El Último Baile

El Último Baile

Me quedé en el umbral de la habitación, dudando en entrar. Los hombros subidos casi hasta las orejasvieja costumbre, de esas que no se quitan ni con treinta y cuatro años de práctica. Al mirar la ficha, leí: Andrés Lázaro Ordóñez, ochenta y un años, secuelas de ictus isquémico, parálisis de las piernas.

Un apellido más. Otro paciente en silla de ruedas. Llevo tres años trabajando en la residencia Laderas de la Encina, y los lunes siempre empiezan igualhabitación nueva, ficha nueva, guantes puestos, voz imperturbable. Aprendí a no encariñarme. Mi primera paciente fue Asunción Sánchez, setenta y dos años, fractura de cadera. A los tres meses falleció de neumonía. No dormí en dos días. Luego entendí: si iba a doler siempre así, no resistiría ni un año. Y dejé de memorizar caras.

Pero en esta habitación había algo distinto.

En la pared, justo frente a la cama, colgaba una foto enmarcada en madera oscura. Un hombre joven, de esmoquin negro, extendía el brazo; su torso girado. Junto a él, una mujer con vestido de vuelo, echada hacia atrás, lista para caer, sostenida sólo por esa mano firme. El parqué bajo sus pies brillaba.

Miré al hombre en la silla. Me observaba. No mis manos, ni la chapa de mi nombre: los ojos.

¿Inés Martín? preguntó. Tenía una voz grave y áspera, cada palabra una pausa, como quien pone acentos a cada sílaba.

Sí. Su nueva fisioterapeuta.

Nuevarepitió. Y alzó ligeramente la mano derecha. Dedos largos, nudillos hinchados, trazaron un semicírculo en el aire. Siéntese, Inés Martín. Me han contado que es usted estricta. Me parece bien.

Dejé el bolso en el suelo y tomé asiento junto a la mesita de noche. Encima, un objeto que sólo había visto en películas: cuerpo de madera, plancha de cobre oscilante, escala con números.

¿Un metrónomo? pregunté.

Wittner, año sesenta y dosme respondió Andrés Lázaro. Alemán. Me lo regaló mi maestro cuando gané mi primer campeonato de Castilla-La Mancha.

No explicó qué tipo de campeonato. Pero la foto en la pared ya lo contaba todo.

Abrí la ficha y empecé el chequeo de rutina. Brazos: movilidad mantenida, pero limitada. Manos: motricidad aceptable. Piernas: sin movilidad. Absolutamente ninguna. El ictus, hace un año, se las llevó de golpe.

Vamos a trabajar con brazos y hombros dije, tres veces a la semana: lunes, miércoles y viernes.

¿Y bailar? lo preguntó como quien pide un café, con toda la naturalidad del mundo.

Levanté la vista de la ficha.

¿Perdón?

No, negó con la cabeza, todavía no. Primero muéstreme de lo que es capaz como terapeuta. Después hablamos.

Y sonrió. Sólo con los labios, sin dientes. Pero los ojos ya eran otros. No vi esperanza ni súplica. Vi cálculo.

De camino al control, me detuve ante la pizarra de horarios. Escribí: A.L. Ordóñez L, X, V, 10:00. Y, por primera vez en tres años, recordé un apellido a la primera.

***

A la semana, ya sabía bastante.

Andrés Lázaro Ordóñez. Campeón de bailes de salón de Castilla-La Mancha en 1970. Tenía veinticinco años en la foto. Bailó hasta el noventa y cinco, hasta que la rodilla se rindió. Luego fue profesor. Después se jubiló. Después murió su mujer. Después su hija emigró a Argentina. Luego, la residencia.

Llevaba dos años allí. El primer año andaba; el segundo, ya no.

La hija llamaba una vez al mes. Él contestaba, tranquilo, sin reproches. Después colgaba y se quedaba mirando la ventana por veinte minutos. Eso me lo contó Carmen Segarra, la supervisora más veterana. Treinta años allí y se lo sabía todo.

Ordóñez no es como los demás me explicó sin mirarme. No monta bronca, no llora, no pide de más. Pero tampoco se ha rendido. Los demás sí. Él, no. Él espera.

No le pregunté qué.

Durante las sesiones, ejecutaba los movimientos con precisión milimétrica. Jamás pidió parar. Jamás se quejó. Pero, al masajearle las manos, los dedos parecían ponerse de acuerdo, moviéndose en círculos, arcos, arriba y abajo, como si recordaran algo que el resto del cuerpo ya no podía replicar.

