—Mamá, ¿te has vuelto loca?
Las palabras de su hija atravesaron a Lucía como un puñal. Duele. Siguió pelando patatas en silencio, apretando el cuchillo con más fuerza.
—¡Ya somos el hazmerreír del pueblo! Bueno, papá… es un hombre, pero ¿tú? ¡Una mujer! ¡El alma del hogar! ¿No te da vergüenza?
Una lágrima resbaló por la mejilla de Lucía, luego otra… Pronto eran un torrente, pero su hija no cesaba.
Francisco, su marido, estaba sentado en una silla, los hombros caídos, el labio torcido.
—¡Papá está hecho polvo! ¿En qué estabas pensando? ¡Necesita cuidados! —gimió Paco—. ¿Así se actúa? Mamá, él te dio su vida, criamos juntos a nuestra hija, ¿y ahora qué? ¿Enferma y tú miras a otro lado? No, querida, así no se hacen las cosas…
—¿Y cómo se hacen? —preguntó Lucía en voz baja.
—¿¡Qué!? ¿¡Te burlas!? ¡Papá, escúchala, se está riendo de nosotros!
—Martita, me tratas como si fuera tu peor enemiga, no tu madre… Ah, pero qué preocupada estás por tu padre…
—¡Mamá! ¡Qué cosas dices! ¡Basta ya! ¡Llamaré a las tías, que ellas te pongan en tu sitio! ¡Qué vergüenza!
—¿Te imaginas? —resopló Marta, volviéndose hacia su padre—. Vengo de la universidad y los veo… ¡paseando por el parque, del brazo! Él le recita poemas, ¿verdad, mamá? Seguro que los escribe él, ¿no? Sobre el amor, ¿a que sí?
—Mala eres, Marta. Mala y tonta. Demasiado joven aún…
—¡Ni una pizca de arrepentimiento! ¡Voy a llamar a las tías, que vengan!
Lucía se enderezó en silencio, alisó los pliegues de su vestido, sacudió motas de polvo invisibles. Se levantó.
—Bueno, familia. Me voy.
—¿Adónde, Luchi?
—Me voy de tu lado, Paco.
—¿¡Cómo que te vas!? ¿¡Adónde!? ¿¡Y yo!?
Su hija gritaba algo furiosa al teléfono.
—¡Mar-ta-a! —aulló Paco, como en un velorio—. ¡Marta-a!
—¿Qué, papá? ¿Te duele la espalda? ¿Dónde?
—Ay, ay… Martita… ella… tu madre… dice que se va…
—¿¡Que se va!? ¿¡Adónde!? ¡Mamá, qué locura se te ha metido en la cabeza!
Lucía esbozó una sonrisa fría. Comenzó a doblar su ropa con cuidado en la maleta.
Hacía tiempo que quería irse, pero entonces Paco enfermó—una lumbago. Los gemidos, las quejas…
—Luchi… creo que tengo una hernia…
—La resonancia no mostró nada.
—¡Qué sabrán esos médicos! Primero no te dicen nada a propósito.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—¡Para sacarte dinero! Al cuñado de Manolo le pasó igual… pomadas, pastillas, y de repente—¡zas! ¡Hernia! Y de las raras, sin nombre…
Entonces no se fue. No pudo abandonar al “pobrecillo”.
Pero ahora…
—¿Cuántos años te quedan, Luchi? —decía su amiga Lola—. Trabajas como una mula para ellos. ¿Qué te ha dado Paco? ¡Na-da! —golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Toda la juventud de juerga! ¡Como un perro callejero! ¿Y esa peluquera… cómo se llamaba?
—Mari.
—¡Esa! La paseaba como a una vaca en un anuncio de leche. ¡Y tú, currando en dos trabajos y haciendo extras, mientras él en el sofá!
—Lola, parece que odias a Paco… —murmuró Lucía, mirando a los ojos de su amiga.
—Te lo diré.
Lucía se encogió.
—No tengo motivos para querer a tu “cielito”. Recuerdo cuando se me insinuó. Celebrábamos su cumpleaños en la casa rural, yo me pasé de vino y me dormí… Desperté con su mano tapándome la boca y la otra metiéndose bajo mi blusa.
¿Lo peor? Su madre estaba en la cama de al lado—mirando. Luego me dijo: “Tú te lo buscaste, provocando a mi Paco”. Me amenazó: si te lo contaba, diría que fui yo quien se le insinuó.
Así fue.
Lucía calló.
¿Cómo no lo había visto antes?
Recordó cómo las otras mujeres presumían de regalos, de viajes… ¿Y ella? Una aspiradora. Una vaporera, porque a Paco le gustan los dumplings. Un perfume—que su suegra guardaba en el aparador.
Lola tenía razón. Había dormido toda su vida.
—¿Por qué te casaste con él?
—Me dio pena… Parecía tan perdido. Gafas grandes, torpe… Y su madre dijo: “Si te pide matrimonio, cásate, no seas tonta”.
Las amigas lloraron, rieron, recordaron.
—Si no me hubiera alejado de ti entonces…
—Me convencieron de que una mujer casada no necesita amigas.
Lucía miró alrededor.
Da miedo irse, pero se puede. Alquilará un piso. Divorcio. Reparto de bienes… Todo lo ganó con sus manos.
¿Su hija tomará partido por su padre? Pues allá ella.
No se va con otro hombre. Con Pedro solo hay amistad.
Quiere silencio.
***
¡Y cómo la vapulearon los parientes!
—¡Vuelve con tu marido! ¡Pídele perdón de rodillas! —chilló su madre.
La suegra fingió un “ataque al corazón”, pero Lucía pasó de largo.
Y luego…
Marta vino a disculparse.
Ahora reconstruyen su relación.
¿Y Paco? Un mes después del divorcio, ya paseaba del brazo con Mari. La espalda, milagrosamente curada.
Dicen que con Mari no se anda con tonterías…
Pero a Lucía ya no le importa.
Aprende a vivir.
Marta la apuntó a un spa.
Pedro la invitó a la montaña—como en su juventud.
Nunca es tarde para empezar de nuevo.
Al principio cuesta, pero luego… todo fluye.
La vida, al fin, es más ligera cuando decides soltar lastre.





