El matrimonio engañoso: un acto de venganza sobre el amor perdido.

Pues mira, te cuento esta historia como si estuviéramos tomando un café en la plaza. Resulta que Adrián se casó con Esperanza nada más que para fastidiar a Lucía. Quería demostrar que no le dolía después de que ella le pusiera los cuernos…

Con Lucía habían estado juntos casi dos años. El chico estaba loco por ella, habría movido cielo y tierra con tal de cumplirle sus sueños. Ya se veía poniendo el anillo, pero ella siempre esquivaba el tema:

—¿Para qué casarnos ahora? Ni he terminado la carrera, y en tu empresa no hay ni para pipas. No tienes coche decente ni casa propia. Y mira, no pienso vivir con tu hermana compartiendo cocina. Si no hubieras vendido aquel piso, otro gallo nos cantaría.

Adrián se lo tomaba a pecho, pero sabía que algo de razón tenía. Él y su hermana Alba vivían en el piso de sus padres, el negocio iba justito, y aún estaba terminando la carrera. Tuvo que ponerse las pilas antes de graduarse. Lo del piso lo vendieron entre los dos para sacar adelante el negocio familiar.

En medio año se les acumularon las deudas, pero la venta les permitió respirar: pagar lo pendiente, reponer stock y hasta ahorrar algo.

Lucía, en cambio, vivía el día a día sin preocupaciones, mantenida por sus padres. Pero Adrián se hizo mayor de golpe: hermana, negocio, facturas… Confiaba en que todo mejoraría —casa, coche, jardín—. Hasta que un día todo se torció.

Quedaron en ir al cine, pero Lucía le dijo que no pasara a buscarla, que iría sola. Adrián la esperaba en la parada cuando la vio llegar en un BMW. Bajó, le dio un libro y soltó:

—Lo siento, no podemos seguir. Me voy a casar.

Y se giró hacia el coche. Adrián se quedó de piedra. ¿Qué había pasado en los días que no se vieron? Al llegar a casa, Alba lo leyó en su cara:

—¿Ya lo sabes?

Él asintió.

—Se casa con un ricachón. Hasta me pidió que fuera su testigo. ¡Qué cara más dura! Llevaba meses viéndolo a tus espaldas…

Adrián abrazó a su hermana:

—Tranquila. Que sea feliz. Y nosotros, más.

Luego se encerró todo el día. Alba le insistió:

—Come algo, al menos. Hice tortilla…

Al anochecer, salió con los ojos llenos de rabia:

—Hay que prepararse.

—¿Para qué? ¿Qué se te ha ocurrido?

—Me caso con la primera que diga que sí.

—¡Estás loco! No puedes jugar así— protestó Alba.

—Si no vienes, voy solo.

En el parque, las chicas lo miraban como a un loco. Una se tocó la sien, otra salió corriendo… Hasta que una, mirándolo fijo, dijo sí.

—¿Cómo te llamas, guapa?

—Esperanza.

—¡Pues a celebrar el compromiso! —Y arrastró a Esperanza y a Alba a una tetería.

En la mesa, silencio incómodo. Alba no sabía qué decir. Adrián solo pensaba en venganza: quería casarse el mismo día que Lucía.

—Supongo que habrá un motivo serio para proponerle matrimonio a una desconocida —dijo Esperanza—. Si fue un impulso, no pasa nada, me voy.

—No. Dijiste que sí. Mañana vamos al registro y conocemos a tus padres.

Adrián le guiñó un ojo:

—Y de tú, ¿eh?

En el mes antes de la boda, se vieron todos los días. Una vez, Esperanza le preguntó:

—¿Me dirás por qué hiciste esto?

—Cada uno tiene sus trapos sucios —esquivó él.

—Lo importante es que no te atasquen.

—¿Y tú por qué aceptaste?

—Me imaginé como una princesa de cuento que se casa con el primero que pasa. Total, siempre acaban viviendo felices. Quise comprobarlo.