El miércoles puse música desde el móvilsimplemente de fondo, tenía que rellenar fichas. Un vals. Strauss, creo.

Andrés Lázaro se quedó inmóvil. Y levantó la mano derecha.

No de golpe, ni rígida. Fluyó como una pluma. Abrió los dedos, la palma se ofreció al frente. Y guió. A una pareja invisible. Sólo con las manos. Sentado en silla de ruedas, inmóvil de cintura para abajo.

Dejé de escribir.

Era bello. No enternecedor para su edad ni milagroso para un enfermo. Bello, a secas. Sus manos sabían lo que hacían. Después de cincuenta y seis años guiando mujeres sobre el parqué, seguían haciéndolo, aunque ya sólo quedaban la silla y las encinas del jardín.

La música concluyó. Bajó la mano. Me miró.

Nunca ha bailado usted declaró. No era pregunta.

No admití. Nunca.

Nunca repitió mis palabras, como solía. ¿O nadie le enseñó?

Guardé silencio. No esperó respuesta, sino que me habló de sí mismo.

Yo tenía catorce. Mi madre me llevó a la Casa de la Cultura. Yo no quería ir. Los chicos jugaban al fútbol en la plaza y yo caminaba hacia una sala de espejos y parqué. Tres veces me escapé. A la cuarta, el profesor me dijo: Vas a ser grande porque eres terco. Me quedé. No por el baile. Por terquedad.

Se calló. Sus dedos hicieron un arco leve en el aire. Una manía difícil de ignorar.

Después lo amé. Al principio, sólo la cabezonería.

En un vals, los primeros tres segundos deciden todo. El brazo del compañero cae sobre la espalday ya sabes si sabe lo que hace. Si sabete relajas; si note resistes. Usted lleva toda la vida resistiéndose, Inés Martín. Se le nota en los hombros.

Mis hombros. Siempre subidos, un poco hacia delante. De niña. Padre bebedor, madre que se largó cuando yo tenía seis. Aprendí a esperar el golpe. No físico, simplemente el golpe, de donde fuera. Y los hombros, al alza.

Soy fisioterapeuta repliqué, no pareja de baile.

De momento.

Al siguiente viernes, tocaba trabajar la cintura escapularmovimientos circulares, separaciones, resistencia. Cumplía todo sin una queja. Luego preguntó:

¿Usted vive sola, Inés Martín?

No respondí. Proseguí con el ejercicio. Él lo captó.

Yo también. Pero recuerdo cómo era distinto. Eso ayuda. A usted, quizá, ni recuerdos le quedan.

Dejé de moverle el brazo. Lo miré.

Andrés Lázaro, no estamos aquí para charlar.

Por supuesto. Estamos por los deltoides.

Pero lo soltó, así, sin rodeos:

Baile conmigo, Inés Martín. Una vez. Yo guiarécon las manos. Las piernas, pongalas usted.

Dejé la toalla sobre la cama.

Andrés Lázaro, es imposible.

¿Por qué?

No sé bailar. No he pisado nunca una pista. Ni en extraescolares, ni en fiestas, ni en bodas. Nunca.

Asintió.

Lo sé. Por eso lo pido.

Y además va contra el protocolo. Yo no puedo levantarle, ni arriesgarme, ni

No va a levantarme. Yo sentado. Usted, de pie al lado. Le cojo la mano, le indico dónde poner los pies. Tres minutos.

No dije. Lo siento.

No insistió. No se ofendió. Solo miró la foto y sentenció:

Piénselo. Espero.

***

El lunes llegué antes de tiempo. Había un hueco en el horario antes de Andrés Lázaro y me planté en la sala de enfermeras, bebiendo té de máquina en un vaso de plástico. Carmen Segarra, la veterana, entró por el registro.

Caminaba de una forma peculiar: pies hacia afuera, zancada amplialos pasillos deforman andares tras tres décadas. No éramos amigas, pero sí nos respetábamos. Ella, porque yo nunca llego tarde; yo porque ella nunca miente.

¿Ahora tienes tú a Ordóñez? me preguntó sin mirarme.

Sí, desde marzo.

¿Te ha pedido algo raro?

Dejé el vaso.

Un baile.

Carmen cerró el registro. Me miró.

Le queda poco, Inés. Un mes, dos. El cardiólogo estuvo el jueves.

Apreté el vaso. Crujió.

¿Lo sabe él?

Antes que el cardiólogo. Hay personas que lo notan. Él no quiere una pastilla. Quiere el baile. ¿Ves la diferencia?

