**El marido confiado y el frasco de veneno**
—Hemos llegado, mamá —dijo Lucas al abrir la puerta del coche para su madre.
Carmen salió y alzó la vista hacia las ventanas de su piso. Suspiró.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Otra vez no te encuentras bien?
—No, hijo —respondió, mirándolo a los ojos. En ellos había una inquietud auténtica—. He vivido toda mi vida en este piso. Primero con mis padres, luego con mi marido. Aquí te traje del hospital, recién nacido. Eras tan hermoso —hizo una pausa—. ¿Te acuerdas cuando compramos las cortinas nuevas después de la reforma? Y ahora… —Volvió a mirar las ventanas.
Cuántas horas había pasado asomada a la cocina, esperando ver a su Nicolás cruzar el patio. En cuanto lo divisaba, comprobaba que la cena no se hubiera enfriado. Siempre dejaba el gas encendido bajo la tetera. A Nicolás le gustaba el té hirviendo, con azúcar en terrón. Nada de edulcorantes ni caramelos. Costumbres de pueblo.
—Vamos, mamá —la sacó de sus pensamientos Lucas, tocándole el brazo—. Laura debe estar esperando.
—Laura… —murmuró Carmen—. No ha venido a verme ni una sola vez. ¿Esperaba mi muerte?
—Basta ya, mamá —la cortó él con brusquedad.
Subieron al segundo piso del viejo edificio en el centro de Madrid. Lucas abrió la pesada puerta, donde aún quedaban marcas de los tornillos de la placa con el nombre de su abuelo: *«Luis Fernández Martín. Catedrático»*.
La nuera asomó la cabeza desde el pasillo, resopló y desapareció.
—Pasa, mamá. Ahora te preparo un té con limón, como te gusta —dijo Lucas.
Carmen entró en la habitación pequeña que antes había sido la de su hijo y, mucho antes, la suya propia, de soltera. Se dejó caer en el sofá desgastado, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
«¿Qué será de mí ahora?», pensó.
***
Carmen se casó tarde. Su padre, el catedrático, veía en ella a su sucesora, quería que continuara con sus proyectos científicos. Tuvo muchos pretendientes. *«No te apresures, hija. A esos chicos les interesa el apellido de tu padre, no tú»*, decía su madre.
Pero a los treinta se enamoró de un torpe joven becario. Su padre lo adoraba, le auguraba un gran futuro. Quizá por eso consintió el matrimonio. Un año después, su padre se jubiló y le cedió la cátedra a su yerno. Él y su madre se mudaron al campo, dejando el piso a los jóvenes.
Con Nicolás vivieron felices, pero no podían tener hijos. Carmen ya había perdido la esperanza cuando, por fin, llegó el embarazo. ¡Qué alegría compartieron! Al nacer Lucas, la ciencia quedó olvidada. Y Nicolás prefería que ella se quedara en casa criando al niño.
Él trabajaba día y noche en la universidad, publicaba artículos, escribía libros. No faltaron envidiosos. Cuando Lucas, llamado así en honor a su abuelo, cursaba secundaria, Nicolás murió de un infarto. No soportó las críticas de quienes lo llamaban *«arribista»*, *«seudointelectual»* que había medrado gracias al apellido de su suegro.
Carmen se quedó sola con su hijo. Nunca regresó a la universidad; ¿qué clase de profesora sería? Lo había olvidado todo. Vendió la casa de sus padres y con eso vivieron. Luego, Lucas terminó la carrera y empezó a trabajar.
Cuando su hijo trajo a Laura a casa, comprendió que era en serio. No valía la pena oponerse. Lucas estaba perdido por aquella belleza. Pero su instinto maternal le advertía de la chica. Preguntó: *¿De dónde eres? ¿Quiénes son tus padres?* Laura respondió con evasivas. Lucas, enamorado, le pidió que no la acosara.
Tampoco le gustó que ninguno de los familiares de Laura asistiera a la boda.
—Tiene problemas con su madre y su padrastro, y su padre está enfermo —justificó Lucas.
Y Carmen cedió. Si su hijo era feliz, poco importaba lo demás. Se esforzaría por llevarse bien con su nuera.
Preparaba comidas abundantes, pero Laura fruncía la nariz: *«No como dulces, cuido mi figura»*. Apenas probaba bocado.
—¿Para quién cocino entonces? —se quejaba Carmen.
—Mamá, déjala en paz. Que coma lo que quiera —replicaba Lucas, aunque él mismo cenaba a menudo fuera.
Laura decía trabajar, pero salía por las mañanas y regresaba al mediodía, cargada de bolsas de tiendas, con el pelo recién peinado.
Antes, Lucas y ella charlaban largamente. Él le contaba sus planes, le pedía consejo. Ahora se encerraba con Laura en su cuarto.
—Al menos no te piden vender el piso —consolaba su amiga.
Carmen se llevaba la mano al corazón. No quería perder aquel hogar en el centro, con sus techos altos y ventanales, donde habían vivido generaciones de su familia. Pero ¿y si Laura le llenaba la cabeza a Lucas? Capaz de hacerlo volverse contra ella.
Hasta que un día, Lucas les dio una alegría: Laura esperaba un bebé. Carmen se tranquilizó. Con un niño, necesitarían ayuda, y ella estaría ahí. Cambió su habitación por la más pequeña. *El bebé necesitará espacio*, pensó.
Pero entonces empezó a notar algo extraño: se dormía a cualquier hora, algo que nunca le ocurría. Se levantaba aturdida, como si tuviera la cabeza llena de algodón. Le costaba pensar.
Quería llamar a una amiga, pero no encontraba la agenda. Dos días después, aparecía en el lugar más obvio. Las gafas estaban siempre donde menos lo esperaba: hasta en la nevera. *¿Las puse yo ahí?* No se atrevía a decírselo a Lucas.
Con el cambio de habitación, parecía haber cedido también el mando de la casa a Laura. Le daba apuro salir de su cuarto. Pasaba los días durmiendo. Cuando despertaba, las piernas no le respondían. A veces ni llegaba al baño. Se avergonzaba; no era vieja, nunca le había pasado.
Una noche, despertó y creyó ver a Nicolás junto a la cama. Oyó la risa de Laura y se sobresaltó.
Cuando Lucas llegó, Laura corrió a contarle que su madre ya no controlaba sus necesidades, que confundía a su padre con un fantasma. Carmen intentó explicarse, pero las palabras no le salían. Lucas llamó a urgencias.
En el hospital no hallaron nada anormal. Al día siguiente, se sintió casi recuperada. La dieron de alta tras una semana. Allí tuvo tiempo de reflexionar.
***
—Mamá, te traje el té —escuchó Carmen y abrió los ojos.
Lucas estaba ahí, con una taza y unas galletas.
—Gracias, hijo —sonrió.
Bebió y, poco después, la debilidad la envolvió de nuevo. *«Será el cansancio»*, pensó antes de dormirse.
Despertó de noche. La casa en silencio. No sabía si era tarde o temprano. Le ardía el estómago. *¿Enfermé de nuevo? ¿O será otra cosa?*
Fue a la cocina, miró la nevera. No tenía hambre. Calentó leche, como en su infancia, y el ardor cedió. Regresó a su cuarto y volvió a dormirse.
Por la mañana, entró en la cocina. Laura preparaba té.
—¿No trabajas hoy? —preguntó Carmen.
—Tengo cita en el ginecólogo —respondió.
La mirada de Laura se desvió hacia un pequeño frasco oculto tras la azucarera, y Carmen entendió por fin el secreto que amenazaba su vida.