Pero la verdad era más complicada. Un amor pasado le dejó el corazón roto y los ahorros menguados, pero le enseñó a leer a la gente. A los pretendientes los espantaba con solo mirarlos.

No buscaba al príncipe azul, pero sí a alguien con cabeza y carácter. En Adrián vio determinación. Si no hubiera estado con Alba, lo habría ignorado.

—Entonces, ¿quién eres? —pensó Adrián en voz alta—. ¿Vasilisa la Sabia o la princesa rana?

—Con un beso lo sabrás —dijo ella, sonriendo.

Pero no hubo besos.

Adrián lo organizó todo: desde el vestido hasta el menú.

—Serás la más guapa —repetía.

En el registro, se toparon con Lucía y su novio. Adrián forzó una sonrisa:

—Enhorabuena —le dio un beso en la mejilla—. Que seas feliz con tu cartera con patas.

—No montes un número —respondió Lucía, nerviosa.

Miró a Esperanza: alta, elegante, una belleza que dejaba en ridículo a Lucía. Los celos le quemaban por dentro.

Adrián le susurró a Esperanza:

—Todo va bien.

—Aún estamos a tiempo de parar —dijo ella.

—No. Hasta el final.

Y solo al ver los ojos tristes de su esposa, Adrián entendió lo que había hecho.

—Te haré feliz —prometió, convencido.

Empezó la vida en común. Alba y Esperanza se llevaron de maravilla: una era fuego, la otra orden. Esperanza, experta en contabilidad, puso las finanzas en orden. En seis meses abrieron otra tienda y luego montaron equipos de reformas. Los ingresos se dispararon.

Era como Vasilisa la Sabia: sabía venderle las ideas a Adrián como si fueran suyas. Todo iba sobre ruedas, pero a él le faltaba aquel subidón que sintió con Lucía. Todo era previsible. «La rutina —pensaba—, un pozo que te atrapa».

Con Esperanza llegaron a construir casas llave en mano. La primera fue la suya.

Cuanto mejor le iba, más recordaba a Lucía: «Si hubiera aguantado un poco más, mira ahora el coche que tengo. Y la casa… ¡un palacio!». Se preguntaba: «¿Y si…?».

Esperanza notaba su tormento. Quería ser amada, pero el corazón no se controla. «No todos los cuentos tienen final feliz», pensaba, pero su nombre le daba esperanza.

Alba también vigilaba.

—Vas a perder más de lo que ganas —le dijo al pillarlo mirando el perfil de Lucía.

—¡No te metas!

—Eres tonto. Esperanza te quiere de verdad.

«Como si una cría me fuera a dar lecciones», pensó Adrián. Pero Lucía lo atraía. Y le escribió.

Lucía se quejaba: su marido la había echado sin un duro, no terminó la carrera, vivía de alquiler.

Adrián dudó. Pero con Esperanza fuera, visitando a su abuela enferma, decidió verse con Lucía. Condujo como un loco, sin mirar señales.

La realidad fue un jarro de agua fría…

—¡Qué buenorra estás! —Lucía se colgó de su cuello.

El olor a sudor lo golpeó. La apartó:

—La gente mira.

—¡Me da igual! —rió ella, con falda corta y maquillaje barato.

Nada que ver con su Esperanza. «¿Cómo no me di cuenta antes?», pensó, viéndola emborracharse con cerveza.

—Dame dinero y te lo agradezco —dijo Lucía, lamiéndose los labios.

Adrián no sabía cómo escapar.

—Lo siento, tengo cosas —llamó al camarero—. La cuenta.

—Yo me quedo un rato más —protestAdrián pagó la cuenta, salió del bar y volvió a casa, donde por fin entendió que la verdadera felicidad no estaba en el pasado, sino en los brazos de Esperanza.

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El matrimonio engañoso: un acto de venganza sobre el amor perdido.