El Misterio de la Fotografía Antigua
Alberto y Lucía estudiaban en el mismo grupo de la universidad. Ella era una chica como cualquier otra, sin nada especial. Pero quizás llegó el momento de enamorarse o algo cambió en Lucía, porque un día Alberto la miró con otros ojos, como si no la reconociera, y el mundo entero se volvió del revés para él, transformado por el amor.
Después de clase, esperaba a Lucía a la salida de la facultad. Pero ella pasó corriendo a su lado sin verlo, acercándose a un joven con el que se marchó juntos. Alberto se quedó allí mucho tiempo, mirando cómo se alejaban hasta desaparecer en la distancia, intentando dominar la decepción y la rabia que le ardían en el pecho.
¿Qué esperaba? ¿Que ella aguardaría a que él, por fin, la viera de verdad? Era natural que una chica como Lucía tuviera novio.
Un día llegó a clase con los ojos hinchados de tanto llorar. Estuvo callada y ensimismada todo el día. Alberto volvió a esperarla a la salida, pero esta vez nadie fue a recogerla, y se atrevió a acercarse.
«¿Vas a casa?»
«No, a casa de mi abuela. Ahora vivo con ella. Está enferma.»
Lucía le contó que su abuela sufría de presión alta y dolores en las articulaciones, que en primavera empeoraba y apenas salía de casa. Alberto caminaba a su lado, apenas escuchando, sintiéndose en el séptimo cielo. Su corazón latía con alegría, y en su mente solo resonaba un nombre: Lucía, Lucía, Lucía.
Vivía a tres paradas de la universidad.
«No te puedo invitar a pasar. Mi abuela no se encuentra bien», se disculpó Lucía al llegar a su portal.
Al día siguiente, Alberto le preguntó por su abuela.
«Regular. Anoche vino mi madre con su nuevo marido. La abuela se alteró tanto que le subió la presión y tuvieron que llamar a una ambulancia. Ojalá no hubiera venido.»
«Ya veo. No se lleva bien con su padrastro. Quizá por eso se mudó con la abuela.» Pero Alberto no quiso indagar más.
Poco antes de los exámenes de verano, la abuela de Lucía falleció. Alberto estuvo a su lado todo el tiempo, apoyándola y consolándola. Después del funeral, Lucía se quedó viviendo en el piso de su abuela.
«¿No te asusta el fantasma de tu abuela?», bromeó Alberto una vez, acompañándola a casa.
«No. Era de carácter difícil, pero conmigo siempre fue buena.»
Un día, Alberto reunió valor y le preguntó qué había sido del chico que la recogía en la facultad. Lucía palideció y, frunciendo el ceño, respondió que se había casado con su madre.
«Imagínate, ahora es mi padrastro», dijo Lucía, ocultando el rostro entre las manos.
Tras el primer examen, Lucía lo invitó a su casa. A Alberto le gustó el piso, lleno de muebles antiguos y paredes con empapelado oscuro descolorido. Sobre la mesa había un álbum de fotos viejo.
«¿Puedo?», preguntó señalándolo.
«Mira. Estaba eligiendo una foto de mi abuela para la lápida.» Lucía se sentó junto a él en el sofá y ambos miraron las fotos familiares mientras ella daba breves explicaciones.
«Esta soy yo pequeña. Y estos, mis padres jóvenes. Yo aún no había nacido.»
«¿Tus padres se divorciaron?», preguntó Alberto, recordando que su madre se había vuelto a casar.
«Sí, mi padre no aguantó el carácter explosivo de mi madre. Yo era pequeña cuando se separaron. Ahora tiene otra familia. No hablamos.»
«¿Y esta?», preguntó Alberto, señalando a una mujer mayor de mirada severa y labios apretados.
«Así era mi abuela, sin adornos. En los últimos años era así.» Lucía pasó la página.
