**La Broma**
Frente a un pequeño escenario, los invitados bailaban al ritmo de la música, liderados por el festejado: el jefe de Alejandro, quien celebraba sus sesenta y cinco años. *”Dios, qué hombre…”*, canturreaban las mujeres, siguiendo a la solista del modesto grupo musical.
Carmen y su marido, agotados del jolgorio, el vino y la comida abundante, permanecían sentados ante la mesa desordenada. En el otro extremo, dos colegas discutían acaloradamente, mientras un tercero dormitaba con la cabeza entre los brazos.
Carmen se acercó a Alejandro y le susurró al oído:
—¿Y si nos vamos? Todos están borrachos, ni se darán cuenta. Este ruido me está matando la cabeza. —Para reforzar sus palabras, se presionó las sienes con los dedos.
Alejandro escrutó la sala con mirada torva.
—Tienes razón, aquí no queda nada por hacer. Vámonos.
Salieron del restaurante sin que nadie los notara.
—¡Uf, qué alivio! —Carmen inhaló profundamente el aire fresco de la noche.
—¿Taxi? —preguntó Alejandro.
—No, demos un paseo. —Ella lo tomó del brazo, y caminaron lentamente por las calles oscuras.
—¿No te cansarán los tacones? —preguntó él.
—Entonces te tocará cargarme, como hace veinte años. ¿Te acuerdas? Me puse unos zapatos nuevos y me hicieron ampollas. Volvíamos del cine a pie porque no teníamos coche, y el transporte público ya no funcionaba. Me llevaste en brazos hasta casa. —Carmen suspiró.
Alejandro apretó su brazo contra su costado, confirmando que lo recordaba.
—Ay, qué jóvenes y enamorados éramos. Veinte años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Parece que fue ayer cuando nos casamos, cuando esperábamos a Lucía… Éramos tan felices. —Otra vez suspiró.
—Pronto me ascenderán, y eso significará más oportunidades y un mejor sueldo. Lucía nos dará un nieto. Y en otoño celebraremos mi jubileo. Tenemos salud. ¿No es eso motivo para ser felices? —preguntó Alejandro.
Carmen no respondió. Ya habían llegado a casa.
Ella se duchó primero, eliminando todo rastro de maquillaje. Salió del baño con el pelo aún húmedo, envuelta en una bata de felpa holgada. Alejandro, mentalmente, la comparó con Sofía, recordando la piel suave de su amante, su cuerpo joven y firme, esos ojos seductores, esa melena exuberante… *”Lo que los años hacen con las mujeres. ¿Será que Sofía, en dos décadas, terminará como Carmen? No, a ella no le pasará, siempre será joven para mí. Si estuviera aquí ahora…”*
Los recuerdos de su fogosa amante avivaron su deseo hasta tal punto que se metió bajo una ducha helada para calmarse.
A la mañana siguiente, sacó una camisa planchada del armario, con el leve aroma del suavizante, y descolgó la corbata que Carmen siempre elegía para él. Desde la cocina, el aroma del café recién hecho lo llamaba.
—Hoy quiero ir a la casa de campo. Seguro que las manzanas ya están maduras, haré compota y un pastel —dijo Carmen, colocando una taza de café frente a él.
—¿Para qué? El sábado podríamos ir juntos en el coche —murmuró Alejandro, mordiendo un bocadillo.
—Quedan tres días. Las manzanas se pudrirán. Además, quiero revisar que todo esté en orden.
—Bueno, como quieras. —Alejandro terminó el café y dejó la taza vacía sobre la mesa.
—Me quedaré a dormir allí. No volveré de noche, y no alcanzaré el autobús. Dejé tu cena en el frigorífico —dijo Carmen, mientras él salía de la cocina.
Se detuvo y se volvió.
—¿En serio piensas quedarte?
—Sí. ¿Por qué te sorprende? ¿O tienes planes que me incluyan? —Carmen esbozó una sonrisa triste.
—No. Solo… ten cuidado. —Él se dirigió a la entrada.
Poco después, la puerta se cerró de golpe.
Alejandro se subió al coche y encendió el motor. Antes de arrancar, marcó el número de Sofía.
—Hola, ¿te desperté? Cariño, tengo una sorpresa. Carmen se va a la casa de campo y se queda a dormir. Esta noche es nuestra —susurró con dulzura.
—Lo entiendo, mi amor —respondió la voz melodiosa de Sofía, seguida del sonido de un beso.
—Eres mi niña lista. Te espero esta noche. Ya te echo de menos. —Guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, subió el volumen de la radio y salió del estacionamiento.
Todo salía mejor de lo planeado. Su ánimo mejoró. *”Es hora de hablar con Carmen, decírselo todo y dejar las cosas claras. Sofía no para de preguntar cuándo estaremos juntos.”*
Después del trabajo, compró una botella de vino caro y frutas. Al llegar a casa, miró las ventanas de su piso. Oscuras. Carmen ya se había ido. Subió las escaleras de dos en dos, el corazón agitándose en su pecho. *”A mí tampoco me perdonan los años. Debería ir al gimnasio”*, pensó mientras abría la puerta.
Se desvistió en la entrada y, con las bolsas en mano, entró en la cocina. Allí, congelado en el umbral, la vio: una figura recortada contra la ventana, de espaldas.
—¿Tú… no te fuiste? —tartamudeó, intentando ocultar su decepción. *”Tengo que avisar a Sofía. Estará aquí en cualquier momento.”* —¿Por qué está todo a oscuras?
—¡Sorpresa! —dijo una voz alegre, y la figura se dio la vuelta.
Alejandro olvidó cerrar la boca. No podía creerlo. Casi suelta las bolsas. Encendió la luz y miró alrededor. Era Sofía. Llevaba el pelo recogido como solía hacer Carmen, por eso la había confundido. Respiró hondo y dejó las bolsas en la mesa.
—Bueno, ¿funcionó la sorpresa? ¡Deberías verte la cara! —Sofía se rió.
—Casi me da un infarto. Pensé que era Carmen. ¿Cómo…? ¿Cómo entraste? ¿De dónde sacaste las llaves? —preguntó, recuperándose.
—¿No estás contento? —Ella se acercó, lo abrazó, y Alejandro olvidó todo lo demás…
Por la mañana, abrió los ojos y miró el reloj. Aún había tiempo para quedarse un rato más. Volvió la cabeza: Sofía no estaba. Pero enseguida oyó el tintineo de una taza en la cocina, y el aroma del café llegó hasta el dormitorio. Sonrió, feliz, y se levantó de un salto, yendo directo a la ducha.
Salió del baño, aún desnudo, secándose el pelo con una toalla.
—Buenos días, cariño —canturreó una voz familiar.
Alejandro se paralizó. La toalla cayó de sus manos. Frente a él estaba Carmen, con su delantal de volantes.
—¿Tú? ¿Ya regresaste? —preguntó, cubriéndose instintivamente.
—¿Por qué te tapas? En veinte años, te he visto en todas. Vístete y ven a desayunar. —Carmen se volvió hacia la cocina.
Él corrió al dormitorio. Nada indicaba que Sofía hubiera estado allí. ¿Habrá sido un sueño? No, ella estuvo aquí. ¿DóAlejandro miró una última vez el delantal de Carmen colgado en la puerta y supo que, aunque el perdón tardaría en llegar, aún quedaba una débil esperanza de recomponer lo que había roto.





