El hombre tacaño

En una pequeña ciudad de montaña cercana a Ponferrada, donde el otoño se acomoda sobre los hombros del invierno y el hambre de tertulias silba más fuerte que el viento, hay una familia cuya forma de vida causa más de un “qué cosas”.

La urbe parece congelada en los años sesenta, cuando la tele en blanco y negro era todo un lujo y el pan se cortaba en rebanadas tan finas como el ahorro familiar. Allí vive don Antoni Sánchez, un hombre enjuto y curtido como un saco de patatas, dueño de un letrero rotulado “Carpintería Sánchez: Arreglos con alma y presupuesto ajustado”.

Junto a él, doña Lucía, su esposa, que guardaba en cada gesto el eco de los principios económicos de su marido. Y Carlos, su hijo, ahora un mozo alto y callado que caminaba por la vida con la misma parsimonia que su padre cuando cerraba el arco de las raciones de arroz.

— ¡Toma, Lucía! Hoy te tocan dos cucharadas, a mí tres. Para Carlos quedarán las sobras, claro, si es que llegan.
— Pero si ya es adolescente…
— ¡Adolescentes comen igual que ranúnculos! — zanjaba el hombre, cerrando con un sonoro “click” la caja de las provisiones, forrada con un candado viejo del que decía: “Nada de confianzas, ni siquiera con el hambre”.

Carlos aprendió a calcular el peso de cada palabra en la mesa como si fueran billetes. En el colegio dejaba pasar las piñatas y las excursiones, murmurando siempre que “la casa no daba para fiestas”. Sus únicas alegrías eran los libros del ayuntamiento y el gato Medianoche, que apareció una noche en el portal con un aire tan hambriento como el suyo.

— ¡Un gato aquí! ¿Con ideas de costearse el pienso con mis raciones de chorizo? — rugió don Antoni.
— Podré con menos chorizo…
— ¡Lárgate a la sierra, que te vaya el mundo a lo lindo!

Las lágrimas de Carlos acompañaron a Medianoche aquel frío atardecer.

Doña Lucía, con cuidado de no tocar el tema de la ración, intentó tantear el terreno:
— Antoni, tal vez podriamos…
— ¿Qué te da por ahí, mujer?
— Carlos necesita zapatillas nuevas. Las viejas se han…
— A él ya le bastará con moverse por el asfalto, que es gratis el ejercicio.

Un silencio cortado en tajadas, y luego la cachetada seca de la madrugada.

Cuando Carlos salió de casa, el cuento parece repetirse, aunque todo con euros en lugar de pesetas. En el internado, no cedía ni a las invasiones de los “cine-fanfarrones”:
— A ver, ¿dinero para la taquilla? ¿En serio? Ahórralo para cuando te deje de dar sueldo.
Hasta las chicas le preguntaban con curiosidad:
— ¿Y el chocolate en la merienda?
— Los gustos caros… no se me han pegado — decía sacudiendo la cabeza, convencido de que el amor provenía del ahorradero, no de los abrazos.

Hasta que apareció Aina. Una chica nueva, con sonrisa cortada con cuchillo y ojos que la llenaban de alegría.

— Carlos, ¿qué te pasa? Tienes cara de haber devorado una hucha.
— ¿Así me notáis?
— ¿Y si salimos a tomar algo? Invito yo.
— ¿No cuesta un rato?
— ¿Para conocerse? ¿Ves esta conversación como una inversión o una pérdida patrimonial?

A Carlos le roció la cabeza una tímida idea: ¿qué sería “gastar” sin calcular el precio con los ojos cerrados? Como se le había ocurrido desprenderse del peso de la hucha de su padre, aunque no del eco de sus consejos.

Casada con cierta sobriedad, Aina descubrió pronto que a Carlos le quemaba hasta el café.
— Hombre, ¿por qué no una vajilla nueva?
— Esto nos da ya.
— ¿Y si nos vamos al centro y nos tomamos una horchata?
— El ocio es como el dinero escondido… puede perderse.

Y Aina, cansada de pasar los días contando céntimos como si fueran granos de alpiste, explotó:
— ¿Vives o practicas el tacañaje?
— ¡No me compares con mi padre!
— ¡Si actúas igual! ¿Dónde está el hombre que me miraba como si Australia fuera factible?

El piso quedó en silencio, como si la guitarra de Málaga hubiera perdido sus acordes.

Un día Aina repitió lo que hiciera Lucía. Llenó una maleta y se fue.
— Lo que tú no ves es que lo más valioso no se cuenta en euros. Se mide en risas, en abrazos, o en un café compartido. ¡A por la vida, Carlos!

El mozo quedó mirando el fondo de la cafetera, vacía como su corazón.

Años más tarde, don Antoni se quedó sin hucha, sin raciones y sin nietos que le visitaran. En la puerta de la carpintería colgó un cartel: *Cerrado por falta de clientes y de salud*.

Por su parte, Carlos, ahora con Medianoche dormitando en el sofá, dejó un letrero en el escaparate de su nueva tienda: *Lecciones de economía y espíritu en una taza de café*. Con un apunte al margen: *Gratis, si lo tomas con alguien*.

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