El empresario pasó 16 años buscando a su hija desaparecida, sin saber que llevaba años viviendo y trabajando en su propia casa…

El empresario pasó dieciséis años buscando a su hija desaparecida, sin saber que ella llevaba mucho tiempo viviendo y trabajando en su propia casa…

Isabel lloraba desconsolada, hundiendo el rostro en la almohada. Sus sollozos desgarraban el silencio de la habitación. Alejandro no podía estarse quieto—paseaba de un lado a otro, intentando entender cómo había podido pasar algo así.

—¿Cómo se pierde a un niño? —preguntó, conteniendo la rabia.

—¡No la perdí! —exclamó Isa—. Estábamos sentadas en el banco, Lucía jugaba en el arenero. Había muchos niños alrededor, ya lo sabes. ¡No se puede vigilar a todos las veinticuatro horas! Y luego, de repente, todos se fueron… Busqué por todas partes, revisé cada rincón, y luego te llamé.

Su voz tembló de nuevo, y rompió a llorar con más fuerza. Alejandro se detuvo, se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro con suavidad.

—Perdona —dijo, más calmado—. Lo sé. No fue solo una pérdida. Se la llevaron. La encontraré. Lo haré, cueste lo que cueste.

La búsqueda de la niña de cinco años comenzó de inmediato. La policía trabajó día y noche, revisando patios, sótanos, parques y zonas boscosas. Se movilizaron todos los recursos, pero no había ni rastro. Parecía que la niña se había esfumado, como si la tierra se la hubiera tragado.

Alejandro envejeció diez años en una sola noche. Recordaba la promesa que le había hecho a su primera esposa en su lecho de muerte: que Lucía sería la niña más feliz del mundo, que la protegería con su vida. Dos años después de su muerte, se casó con Isabel. Ella insistió, diciendo que Lucía necesitaba cuidado femenino. La relación entre la niña y su madrastra nunca fue buena, pero Alejandro creyó que era algo temporal.

Durante un año, apenas salía de casa. A veces se ahogaba en alcohol; otras, ni siquiera probaba una gota. Mientras tanto, su joven esposa llevaba las riendas de la empresa, y a él le daba igual. Lo único que hacía cada día era llamar a la policía. Y siempre recibía la misma respuesta: “No hay novedades”.

Justo un año después de la desaparición, Alejandro volvió al parque donde todo empezó. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Un año… Exactamente un año sin ella…

—Bien hecho, llora. Las lágrimas limpian el alma —sonó una voz a su lado.

Alejandro se sobresaltó. Allí estaba Carmen, la conserje del barrio, que parecía llevar viviendo en aquel barrio residencial desde que se construyó. Era como si fuera eterna—ni envejecía ni rejuvenecía, simplemente formaba parte del paisaje.

—¿Y ahora cómo sigo?

—No como ahora. Ya ni pareces una persona. Y si Lucía aparece, ¿qué va a pensar al verte así? Además, ¿qué estás haciendo con la gente?

—¿De qué hablas? ¿Qué tiene que ver la gente?

—Pues que tu mujer está vendiendo la empresa. La gente se queda sin trabajo. Les diste esperanza y ahora los tiras a la calle como basura.

—Eso no puede ser…

—Pues así está la cosa. Y quién sabe, igual hasta intenta envenenarte. Entonces tu hija no tendría a quién volver.

Carmen se levantó y se fue sin despedirse, arrastrando la escoba por el asfalto con indiferencia.

Alejandro se quedó un rato más, luego se dirigió lentamente a casa. En una hora, se arregló. Al mirarse al espejo, le dio un vuelco el corazón—ahí había un anciano: delgado, demacrado, irreconocible.

Subió al coche, que no conducía desde hacía un año, y se dirigió a la oficina. Todo en él temblaba—sentía que volvía a la vida.

En la entrada, en lugar de la recepcionista de siempre, había una chica joven absorta en su móvil. Ni siquiera lo miró. En el segundo piso, en vez de su fiel secretaria, Adela María, había una recién llegada con demasiado maquillaje. Al verlo, intentó detenerlo:

—¡No puede entrar ahí!

Pero él la apartó y entró. La sorpresa lo esperaba dentro: Isabel estaba sentada en el regazo de un hombre joven. Al ver a su marido, saltó del lugar, arreglándose la ropa con prisas.

—¡Ale! ¡Puedo explicártelo todo!

—Fuera. Tienes dos horas para desaparecer de la ciudad.

Isabel salió corriendo, y su acompañante, pálido y sudoroso, se escabulló tras ella. Alejandro añadió con frialdad:

—Esto va por ti también.

Minutos después, reunió a todos los jefes de departamento. Llamó a Adela María, que se había ido cuando Isabel cambió a todo el personal clave.

—Intenté llamarle, pero no contestaba —dijo ella.

—Vuelva. La necesitamos.

Así empezó la reconstrucción de la empresa. Alejandro no salió de la oficina en casi dos días, reorganizándolo todo, recuperando contactos, despidiendo a los traidores. Al llegar a casa, sonrió con ironía—Isabel se había llevado todo lo de valor. Pero no le importaba. Solo esperaba que no se hiciera daño cargando tanto. Ya había bloqueado su acceso a las cuentas bancarias.

Sus conocidos movían la cabeza: ¿qué había pasado con aquel hombre afable y conciliador? Ahora en su lugar había un empresario frío y decidido, que no cambiaba de opinión.

Cinco años después, la empresa florecía. Diez años más tarde, era líder en la región, absorbiendo a la competencia. No solo lo respetaban—lo temían. Pero había tres personas que lo conocían de verdad: Adela María, la asistenta Manuela, y Carmen. Sabían que tras la máscara de frialdad había un dolor que nunca superó.

Una tarde, Manuela asomó la cabeza por la puerta del despacho.

—Alejandro José, ¿un momentito?

—Pase, claro.

Alejandro dejó los documentos, se estiró y sonrió:

—¿A qué huele? ¿Tortillas?

La mujer se rió:

—Adivinó. Me parece que las hace a propósito para que no pueda decirle que no.

—Puede ser. ¿Necesita algo?

—Alejandro José, desde que nos mudamos a la casa nueva, no me da abasto. La casa es grande, el jardín, las flores… Y yo no soy ninguna chiquilla.

Alejandro la miró alarmado:

—¿Quiere irse?

—¡No, no! Solo quería pedirle permiso para contratar a alguien que me ayude.

Alejandro frunció el ceño—odiaba los cambios, sobre todo en su hogar. En los últimos años, casi había cortado todo contacto con el mundo exterior, salvo lo estrictamente necesario. No había espacio en su vida para caras nuevas.

—Manuela, usted entiende… —empezó.

—Lo entiendo, Alejandro José —respondió ella con dulzura—. Pero perdóneme usted también—la otra casa era pequeña, acogedora. Esta es un palacete, con jardín, invernadero, flores… Y yo ya no tengo la energía de antes.

Asintió pensativo. Tenía razón.

—Vale —dijo al fin—. Pero que sea discreta. Nada de ruido, ni molestias.

—¿En quince años le he fallado alguna vez?

—Nunca —sonrió él—. ¿Y las tortillas?

—Ay, ya sabe cuál es mi debilidad —rió Manuela.

Al día siguiente, Alejandro no fue a la oficina. Como llevaba haciendo dieciséis años, fue al parque donde todo empezó. Al lugar donde un día cualquiera desapareció su hija. Iba cada año, como a un duelo. Se sentaba en el

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El empresario pasó 16 años buscando a su hija desaparecida, sin saber que llevaba años viviendo y trabajando en su propia casa…