hogar, tampoco merece tu sacrificio.

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MagistrUm
Él vivirá entre nosotros…