La veía. Y dolía aún más.

No sé. Me va a salir fatal. Se va a decepcionar.

Se sentó frente a mí. Dejó el registro sobre la mesa.

Llevo aquí más que lo que tú llevas de vida, Inés. He visto peticiones de todo tipo antes del final. Unos quieren un cura. Otros, que llamen a sus hijos. O abrir la ventana y oler los pinos. Ordóñez pide un baile. Y pide por ti. Para que lo recuerdes.

No lo entendí. En aquel momento, no.

Él es bailarín. Ha enseñado a mujeres que no sabían durante cincuenta años. Sólo tienes que no estorbarle.

Se fue. Me quedé mirando el vaso arrugado, la mano colorada de tanto frotar gel y aguantar la vida.

Andrés Lázaro había dicho: “Piénselo. Espero”. Pero lo cierto es que no tenía nada que esperar.

Por la tarde entré en su habitación. Fuera de horario. Ropa normalvaqueros, jersey, zapatillas de deporte. Sin guantes.

Él estaba en la silla junto a la ventana. Los pinos se oscurecían tras el cristal. El metrónomo seguía sobre la mesita. La foto seguía allí.

Andrés Lázaro.

Giró la cabeza.

Estoy dispuesta a aprender dije. Pero necesito una semana. Y me promete: si no sale, no se disgustará.

Me disgustaré respondió impasible, pero lo disimularé. ¿Vale?

Tendió la manola derecha, de dedos largosy la dejó suspendida entre nosotros. No era para un apretón. Palma hacia arriba. Invitación. Pacto.

Toqué la palma con mis dedos. Un segundo. Fue suficiente.

No sonreí. Pero los hombros cayeron.

Vale.

Se acercó a la mesita. Cogió el metrónomo. Dio cuerda. La lámina de cobre osciló.

Tac. Tac. Tac.

Un-dos-tres. Un-dos-tres. Cuente conmigo.

Conté. En medio de la habitación, en zapatillas, sin música, sólo números y el tic-tac.

Espalda recta me indicó. Barbilla arriba.

Me irguí. Subí la barbilla.

Así. Recuerde: el vals empieza en la columna vertebral, no en los pies. Si la espalda está bien, los pies encuentran el camino.

Extendió el brazo derecho. Palma abierta, invitando.

Apoye su mano izquierda en la mía. Suave. Sin agarrar, sin fuerza. Sólo apoye.

Lo hice. Mano cálida. Dedosesos dedos hinchadosabrazaron mi muñeca. Y comenzó a moverse, guiando a la derecha.

Haga un pequeño paso con el pie derecho. Como medio pie.

Di el paso.

Junte el izquierdo.

Listo.

Atrás con el izquierdo.

Retrocedí, torpe, demasiado lejos.

Más corto. El vals no es un desfile. Los pasos son cortos, se deslizan.

Empezamos de nuevo. Tac. Tac. Tac. Su mano guiaba la mía. Sin tirar, sin empujar. Simplemente llevaba. Un poco a la derechapaso; girogiro; hacia atrásretroceso.

Me pisaba. Me liaba. Contaba en voz alta, igual me equivocaba.

Él ni un chasquido.

Piensa con los pies me dijo tras diez minutos. Olvídelo. Deje que la mano piense. Mi mano sabe dónde ir. Confía en ella.

Confiar.

Nunca fui de confiar. Treinta y cuatro años sobreviví para no necesitar a nadie. Trabajo. Un piso en Móstoles. Cuarenta minutos en Cercanías. Ni fotos en las paredes, ni imanes en la nevera. Nadie que pudiera fallarme. Nadie a quien me permitiera seguir.

Pero su mano esperaba. Cálida. De dedos largos. Y la memoria de medio siglo de baile.

Cerré los ojos. Dejé de contar.

Paso. Otro. Giro. Sus dedos apretaron: parada. Tirón leve a la izquierda: giro. Yo no pensaba. Ni decía “pie derecho, pie izquierdo”. Simplemente seguía esa mano.

Eso es susurró. Así.

Abrí los ojos. Habíamos hecho un círculo. De vuelta al mismo sitio.

Por hoy basta dijo Andrés Lázaro. Y soltó mi mano. Mañana otra vez. Y pasado. En una semana, lista.

Asentí. Tenía un nudo en la garganta.

Gracias logré decir.

Gracias a mí corrigió él. Por las piernas.