«Aquí está más joven. Guapa, ¿verdad?» Su dedo señalaba a una muchacha sonriente de vestido floreado. Alberto no podía creer que fuera la misma persona, pero no comentó nada.
Lucía siguió pasando páginas.
«Espera, vuelve atrás», pidió Alberto. «¿Esta es tu abuela?», preguntó señalando otra imagen donde la joven aparecía cogida del brazo de un hombre. «¿Quién es él?»
«No lo sé. Un amigo o familiar. Nunca mirábamos el álbum juntas, así que no pregunté.» Lucía lo miró intrigada. «Alberto, ¿qué te pasa?»
«Tengo que irme.» Cerró el álbum bruscamente, levantando una nube de polvo. «Te llamo mañana», dijo ya en la puerta. Dudó un instante, como si quisiera añadir algo, pero salió sin más.
En vez de volver a casa, Alberto fue a ver a su abuelo, que vivía al otro extremo de Madrid. Durante todo el trayecto, miró por la ventanilla del tren sin ver nada, sumido en sus pensamientos.
«¡Alberto! ¡Qué sorpresa! Hacía tiempo que no venías. Pasa.»
«¿Qué tal los estudios? ¿Aprobando todo? ¿Y el amor?», preguntó el abuelo mientras Alberto se quitaba las zapatillas.
«Todo bien. Hoy saqué un sobresaliente en el primer examen.»
«Fenomenal. Pues pongo la tetera y lo celebramos.» El abuelo se fue a la cocina, y Alberto se acercó a la estantería.
«¿Qué buscas?», preguntó el abuelo, apareciendo tan sigilosamente que Alberto se sobresaltó.
«El álbum de fotos que solías tener aquí…»
«¿Para qué lo quieres? Lo guardé abajo.» El abuelo abrió un cajón y sacó un álbum viejo. «Toma. ¿A quién buscas?»
Alberto se sentó en el sofá y comenzó a hojearlo. El abuelo lo observaba perplejo hasta que, de pronto, Alberto encontró entre las páginas la mitad de una foto cortada.
«Este eres tú. ¿Por qué está partida? ¿Quién salía en la otra mitad?»
El abuelo se estremeció como si le hubieran golpeado.
«No me acuerdo. No había nadie más.» Pero en sus ojos había inquietud.
«Verás, hoy estuve en casa de una chica y me enseñó el álbum de su abuela. Ahí había la misma foto, pero entera. En ella aparecías abrazando a una mujer joven, su abuela.»
El abuelo se levantó de un salto y empezó a pasear nervioso por la habitación. El silbido de la tetera lo llevó a la cocina, pero no regresó. «¿Qué hace tanto tiempo?», pensó Alberto.
Lo encontró sentado a la mesa, la cabeza entre las manos.
«Abuelo, ¿te encuentras mal?» Alberto dejó la mitad de la foto sobre la mesa.
«¿Cómo se llama tu chica?», preguntó el abuelo alzando la mirada.
«Lucía.»
«¿Y su abuela?»
Alberto recordó haber visto en casa de Lucía una foto con fechas y nombre completo al dorso.
«Se llamaba… ¿La conociste bien? ¿Antes de casarte con mi abuela?»
«Dime su nombre», insistió el abuelo.
«María Isabel Gutiérrez.»
El abuelo cerró los ojos.
«No existen coincidencias así. Por mucho que huyas del pasado, siempre te alcanza. Lo escondido acaba saliendo.» Respiró hondo.
Alberto notó cómo el abuelo parecía encogerse, envejecer de golpe.
«No querrás hablar de esto, pero yo amo a Lucía. Necesito saber qué hubo entre su abuela y tú. ¿Me lo contarás o seguirás guardando el secreto como un avaro? Prometo no decírseloEl abuelo apretó las manos y, con voz quebrada, comenzó: «María fue mi gran amor, pero también mi mayor arrepentimiento, y ahora el destino ha unido a nuestras familias de la manera más inesperada».





