El Hombre Más Importante

**El hombre más importante**

A principios de noviembre, el frío llegó de golpe. Del cielo caía una llovizna de agujas heladas, el viento arrancaba gorros y abría los abrigos. Almudena se alegró de que el suyo tuviera cremallera. Pero el viento la atravesaba igual, sobre todo en las piernas, enfundadas en medias finas y botas cortas. Encogida en la parada del autobús, parecía un gorrión acurrucado. Y el autobús no llegaba.

Un coche se detuvo junto al bordillo, y el conductor tocó el claxon. Los demás pasajeros se miraron y, por alguna razón, todos clavaron los ojos en Almudena. Ella se acercó al vehículo. La ventanilla bajó, y reconoció a un compañero de trabajo.

—Sube, antes de que te congeles. El autobús tardará —dijo él, sonriendo.

Sin pensarlo, Almudena se acomodó en el asiento del copiloto. Dentro hacía calor, y el aullido del viento desapareció.

—Gracias —musitó, ajustando el cinturón.

—No es nada. Paso por aquí todos los días, pero nunca te había visto.

—Suelo salir antes, pero hoy me entretuve —contestó ella.

Javier llevaba tiempo fijándose en esa mujer tranquila y reservada. Cuando entraba en contabilidad, ella lo saludaba con amabilidad y volvía a sus papeles. No cotilleaba ni coqueteaba como las demás. Al verla en la parada, sintió una punzada de alegría: quince minutos a su lado.

Antes, Pilar había sido igual de serena y callada. Pero después de la boda, cambió por completo. Se volvió caprichosa, irritable. Al principio, Javier pensó que era el embarazo. Luego nació la niña, y empeoró. Siempre descontenta, se quejaba de que Javier ganaba poco, de que los demás maridos eran hombres de verdad, de que a ella le había tocado un inútil. Que su amiga Lola se había comprado un abrigo de piel, que Marisa se fue a Canarias…

—Cuando acabemos de pagar la hipoteca, tendremos de todo —intentaba calmarla Javier.

—¿Hasta la jubilación? —gritaba ella, y la discusión volvía a empezar.

Una tarde, Javier regresaba a casa al anochecer. La luz de las ventanas apenas iluminaba el portal. Antes de entrar, un coche se detuvo, y una mujer salió disparada, riéndose con el conductor.

Por esa risa, reconoció a su esposa. Sintió un nudo en el estómago, un vacío que le quemaba. Comprendió que sus reproces venían de haberse enamorado de otro, de alguien con más dinero. Al subir las escaleras, aún escuchaba el taconeo rápido y el aroma de un perfume caro.

No hubo escándalo. Simplemente, hizo la maleta.

—¡Vete y no vuelvas! —chilló Pilar desde el dormitorio.

La niña corrió hacia él, abrazándolo.

—¡Papá, no te vayas!

—Lucía, no me voy de ti. Siempre seré tu padre.

A su hija la quería con locura.

Pilar apareció en el recibidor, cruzada de brazos.

—No pienses que te dejaré el piso —escupió.

Javier se volvió.

—Yo he pagado la hipoteca todos estos años. También necesito un techo.

—Los hombres de verdad dejan todo a sus familias —replicó ella, sarcástica.

—Pues yo no soy de esos. —Y salió.

En el juzgado, Javier escuchó en silencio, avergonzado, cómo Pilar lo acusaba de no traer dinero, de no ayudarla, de dejarla sola. La jueza la reprendió al notar su vestido de marca y sus botas italianas. El divorcio fue rápido.

Pero dividir el piso llevó meses. A Pilar no le gustaba nada de lo que proponía la inmobiliaria. Al final, eligió un apartamento con cocina amplia en el mismo barrio, mientras que a Javier le tocó un minúsculo estudio en las afueras. Pasaba las tardes arreglándolo, distrayéndose de la melancolía.

Un día, no pudo más y fue a esperar a Lucía al colegio. La niña se echó a llorar, abrazándolo. El corazón de Javier se partió. Llamó a Pilar y le pidió que dejara a Lucía ir con él algún fin de semana. Esperaba un nuevo drama, pero ella, extrañamente, accedió. Así empezaron sus visitas: cine los domingos soleados, tardes en su pequeño hogar.

Javier miró de reojo a Almudena. Ella miraba al frente, pensativa. Al llegar a su trabajo, se despidió con un gesto serio, sin coqueterías.

Esa tarde, la esperó en la parada.

—¿A qué hora sales de casa? —preguntó cuando ella se disponía a bajar.

—Me vas a malcriar. Uno se acostumbra rápido a lo bueno —sonrió ella antes de alejarse.

Al día siguiente, la esperó de nuevo. Primero fueron viajes al trabajo, luego el cine…

—Es un buen hombre. ¿Qué esperas? Antes que otra se lo lleve —le decía su amiga a Almudena.

—No digas tonterías. Con Pablo en plena adolescencia, no tengo cabeza para más.

—Por eso mismo. Necesitáis un hombre en casa —insistió.

Almudena lo pensó. Javier le gustaba. Era respetuoso, paciente. Pero temía la reacción de su hijo. Un domingo, lo invitó a comer. Pasó la mañana cocinando, haciendo empanadas.

—¿Vienen invitados? —preguntó Pablo al entrar en la cocina.

—Sí, para la comida. ¿Te quedarás?

—¿Tengo opción? —contestó, arisco.

—Claro que sí. Y lávate las manos antes de robar comida —le regañó, apartando su mano del plato.

Se vistió con elegancia, rizó su pelo, se maquilló levemente. Pablo la observaba, callado. Cuando llegó Javier, con flores y bombones, el chico se tensó. Durante la comida, respondió con monosílabos, hasta que se encerró en su habitación.

—No le caigo bien —dijo Javier, dispuesto a irse.

—No es eso. Llevamos toda la vida solos. Es celos. Necesita tiempo… —intentó tranquilizarlo Almudena.

Al marcharse Javier, ella entró en la habitación de Pablo. Estaba con los auriculares, frente al ordenador.

—Cariño, solo vino a comer. Tú crecerás, tendrás novia… ¿Y si a mí no me gusta? ¿Te gustaría que me comportara así?

Pablo ni siquiera la miró. Ella esperó un momento, pero él fingió no verla.

—Para mí, eres el hombre más importante. Si no quieres, no volverá —susurró antes de salir.

El lunes, Javier la esperaba en la parada.

—¿Qué tal tu hijo? ¿Me odia? —preguntó en cuanto ella subió.

—Necesita tiempo. En el fondo es buen chico. No está preparado para compartirme. Quizá me precipité al presentaros. Lo siento, pero su opinión es importante para mí.

Durante días, Almudena lo evitó. En la oficina no podían hablar, siempre había gente.

Así que Javier decidió ir a ver a Pablo. Sabía en qué instituto estudiaba. Una tarde, se plantó a la salida. Cuando el timbre sonó, los chicos brotaron como guisantes de una vaina.

Finalmente, apareció Pablo, rodeado de amigos. Al pasar junto al coche, Javier lo llamó.

—¿Qué? —Pablo se acercó, reacio.

—¿Tienes prisa? Quería hablar. Sube.

El chico dudó un siglo. Luego les gritó a sus amigos que siguieran y entFinalmente, el día de la boda, bajo el sol de mayo, Pablo sostuvo la mano de su madre mientras caminaban hacia Javier, que esperaba con los ojos brillantes, y en ese instante, el chico supo que a veces, compartir el amor no significa perderlo, sino multiplicarlo.

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El Hombre Más Importante