***

Ensayamos todas las tardes. Yo salía del turno, me cambiaba, y subía a su habitación. Él me esperaba junto a la ventana. Metrónomo listo.

El martes me enseñó a contar de tres en tres.

Unofuerte. Dos-tressuaves. Unopie. Dos-tresjuntas. No al revés.

El miércoles, los giros. En el tercero casi choco con la mesita. Andrés se echó a reír. Por primera vez. Breve y ronco.

La mesita es mala pareja rió. No lleva el ritmo.

Y me aclaró:

El giro en el vals no lo empieza la cabeza. Lo inicia el cuerpo. La cabeza queda y el torso ya está. Luego la cabeza sigue. Como la vida. Ya has decidido y sigues pensando que no.

El jueves puso música. Desde el móvil, le descargué Strauss. El Danubio azul. Cerró los ojos al primer compás. Subió las manos, izquierda abajo, derecha arriba, como abrazando a alguien invisible. Y comenzó el baile. Yo, a dos pasos, mirando sin poder moverme.

Su rostro cambió: ligero, rejuvenecido. No ochenta y un años, no todos esos. Estaba lejos de aquí. Estaba en el parqué. Era el mismo joven del esmoquin, la pareja echada hacia atrás, y su mano sosteniéndola.

La música paró. Bajó los brazos.

Observaba usted dijo. No era reproche.

Sí dudé. Es usted bello bailando.

No bailo. Recuerdo. No es igual. Bailar es cosa de dos. Solo es memoria. Y también importa, pero el baile auténtico es de a dos.

Pausa.

El sábado, de verdad. En el salón. Allí hay parqué.

El salón de la residencia. Ventanales, sillas en las paredes. A veces hacen conciertos o bingos. El parqué, aunque viejo, auténtico.

Habrá gente dije.

Que miren.

Mordí el labio.

¿De verdad cree que estoy lista?

No fue honesto, pero tus piernas sí. La cabeza molesta toda la vidano se arregla.

El viernes, sesión rutinaria. Manos, dedos, resistencia. Todo normal, pero le vi la mano derecha más floja que la semana anterior. Los dedos no abrían bien. El meñique doblado.

No dije nada. Él tampoco.

Al terminar pidió:

Espalda recta, barbilla alta. Enséñame.

Lo hice. Miró largo. Asintió.

Mañana. Cinco de la tarde. En el salón.

Salí. En el pasillo estaba Carmen Segarra. No preguntó. Sólo con la mirada: ella ya lo sabía.

¿Mañana? inquirió.

Mañana.

Se giró y se fue, pasos anchos, pies afuera. Al llegar a la puerta, sin mirar atrás:

Fregaré el parqué del salón. Que no resbale.

Y desapareció.

Esa noche no dormí. En mi piso de Móstoles, mirando el techo. Vacío. Tres años y ningún rincón era mío. Ninguna estantería recordaba mis manos. Vivía de alquiler sabiendo que podía irme y no dejar marcacomo el agua, pasa y no queda huella.

Andrés Lázaro era de los que dejan. Marcas en cada mujer a la que enseñó a bailar. En cada alumno. En la foto del joven de esmoquin, guiando a la pareja por el parqué. Las manos sabían guardar y transmitir.

Me giré. Las manos sobre la almohada. Fuertes, uñas recortadas. Manos de currante. De masajear, ayudar, sujetar. Pero no de guiar. No sabían invitar, sujetar para que otro pudiera dejarse caer sin miedo.

Mañana, mis piernas serían las suyas. Y sus manos, mi brújula hacia un sitio donde yo sola nunca habría llegado.

Recordé entonces lo de Carmen : No pide por élpide por ti. Para que lo recuerdes. Ahora lo entendía. No buscaba su último baile. Quería ser el primero mío.

Y eso sí que daba miedo.

***

Sábado. Cinco. Salón.

Llegué a la una y las horas se me hicieron eternas. Pacientes, fichas, movimientos, lo de siempre, pero dentro de mí martilleaba el metrónomo. Uno-dos-tres. Uno-dos-tres.

A las cinco menos cuarto, me cambié. Única falda decenteazul marino, por debajo de la rodilla, comprada para una boda y olvidada en el armario. Zapatos bajos. Pelo recogido.

El salón, vacío. Carmen había maniobrado: la gente en la merienda, el suelo reluciente. Ventanales enormes. Fuera, pinos y cielo gris de marzo.

