El diario de los secretos

**Diario**

Tras la muerte de mi padre, Carmen y su marido decidieron vender la casa del pueblo. Carmen esperaba un hijo, necesitaban dinero para comprar un piso más grande.

Era un septiembre cálido. Carmen contemplaba el pueblo y ya no lo reconocía. En un año habían levantado vallas altas, y las casas viejas y derruidas habían sido reemplazadas por otras nuevas con tejados de colores. Solo su casa seguía igual.

Paco aparcó el «Seat» frente al porche. Carmen salió del coche y se desperezó. Silencio, y el aire puro le mareó un poco. Abrió la puerta principal y entró. La casa le pareció más pequeña, como si se hubiera encogido.

Nadie había vivido allí en todo un año. Después de la muerte de mamá, papá venía solo. El terreno era grande, pero él no plantaba nada, prefería ir al bosque o pescar. El año pasado insistió en venir, aunque ya estaba muy enfermo. Decía que aquí se respiraba mejor, que el aire lo curaba.

A principios de mayo lo trajeron. Fue entonces, dentro de la casa, cuando Carmen se dio cuenta de lo débil que estaba. No podía quedarse solo. Así que lo convenció para que volviera con ellos a la ciudad. Un mes después, se acostó para no levantarse más, y a finales de septiembre murió.

Carmen y Paco eran de ciudad, no vendrían mucho por aquí. Estaba lejos, y además solían pasar las vacaciones en la playa. Sin cuidado constante, la casa acabaría decayendo. Ya parecía abandonada. Por eso decidieron venderla mientras aún estaba en buen estado. Si con los años añoraran el silencio y el aire del campo, comprarían algo más cerca.

Los recuerdos la abrumaron y los ojos se le llenaron de lágrimas. La casa era herencia de sus abuelos. Primero murió mamá, luego los abuelos, uno tras otro, y el año pasado, papá.

Carmen se quedó mirando el retrato de una joven en la pared. Paco entró con una bolsa de cosas, se acercó y la rodeó con sus brazos.

—No recordaba esta foto. ¿Cuántos años tenías aquí? —preguntó él, observando la imagen.

—No soy yo, es mamá. Creo que tenía dieciséis o diecisiete, aún en el instituto.

—Te pareces mucho. Pensé que eras tú. —La miró a los ojos—. Dame el cubo, iré por agua y podrás hervirla para el té.

Carmen sonó la nariz y fue a la cocina. Volvió con un cubo de zinc.

—Estaba boca abajo. Pero enjuágalo. La fuente está dos casas más allá —dijo, entregándoselo.

—Lo sé —respondió Paco, saliendo con el cubo vacío y haciéndolo crujir.

Carmen encendió la placa eléctrica, pero no funcionó. «Los plomos», recordó. Estaban en la estantería bajo el contador. Los colocó y tocó el disco metálico: ya se calentaba.

Miró alrededor. No se llevaría nada, salvo la foto de mamá. Iría a ver a los vecinos, quizá alguno quisiera algo.

Después del té, visitó a la vecina. No había una valla alta separando sus casas.

—¿Van a vender? —preguntó la tía Margarita.

—Sí —asintió Carmen.

—Pasaré a ver, aunque ya tengo bastantes trastos. ¿Les digo a los demás?

—Por favor —contestó Carmen, aliviada.

Volvió a casa. Paco revisaba qué podían quemar. Había que encender la estufa; la humedad impregnaba todo. Mientras él se ocupaba de la chimenea, Carmen subió al desván por una escalera que crujía bajo su peso.

—¿Quieres que vaya yo? —preguntó su marido, levantando la vista de unos papeles.

—No, yo puedo.

Antes, le daba miedo subir al desván. De noche, oía pasos sobre su cabeza, como si alguien caminara arriba. Papá decía que eran los gatos o que la casa crujía al enfriarse. Carmen se tapaba con la manta hasta dormirse.

El sol entraba por una pequeña ventana cuadrada. Motas de polvo bailaban en el haz de luz.

—No hay nada de miedo aquí —dijo en voz alta.

Su voz hizo que las sombras en los rincones retrocedieran. Evitó las telarañas colgando del techo, entre cuerdas donde la abuela tendía la ropa en días de lluvia. Abrió una caja: adornos navideños. «Qué curioso —pensó—, la abuela ponía árbol». Nunca había estado allí en invierno.

Otra caja guardaba juguetes que no reconocía. En un rincón, una rueca. Nada de valor. Al volver, vio el borde de algo asomando bajo una tabla, cerca del tejado.

Tiró del extremo y sacó un cuaderno amarillento, las hojas pegadas por la humedad. Eran anotaciones fechadas. Un diario. El diario de mamá.

No está bien leer diarios ajenos. Mamá llevaba años muerta, pero sus pensamientos seguían ahí. Aunque, ¿para qué se escriben, si no es para que alguien los lea algún día? ¿Por qué lo escondió bajo el tejado?

Se sentó en un cubo viejo y pasó las páginas, leyendo por encima. Algunas entradas eran largas; otras, apenas unas frases.

Abrió al azar y leyó:

*21.06.1988. Ayer llegó Javier. ¡Qué guapo está! Hoy nos vimos en el río. Ya nadaba cuando fui a bañarme. Al verme, salió del agua. Me saca dos cabezas. A su lado me sentí frágil, pequeña…*
*23.06. Me dijo que soy bonita. Me miró de un modo que me ardía la piel. Solo pienso en él…*

Carmen apartó la vista. Conocía a mamá como madre, no como una chica enamorada de otro que no era papá. Le incomodó. ¿Tenía derecho a leerlo? ¿Le gustaría a ella que alguien husmeara en su vida? Nunca llevó un diario; le parecía una pérdida de tiempo. ¿Escribir tonterías para releerlas décadas después? Una locura. Aunque, si hubiera algo que esconder, más valdría destruirlo que ocultarlo.

La curiosidad pudo más, y siguió leyendo. Pasó páginas donde mamá describía besos y confesiones de amor.

*25.08. Se fue, y no sé vivir sin él. Si fuera pájaro, volaría tras él. Quizá no vuelva el año que viene. Entrará en la universidad. ¿Se acabó todo? No quiero, no puedo sin él…*

«Pobrecita —pensó Carmen—. Una vez me dijo que sin penas no se valora la alegría. Ahora entiendo por qué».

La siguiente entrada era siete años después. Probablemente, mamá lo dejó en el pueblo.

*06.07.1995. Paco me convenció de venir a casa de papá. Tiene un trabajo nuevo y no tendrá vacaciones. No quiere que yo pase el verano en la ciudad asfixiante. Y papá necesita ayuda. Prometió venir los fines de semana. Papá se alegró. Ayer hice una tarta, casi como la de mamá. Se esfuerza, aunque aún la echa de menos. ¿Las casas también envejecen? Esta me parece más pequeña.*

Carmen se sorprendió: ambas habían pensado lo mismo al volver tras tanto tiempo.

*He cambiado yo, no la casa. Ahora me asfixia aquí. Vi a Javier. Maduro. Nos saludamos de lejos, y me encerré. Por la cortina, vi que miraba hacia aquí. Se acabó, ese tren ya pasó. Estoy casada y quiero a mi marido. Aunque el corazón me latió fuerte, no lo niego…*

*07.07. Vino al río cuando lavaba la ropa. Me fui rápido. No quería que—Mejor no seguir leyendo, no quiero saber más —susurró Carmen, cerrando el diario y guardándolo en su bolso mientras una lágrima resbalaba por su mejilla, decidida a dejar atrás los secretos del pasado y abrazar la vida que tenía por delante.

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El diario de los secretos