El destino de un corazón

Lucía estudiaba en la universidad y trabajaba por las noches, como muchos estudiantes. Su madre no podía ayudarla económicamente, y con solo la beca no llegaba a fin de mes en una ciudad grande.

Tras los exámenes de verano, se tomó unas semanas para visitar a su madre. Volvió descansada, cargada con botes de mermelada y verduras de la huerta, cuidadosamente empaquetadas por su madre. Al bajar del autobús en la plaza de la estación, la bolsa le pesaba el doble. Llegó arrastrándola hasta la parada del autobús urbano y la dejó en un banco con alivio.

Volvía a la ciudad con una mezcla de nostalgia y alivio. En casa de su madre estaba bien, pero después de dos años viviendo sola, se había acostumbrado a su independencia. Echaba de menos el bullicio, a sus amigos. Gracias al trabajo, había podido alquilar un pequeño piso y dejar la residencia.

Era diminuto, en un barrio residencial, pero barato. Las ventanas daban a un descampado cubierto de hierba alta, tras el cual se alzaba un bosque. Por la noche no se veía ni una luz, pero por las mañanas el sol entraba a raudales. Y en invierno, la nieve que cubría el terreno lo iluminaba todo, incluso de madrugada.

De pronto, un gemido suave. Lucía miró bajo el banco y vio un hocico puntiagudo y marrón. Dos ojos negros, grandes y saltones, reflejaban miedo y soledad. Solo entonces notó la correa atada a la pata del banco. Se agachó. El perro, un teckel, retrocedió temblando.

—No tengas miedo. Sal—. Tiró con cuidado de la correa.

El animal salió a rastras, gimiendo, listo para esconderse de nuevo al menor susto. Pero Lucía sujetó firmemente el extremo de la correa.

Respiraba rápido, la lengua fuera. Era un agosto sofocante. El teckel se había refugiado bajo el banco buscando sombra.

—Tienes sed—, murmuró Lucía. Había un quiosco cerca donde vendían bebidas.

—Una botella pequeña de agua, por favor—. Dudó un momento—. ¿Tendría algún bote de conserva vacío?

—¿No prefieres un vaso de plástico?— sonrió con ironía la tendera.

—Es para el perro. Ahí fuera hay un teckel atado. ¿Sabe cuánto tiempo lleva?

La mujer entrecerró los ojos, miró hacia el banco y suspiró.

—Qué cruel es la gente. Cuando abrí a las ocho, vi a un hombre bajarlo de un coche, atarlo y marcharse. No ha vuelto. Seguro que lo abandonó. Toma, pero está sin lavar—. Le pasó un bote de anchoas usado.

Lucía pagó el agua —que costaba el doble que en cualquier supermercado—, limpió el bote y lo llenó para el perro, que volvía a esconderse bajo el banco.

—Bebe, tranquilo.

El animal, calmado por su voz, se acercó olfateando y empezó a sorber ruidosamente. Cuando terminó, Lucía rellenó el bote.

—¿Qué hago contigo? Por la noche te pueden atacar los perros callejeros. ¿O prefieres que te cocinen los indigentes?— Se estremeció al decirlo—. Ven conmigo. No tienes opción.

Dejó su número en el quiosco por si aparecía el dueño, desató la correa y arrastró al perro reacio hasta el autobús. Pagó dos billetes, pero ni el conductor ni los pasajeros protestaron. El animal se quedó quieto en su regazo.

En casa, se arrinconó en el recibidor, olfateando aquel lugar extraño sin curiosidad. Lucía le improvisó una cama con una manta. El teckel se tumbó al instante, siguiéndola con la mirada.

—¿Cómo te llamarás?— Le fue diciendo nombres en voz alta—. ¿No? ¿Y Félix?

El perro ladró.

—Félix será—. Otra respuesta con un ladrido—. ¿En serio entiendes? ¿Cómo pudieron dejarte así?

Esa noche, Lucía escuchó sus uñas recorrer el suelo laminado. Félix exploraba la casa. Al menor movimiento, volvía corriendo al recibidor. Pero con los días se acostumbró, y la recibía con gemidos de alegría al abrir la puerta.

Como el patio estaba lleno de coches, lo paseaba por el descampado. Al alejarse de la carretera, lo soltaba. Temía que huyera, pero siempre volvía al oír su voz. Le sorprendía cómo corría entre la hierba con esas patas tan cortas.

Llegó septiembre, seco y cálido, y con él las clases. Lucía retomó sus turnos nocturnos. Félix pasaba horas solo, pero la esperaba con entusiasmo. Ya no concebía la vida sin él.

Una mañana de domingo, como siempre, fueron al descampado. Félix trazó círculos a su alrededor y, de pronto, salió disparado hacia el bosque. Lucía lo siguió, pero la hierba alta le entorpecía los pasos.

—¡Félix! ¡Vuelve!— Solo silencio.

*¿Habrá encontrado una madriguera?*

Un ladrido agudo, después un chillido, y luego nada. Corrió hacia el bosque, más claro de lo que parecía desde la ventana. Entre los árboles vio un claro donde unos adolescentes, de unos quince años, observaban algo en el suelo. Al oírla, se levantaron.

Entonces lo vio: Félix, clavado al suelo con una rama gruesa que le atravesaba el costado. Lucía se quedó paralizada.

El más alto arrancó de un tirón la rama. Félix se agitó, gimiendo, mientras la sangre brotaba. El adolescente avanzó hacia Lucía, blandiendo la rama afilada y ensangrentada. Era más alto que ella, y los otros dos lo respaldaban con sonrisas torcidas. Quiso gritar, pero no pudo.

Sus ojos eran fríos, vacíos, como los de un muerto.

Lucía sintió el peligro. Giró y echó a correr. La hierba le estorbaba, pero no se detuvo. *Que no me caiga, que no…* Escuchó pasos tras ella, el crujido de las ramas, como si respiraran en su nuca.

Ya veía su edificio, los coches aparcados. Un último esfuerzo…

Algo pesado la golpeó en la espalda. El dolor le cortó el aliento. Cayó de rodillas, esperando el siguiente impacto, que la rama se clavara…

Pero no pasó nada. Tal vez los chicos temieron ser vistos. Le habían lanzado una piedra y huyeron.

Lucía llegó cojeando a la carretera. Un coche plateado se detuvo. Un hombre joven bajó y la ayudó a levantarse. Cada respiración le quemaba la espalda.

—¿Quién te atacó?— preguntó él, pero ella solo señaló hacia el descampado.

—Tres… o cuatro. Adolescentes. Mataron a Félix. Le clavaron una rama.

—¿Tu novio?

—Mi perro. Por favor, ayúdeme a buscarlo… Se desangrará.

El hombre pareció aliviado al saber que era un animal.

—Espera aquí—. Detuvo otro coche, habló con el conductor, y ambos fueron hacia el bosque.

Lucía los perdió de vista. Se sentó en la cuneta y lloró.

Pasó una eternidad antes de que volvieran. Uno llevaba un bulto sangriento envuelto en su jersey.

—Está vivo. Vamos al veterinario— ordenó el hombre.

Lo colocaron en el asiento trasero. Lucía lo acarició mientras jadeaba, los ojos cerrados.

—No encontramos a nadie. ¿Los reconocerías?— preguntó él.

—Solo a—Solo a uno— respondió entre lágrimas, justo cuando Félix dejó de respirar en sus brazos.

Rate article
MagistrUm
El destino de un corazón