A las cinco clavadas, ruedas retumbando en el pasillo. Andrés Lázaro entró al salón por sí mismo. La silla recta. Iba de camisa blanca, con gemelos. Nunca lo había visto así; siempre jersey de punto, cómodo. Esta vez, camisa impoluta. Llevaba el metrónomo en el regazo.

Revisó el parqué. Luego, me miró.

Buena falda dijo. Para vals, hace falta falda. Un pantalón no baila igual.

Me acerqué. Las piernas firmes, pero las manos temblaronun poco.

Depositó el metrónomo en una silla, le dio cuerda. Lámina de cobre oscilando.

Tac. Tac. Tac.

A mi derecha, mirando al ventanal.

Me coloqué.

Mano izquierda en mi derecha. Como en los ensayos. A flojito.

Apoyé la mano. Sus dedos la abrazaronmenos fuerza que el lunes, se notaba. Él notó que yo lo noté.

Nada de lástima musitó. Baila.

Con la mano libre pulsó el móvil sobre el brazo de la silla. Empezó StraussEl Danubio azul. Violines. Pausa antes del primer compás.

Unodijo.

Su mano guió la mía a la derecha. Di el paso. Derecho. Corto.

Dos-tres.

Junté el izquierdo. Paso atrás.

Y avanzamos.

Su mano dibujaba el camino. Derecha, paso. Giro, circulo. Avancé cuando había que ceder. Retrocedí cuando tocaba acercarse. Él, en la silla, bailaba con la parte de arriba: hombros, torso, cabezatodo lo que había practicado durante 56 años. Yo era sus piernas. Su continuación. La parte que la enfermedad había secuestrado.

El parqué bajo mis zapatos deslizaba. No contaba. No pensaba. Sólo seguía la mano que guiaba. Derecha. Giro. Junto a las ventanas, los pinos, las sillas alineadas. Todo el salón. Ida y vuelta.

Tres minutos.

Tres minutos que valían sus cincuenta y seis años de ensayos. Los suyos, no los míos. Yo sólo escuchaba. Su mano. Su ritmo. Su vida fluyendo de su palma a mi palma, a mis pies, al suelo, al parqué.

La música desaceleró, el acorde final. Su mano se detuvo.

Yo, de pie. La falda ondeando apenas. El corazón enredado. Pero los hombroslos míos, los siempre alzados y durosabajo, relajados. Por vez primera.

Él me miró. Y vi en su cara el gesto de la foto: el joven de esmoquin sabiendo que es el mejor del parqué. Que sus manos no fallan. Que su pareja puede pasarle todo el pesoél aguanta.

Gracias dijo. Ha sido un buen vals.

Todo lo he hecho mal susurré, temblando.

No. Ha hecho lo único importante. Se ha dejado llevar. El resto es secundario.

Soltó mi mano. Y dijo lo que nunca olvidaré.

Ahora sabe valsar, Inés Martín. Ese es mi legado. Cuando baile, una parte de mí baila con usted.

El salón se quedó vacío. Tac. Tac. Tac. El metrónomo marcando.

Lléveselo señaló el metrónomo. Le servirá más.

No murmuré.

Inés Martín. Llévelo.

Giró la silla y se marchó. En la puerta, paró.

Espalda recta. Barbilla alta. Acordado.

Y se fue.

Me quedé sola. Parqué. Ventanas. Pinos. El cielo gris. Y la varilla de cobre tic, tic, tic.

Cogí el metrónomo. Lo abracé. La madera aún caliente.

Al día siguiente entré a su habitación. Ya sin él. La cama hecha. La mesilla vacía. Su hijavoló desde Argentina, arregló los papeles y regresó pitando. Carmen me contó que lloró en el pasillo, pero en la habitación, ni una lágrima. Metió la foto, el álbum y la camisa de gemelos. La silla, allí quedó.

En mi casa de Móstoles, sobre la estantería vacía, el metrónomo. Caja de madera. Varilla de cobre. Wittner, del 62. Alemán. Regalo del maestro tras su primer campeonato.

Me levanté. Fui a la estantería. Le di cuerda.

Tac. Tac. Tac.

Espalda recta. Barbilla alta.

Un-dos-tres.

Di un paso con el derecho. Pequeño. Como me enseñó. Junté el izquierdo. Hacia atrás.

Mi pisovacío, sin fotos ni imanesdejó de serlo por primera vez. Porque alguien bailó dentro. Yo, con los pies. Y él, con las manos. Aquellas manos. Dedos largos. Nudillos hinchados. El aire trazando un semicírculo.

Una parte de él baila conmigo.

Y bailará siempre.

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