El sol después de la lluvia…

El sol después de la lluvia…

Carmen, pasa un momento. Estuve en la despensa y te he cogido unas patatas.

Carmen se dirigió al patio de la vecina.

¡Ay, gracias, tía Marisa! Se lo devolveré, palabra.

¿Y con qué me lo vas a devolver, hija? ¡Vaya por Dios! “Se lo devolveré”… Tendrías que haber pensado antes en traer tantos niños al mundo. Ese Pablo nunca fue un hombre de provecho.

Carmen se tragó las palabras, porque sabía que faltaba una semana para el sueldo y que con solo leche no iban a llegar muy lejos. Ella podía aguantar, pero en casa la esperaban tres criaturas. Pablo, del que hablaba la vecina, era su marido, ahora ex, porque el año pasado se enteró de que el Estado no iba a regalarles ni un piso ni un coche por tener tres hijos. Así que, rápido como el rayo, hizo las maletas y anunció que no estaba dispuesto a vivir en la miseria. Carmen estaba fregando los platos y hasta se le cayó uno de la mano.

Pablo, ¿qué estás diciendo? Eres un hombre. Búscate un trabajo decente, que pague bien, y no habrá miseria. Son tus hijos. Siempre decías que querías una familia numerosa.

Sí, pero no sabía que el Estado iba a tratar así a las familias como la nuestra. Y trabajar para nada no tiene sentido contestó Pablo.

Carmen dejó los brazos caídos.

Pablo, ¿y nosotros? ¿Cómo voy a sacarlos adelante sola?

Carmen, pues no sé. Y, además, ¿por qué no insististe en que con uno era suficiente? Tú eres la mujer, deberías haber visto que esto podía pasar.

Carmen no tuvo tiempo de responder, porque Pablo salió disparado de la casa y casi echó a correr hacia la parada del autobús. Le brillaron los ojos, pero entonces vio tres pares de miradas fijas en ella. Javier, el mayor, empezaría el colegio ese año. A Miguel le faltaba un año, y luego estaba su estrella, Margarita, que solo tenía dos años. Carmen tragó saliva y sonrió.

Bueno, ¿quién quiere tortitas?

Los niños chillaron de alegría, aunque esa noche, Javier preguntó:

Mamá, ¿papá no va a volver?

Carmen buscó las palabras, pero al final solo dijo:

No, cariño…

Javier resopló un rato y luego afirmó:

Pues mejor, nos apañaremos sin él. Yo te ayudo.

Cuando Carmen volvía del ordeño nocturno, sabía que los pequeños ya estarían cenados y acostados. Y, la verdad, le sorprendía lo rápido que su hijo había madurado.

***

Después de agradecer las patatas, emprendió el camino a casa. «Dios mío, ¿cuándo llegará el buen tiempo? Este invierno está siendo eterno». Las patatas les habrían dado para pasar el bache, pero una helada repentina las había echado a perder hasta en los sótanos. Claro, los del pueblo les tenían lástima. La gente del campo es buena, pero no perdían ocasión de recordarle lo tonta que había sido. ¿Tonta? Ahora mismo no sabría cómo vivir sin cualquiera de sus hijos. Las cosas estaban duras, pero salían adelante. Les habría gustado ropa nueva y juguetes, pero los niños no pedían. Sabían que su madre les compraría lo que pudiera. Este año, incluso, ella y Javier planeaban construir un invernadero grande de plástico, eso sí, pero ya habían calculado cuántos tarros de pepinillos y tomates podrían preparar para el invierno.

Carmen cambió el cubo de mano y de pronto vio un grupito. Bueno, para el pueblo, tres personas a la vez ya era multitud. Se acercó, porque aquella “multitud” estaba junto a su valla. Aún no llegaba y ya oía comentarios:

Es enorme, debe de ser de caza.

Parece que lo ha atacado un jabalí. No creo que sobreviva.

Carmen miró hacia donde señalaban y se llevó las manos a la cara.

¿Qué hacéis ahí parados? ¡Hay que ayudarlo!

Los vecinos se volvieron hacia ella. Uno dijo:

Vaya, Carmen, como si no lo vieras. Mira esos colmillos, ¿quién se va a acercar? Además, ya no hay nada que hacer.

¡Claro que se puede hacer algo! Ha venido a pedir ayuda.

En la nieve yacía un perro, quizá de caza, quizá no. Carmen no era experta, pero veía que tenía el costado gravemente herido. Era un animal enorme, pero a ella no le daba miedo. ¡La mirada de dolor que tenía! La gente se rio y poco a poco se dispersó. Nadie quería líos.

Carmen pasó la mano con cuidado entre las orejas del perro.

Aguanta, aguanta un poquito. Ahora mismo traigo una manta, te muevo y nos las arreglamos para llegar a casa.

Detrás de ella se oyó un ruido.

Mamá, he traído la manta. Y podemos usar la puerta vieja de la nevera como camilla.

Carmen se giró de golpe. Allí estaba Javier, con los ojos llenos de lágrimas. Carmen veía lo mucho que le dolía al perro. El animal mordisqueó la manta y gimió suavemente. Se quedó quieto mientras ella le limpiaba la herida. Si los perros podían desmayarse, eso era lo que le ocurría. Los pequeños observaban todo desde el sofá, con los ojos como platos.

Mamá, ¿se va a salvar?

Javier acariciaba la cabeza del perro, que al fin abrió los ojos vidriosos.

Tiene que salvarse. Nosotros lo cuidaremos.

Al día siguiente, en cuanto Carmen llegó a la granja, las ordeñadoras la cercaron.

Carmen, ¿en qué estabas pensando? ¿Para qué llevarte a casa un perro enorme y encima ajeno, y con niños?

Exacto. Como si no tuvieras ya bastantes bocas que alimentar. Y, además, ¿de qué sirve? Se va a morir igual, y si no, acabará mordiendo a alguien.

Carmen alzó la voz:

¿No tenéis problemas propios en los que meteros, en lugar de los míos? Fina, ayer me contaron que Cat

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