**El Misterio de la Fotografía Antigua**
Pablo y Alba estudiaban en la misma clase. Alba era una chica como cualquier otra, sin nada especial. Pero, quizás por el destino o porque algo en ella cambió, un día Pablo la miró con otros ojos, como si no la reconociera, y de pronto el mundo se volvió distinto para él, lleno de colores y emociones nuevas.
Después de clase, la esperaba a la salida de la universidad. Pero ella pasó corriendo a su lado sin verlo y se acercó a un joven, con quien se marchó. Pablo se quedó allí, observando cómo se alejaban, sintiendo cómo la decepción y el enojo le hervían en el pecho.
¿Qué esperaba? ¿Que Alba estaría ahí, esperando a que él se dignara a fijarse en ella? Era natural que una chica como ella tuviera novio.
Un día, Alba llegó a clase con los ojos rojos de tanto llorar. Estuvo callada y distante toda la jornada. Pablo volvió a esperarla a la salida. Esta vez no había nadie para recogerla, así que se armó de valor y se acercó.
—¿Vas a casa? —preguntó.
—No, a casa de mi abuela. Vive con ella ahora. Está enferma.
Alba le contó que su abuela tenía la tensión alta y problemas en las articulaciones. En primavera siempre empeoraba, tanto que ni siquiera podía salir.
Pablo caminaba a su lado, apenas escuchando las palabras de Alba, sintiéndose en el séptimo cielo. Su corazón latía con fuerza, y en su mente solo resonaba un nombre: Alba, Alba, Alba.
Vivía a tres paradas de la universidad.
—No te invito a pasar. Mi abuela no se encuentra bien —se disculpó Alba al llegar a su portal.
Al día siguiente, Pablo se acercó para preguntar por su abuela.
—Bien. Pero anoche vino mi madre con su nuevo marido. La abuela se puso tan nerviosa que le subió la tensión y tuvieron que llamar a una ambulancia. Ojalá no hubiera venido —contestó Alba con amargura.
*”Entiendo. No se lleva bien con su padrastro. Quizás por eso se mudó con la abuela.”* Pero Pablo no quiso indagar más.
Poco antes de los exámenes finales, la abuela de Alba falleció. Pablo estuvo a su lado todo el tiempo, consolándola. Después del funeral, Alba se quedó viviendo en el piso de su abuela.
—¿No te da miedo el fantasma de tu abuela? —bromeó Pablo un día, acompañándola a casa.
—No. Aunque no era un ángel, conmigo siempre fue buena —respondió Alba con una sonrisa triste.
Un día, Pablo reunió el valor para preguntarle por el joven que la recogía en la universidad. El rostro de Alba se ensombreció.
—Se casó con mi madre —dijo, bajando la mirada—. Ahora es mi padrastro.
Después del primer examen, Alba lo invitó a su casa. El piso, con muebles pesados y empapelados oscuros y desteñidos, tenía un aire nostálgico que a Pablo le gustó. Sobre la mesa había un álbum de fotos antiguo.
—¿Puedo? —preguntó señalándolo.
—Claro. Estaba buscando una foto de mi abuela para la lápida… —Alba se sentó junto a él en el sofá y comenzaron a mirar las fotos juntos, mientras ella le explicaba brevemente cada una.
—Esta soy yo de pequeña. Y estos son mis padres, cuando eran jóvenes. Yo todavía no había nacido.
—¿Tus padres se divorciaron? —preguntó Pablo, recordando el reciente matrimonio de su madre.
—Sí. Mi padre no aguantó el carácter fuerte de mi madre. Yo era muy pequeña cuando se separaron. Ahora tiene otra familia. No hablamos.
—¿Y esta? —Pablo señaló a una mujer mayor con una mirada fría y los labios apretados. Su carácter severo se notaba a simple vista.
—Así era mi abuela en los últimos años —dijo Alba, pasando la página.
—Aquí está más joven. ¿Ves qué guapa era? —Alba señaló otra foto.
Una joven de ojos negros y sonrisa radiante, vestida con un ligero vestido de flores, miraba a la cámara. Pablo no podía creer que fuera la misma persona.
Alba pasó otra página.
—Espera, vuelve atrás —pidió Pablo—. ¿Esta también es tu abuela? —preguntó señalando otra foto donde la joven aparecía abrazada a un muchacho—. ¿Quién es él?
—No lo sé. Un amigo o familiar, supongo. Mi abuela nunca miraba este álbum delante de mí, así que nunca pude preguntarle —dijo Alba, observando la expresión extraña de Pablo—. ¿Te pasa algo?
—Tengo que irme —dijo él de repente, cerrando el álbum con un golpe que levantó polvo—. Te llamo mañana —añadió ya en la puerta.
Pablo no fue a su casa, sino a la de su abuelo, que vivía al otro lado de Madrid. Durante el viaje, miraba por la ventana sin ver nada, perdido en sus pensamientos.
—¡Pablo! ¡Cuánto tiempo sin verte! Pasa, pasa —el abuelo lo recibió con alegría—. ¿Cómo van los estudios? ¿Y en el amor?
—Todo bien, abuelo. Hoy saqué un sobresaliente en el primer examen.
—¡Bien hecho! Voy a poner la tetera para celebrarlo.
Mientras el abuelo iba a la cocina, Pablo se acercó a la estantería.
—¿Qué buscas? —El abuelo apareció tan silenciosamente que Pablo dio un respingo.
—El álbum de fotos que tenías aquí…
—¿Para qué lo quieres? Ah, lo guardé abajo. —El abuelo abrió un cajón y sacó un álbum viejo—. Toma. ¿A quién buscas?
Pablo se sentó y comenzó a pasar las páginas. Su abuelo lo observaba con curiosidad. De pronto, entre las hojas, Pablo encontró la mitad de una foto rasgada.
—¿Eres tú? —preguntó—. ¿Por qué está cortada? ¿Quién estaba al otro lado?
El abuelo palideció.
—No me acuerdo. Nadie. Solo estaba esa mitad.
Pero Pablo vio el nerviosismo en sus ojos.
—Hoy estuve en casa de una chica. Me mostró el álbum de su abuela. Tenía la misma foto, pero entera. En ella, tú abrazabas a una mujer joven. Su abuela.
El abuelo se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro, agitado. El silbido de la tetera lo llamó a la cocina, pero no regresó. Pablo, preocupado, lo encontró sentado a la mesa, la cabeza entre las manos.
—¿Estás bien, abuelo? —preguntó, dejando la foto frente a él.
—¿Cómo se llama tu chica?
—Alba.
—¿Y su abuela?
Pablo recordó el nombre escrito en una foto que había visto en casa de Alba.
—María Isabel López. Pero dime, ¿qué había entre ustedes? ¿Antes de que conocieras a mi abuela?
El abuelo cerró los ojos.
—El destino es irónico. Por mucho que huyas del pasado, siempre te alcanza. —Suspiró—. Pablo, no te cases con esa chica.
—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver Alba con esto?
—Te lo explicaré, pero prométeme que pensarás bien las cosas.
El abuelo le contó entonces la historia de un amor joven, de engaños y decisiones que marcaron su vida. De cómo había amado a María Isabel, solo para descubrir que lo había utilizado. De cómo, años después, la había encontrado de nuevo, mendigando su atención con mentiras.
—Me costó olvidarla —confesAl salir de casa de su abuelo, Pablo miró el cielo estrellado de Madrid y comprendió que el amor no se elige, pero sí se decide cada día con honestidad, y esa misma noche llamó a Alba para empezar de cero, sin secretos.





