**El Regreso**
—¡Elena! ¿Dónde estás? ¡Elena! —Catalina irrumpió en la casa, miró la habitación vacía y salió al porche, haciendo sonar sus tacones y cerrando las puertas de golpe.— ¿Dónde se habrá metido? —De desesperación, dio una patada al suelo.
Desde la esquina de la casa apareció una chica bajita con un barreño de plástico en las manos.
—Por fin. Llevo gritándote… —Catalina bajó corriendo del porche hacia su amiga.
—Estaba tendiendo la ropa en el huerto. ¿Qué pasa? —Elena dejó el barreño en el suelo.
—Pasa algo. —Los ojos castaños de Catalina brillaron bajo su flequillo negro.
Quería jugar con su amiga, no soltarle la noticia de golpe, pero no aguantó más y la soltó de un tirón:
—José ha vuelto.
—¿En serio? —En los ojos de Elena, la desconfianza se mezcló con alegría, luego confusión, y de nuevo desconfianza.
—No miento. Lo he visto yo misma. Su madre no lo dejará ir tan fácil, ella también lo echaba de menos.
—Vamos —dijo Elena, riendo, y echó a correr desde el patio.
El sol bañaba el pueblo con generosidad, el río serpenteaba entre orillas espesas, y el mundo entero parecía increíblemente hermoso. Pero Elena no veía nada a su alrededor. Su corazón latía al ritmo de: «¡José, José!», expectante por el reencuentro con su amor.
—¡Mira, ahí está! —Catalina agarró a Elena del brazo.
José caminaba hacia ellas vestido con su uniforme militar. Al verlas, corrió a su encuentro.
La alegría inundó el corazón de Elena, que arrancó a correr hacia él y se lanzó en sus brazos, temblorosa.
Catalina se quedó aparte, observando con envidia el reencuentro. A ella también le gustaba José, pero él solo tenía ojos para Elena. Había terminado el instituto dos años antes y se quedó en el pueblo ayudando a sus padres. Tenían una granja próspera, vivían de la venta de la cosecha, la leche y la carne. Un año después, José fue llamado a filas.
«¿Qué ve en ella? Yo soy más guapa. ¿Por qué todo para ella?» —pensó Catalina, mordiéndose los labios con rabia. Unas lágrimas traicioneras asomaron a sus ojos. Corrió a casa, se tiró sobre la cama y lloró sin control.
—¿Qué te pasa? —Su madre salió de la cocina.
—Nada —respondió Catalina, molesta.
—Venga ya. ¿Celos? ¿Crees que no habrá más pretendientes para ti? Mira Alejandro, nunca te quita los ojos de encima, gana bien, es guapo y tiene su propia casa.
—¡Mamá! —Catalina lloró aún más fuerte—. Me voy. En cuanto termine, me voy. A la capital.
—Qué tontería. Como si allí te esperasen. No, cariño, donde naciste, allí es donde perteneces. Te irás, pero ellos se quedarán… —empezó a decir su madre con cuidado.
«No, de eso nada —Catalina levantó la cabeza de la almohada—. Soy más guapa, tengo mejor cuerpo. Cuando Elena tenga hijos, se llenará de kilos. Tengo que idear algo. Lo importante es que no estén solos». Las lágrimas se secaron en sus ojos.
—Eso es —dijo la madre, satisfecha, y volvió a la cocina.
Pronto llegó Elena. Catalina vio la felicidad brillar en sus ojos y el corazón se le encogió de envidia. Forzó una sonrisa.
—¿Por qué tan pronto os separasteis? —No pudo evitar el tono burlón.
—Ahora vendrá toda la familia para celebrar su vuelta. Y esta noche José vendrá al baile. ¡Ay, Cata, estoy tan feliz! ¿Y tú qué te pasa? —preguntó Elena, sin entender el humor de su amiga.
—No os molestaré. Además, no tengo nada que ponerme. Ya sabes que mi madre no me da dinero para vestidos nuevos.
—Te presto el mío, ese que tanto te gusta. A mí me queda pequeño, pero a ti te sentará perfecto. Ven a mi casa y te lo pruebas —propuso Elena.
Catalina apenas pudo contener un grito de alegría. Se pasó un buen rato frente al espejo en la habitación de Elena, admirándose. El vestido le quedaba como un guante.
—¿No te importa? —dudó.
—Para nada —respondió Elena con naturalidad y la abrazó—. Quédatelo. Ahora tengo que preparar la cena.
—¡Hasta esta noche! —Catalina le dio un beso en la mejilla y salió corriendo.
Por la noche, Elena pasó a buscarla y juntas fueron al local del pueblo.
La música y la luz salían a borbotones del edificio de ladrillo. En el centro, varias chicas ya bailaban. Dos chicos jugaban al billar en un rincón. Elena buscó a José con la mirada.
—No está. Vamos a bailar. —Catalina se adentró en la pista, girando con los brazos en alto, sin dejar de mirar hacia la puerta por si aparecía José.
Cuando terminó la música, salió al fresco aire nocturno, abanicándose el rostro enrojecido. A principios de junio, las noches aún eran frescas. Catalina se estremeció. Alejando fumaba un poco más allá.
Ella miró hacia la oscuridad hasta distinguir la figura de José. Lo reconoció por el uniforme. Sin pensarlo, bajó del porche y se acercó a Alejandro, abrazándolo por el cuello. Su vestido claro destacaba en la penumbra.
—¿Qué haces, Cata? —preguntó Alejandro, sorprendido.
En vez de responder, Catalina se lanzó a besarlo. Alejandro no se lo pensó dos veces y la abrazó. Cuando ella se separó y miró hacia atrás, José se alejaba rápidamente. Un Alejandro desconcertado intentó atraerla de nuevo.
—¡Déjame! —le espetó Catalina y corrió de vuelta al local.
Todo había salido incluso mejor de lo planeado. El vestido había jugado una mala pasada a José. Seguro que pensó que era Elena besando a otro. ¡No habría boda!
—¿Has visto a José? —preguntó Elena cuando Catalina entró.
—Sí. Se quedó un momento en la puerta y se fue. Vamos a bailar.
—¿Se fue? —Elena salió corriendo.
Catalina, como si nada, se unió a los bailarines.
Elena alcanzó a José justo frente a su casa.
—¡Espera! ¿Por qué te fuiste? —Le agarró del brazo.
—¿Me estabas esperando, eligiendo vestido? Pues póntelo para el que te estuvo besando —masculló José entre dientes, soltándose de su agarre y entrando en casa.
Elena no entendía nada. Se quedó quieta un momento, con los brazos caídos. Luego volvió a casa.
A la mañana siguiente, fue a casa de José.
—Buenos días, tía María —saludó a su madre.
Ella la miró con severidad.
—No sé qué hiciste, pero José llegó hecho un manojo de nervios. Dijo que no habría boda.
Elena corrió a casa de Catalina. ¿A quién más acudir? Entre lágrimas, le contó todo.
—Vamos a ver a la tía Carmen. Ella sabe leer el futuro. Con solo mirar a alguien, lo sabe todo. ¿Y si José dejó a alguna novia en el ejército?
—No —Elena negó con la cabeza, llorando—. No es capaz. Lo sé, lo siento… —Y rompió a llorar de nuevo.
Las chicas llegaron a una vieja casa apartada. Las escaleras crujieron bajo sus piesElena miró hacia el cielo, respiró hondo y decidió que, a pesar del dolor, seguiría adelante con su vida, porque el amor verdadero, aunque tarde, siempre encuentra su camino.





