**Camino al corazón a través de las tormentas**
La vida de Marina se derrumbaba como un castillo de naipes. El divorcio de su marido le había arrancado el suelo bajo los pies, y ella, recogiendo los pedazos de su pasado, regresó a su pueblo natal en las afueras de Castilla-La Mancha. Su apoyo era su abuela, Verónica Jiménez, quien adoraba a Marina y a su hijo Miguel.
—Miguel es igualito a su padre, Álvaro— decía Marina con una sonrisa amarga—. Es lo único que me queda de aquel matrimonio, como un rayo de luz en la noche oscura.
—Ya te dije que no te metieras con ese golfo— refunfuñaba la abuela—. Se le veía venir: inconstante y encima aficionado a la botella. Si desde joven bebía, luego solo iba a peor. Y tú, con eso de: “¡Amor, amor!”, como si se te hubiera ido la cabeza.
—¿Para qué hablar de eso ahora, abuela?— suspiraba Marina—. Al menos tenemos a Miguel, y eso es lo importante.
—No te apenes, mi niña— la abuela la abrazó con fuerza—. No diré ni una palabra más. Mira qué guapa eres, ¡como para no encontrar a alguien mejor! Álvaro era un tonto, y punto.
—En el instituto, la mitad de la clase suspiraba por mí— Marina se arregló el pelo sin querer—. Pero ahora no estoy para romances. No confío en nadie. Todos son amables al principio, y luego…— hizo un gesto con la mano.
—No todos son como tu ex— replicó Verónica—. Mira, por ejemplo, Sergio. ¿Te acuerdas de cómo se volvía loco por ti? Un chico de oro: trabajador, sin vicios. Y sigue soltero. El último de vuestra clase— la abuela guiñó un ojo con picardía.
—Ay, abuela, no empieces— se quejó Marina—. No quiero pensar en nadie. Tengo que preparar a Miguel para el colegio, poner la casa en orden. Mis padres se quedaron en la ciudad cuando me fui, y ahora soy la dueña aquí. Y además tengo que ayudarte a ti…
—Ayudar está bien— asintió la abuela—, pero no te apures. Ocúpate primero de lo tuyo. Yo estoy bien, con setenta años aún tengo energía. Veros a ti y a Miguel es mi alegría. Y tus padres no os abandonarán, os echarán una mano. Quizás al jubilarse vuelvan. Entonces viviremos todos juntos: vosotros en la casa grande y yo en mi casita al lado.
—Eres una gallina clueca— Marina abrazó a Verónica y le dio un beso en la mejilla.
—Pero piensa en Sergio— la abuela le dio un suave pellizco, como cuando era niña—. Hombres como él no se encuentran en cualquier esquina.
Marina llevaba ya tres meses en el pueblo. Sergio, el tractorista local, no la perdía de vista. Él, como Verónica, creía que el matrimonio de Marina había sido un error del que aún no se recuperaba. Solo Dios sabía cómo y cuándo se habían puesto de acuerdo, pero cada poco coincidían en la tienda o en correos. La abuela susurraba noticias sobre Marina y Miguel, lamentando que su nieta siguiera sola.
Sergio se sonrojaba, suspiraba, pero temía otro rechazo. Verónica, viendo sus dudas, lo animaba:
—Ha cambiado, Sergio. Ha entendido muchas cosas. La belleza no lo es todo, no se vive de apariencias. Y tú eres justo lo que necesita: fiel, trabajador, cariñoso…
—Y nada guapo— se rio Sergio, pero enseguida se serenó—. La sigo queriendo, Verónica. Todos estos años solo he pensado en ella.
La abuela se emocionó y prometió ayudarlo.
—Pero no te apresures, muchacho. No la presiones. Aún tiene el divorcio reciente, solo lleva año y medio. Dale tiempo— aconsejó.
—¿Y si otro se la lleva?— se inquietó Sergio—. Ya la perdí una vez. No quiero que pase otra vez. Haré lo que sea para que sea mía.
—Entonces escúchame— sonrió la abuela con astucia—. Ayúdala en lo que necesite, pero sin agobiar. No demuestres tus sentimientos, sé discreto. Ya veremos.
—¡Vaya psicóloga está hecha, Verónica!— rio Sergio—. ¿Y eso funcionará?
—¡Claro que sí!— aseguró la abuela—. Y yo echaré un buen consejo por ti. Pero mira: si la haces sufrir, me romperás el corazón.
Sergio asintió, y una calidez le invadió el pecho, como si ya tuviera su bendición y el sí de Marina.
La primavera avanzaba. En los huertos, la tierra removida esperaba las semillas, y los grajos picoteaban entre los surcos. Una mañana, Marina escuchó el rugir de un tractor frente a su casa. Salió al patio en zapatillas, con una chaqueta vieja, y se sorprendió:
—Sergio, ¿qué es esto? ¿Para quién?— miró la carga de turba en el remolque.
—¡Para ti, claro!— gruñó Sergio, bajando del tractor—. La abuela lo pidió. Dijo que te lo trajera y punto. Abre la cancela. Espera, ¿en zapatillas? ¡Vete a vestir bien, que vas a resfriarte!— Él mismo abrió el portón, entró con cuidado y descargó la turba junto a la valla.
—¿Cuánto te debo?— Marina buscó su monedero.
—Nada. A la abuela, por ser jubilada, se lo dan gratis. Guarda el dinero— cortó Sergio, echándole un vistazo rápido antes de marcharse.
Al día siguiente, su hermano pequeño, Juan, un estudiante de instituto, pasó cuatro días esparciendo la turba por el huerto, también sin cobrar.
—Con mi hermano tengo cuentas pendientes— se encogió de hombros—. Me dijo que no aceptara nada, así que no acepto.
—¿Pero esto qué es?— Marina levantó las manos—. ¿Me han nombrada veterana? ¿Estamos en el comunismo?
La abuela confirmó las palabras de Sergio, radiante de satisfacción.
—Ahora tienes la tierra lista para la primavera. La turba la hará fértil por años. Planta lo que quieras.
Una semana después, Sergio llegó con un remolque de estiércol, dejándolo tras el jardín y cubriéndolo con plástico.
—Que quede ahí— dijo serio—. Alégrate de que sea gratis.
—Gracias, Sergio— sonrió Marina—. No sabía que eras tan mañoso. ¿Quieres entrar a tomar algo? Hice tortas de requesón.
Sergio casi saltó de alegría, pero, recordando los consejos de la abuela, contestó con calma:
—Otro día. Tengo mucho trabajo, muchos encargos. Toma, esto es para Miguel— le entregó una tableta de chocolate—. Todo el mundo me da dulces, pero no los como. No sé dónde meterlos.
Marina lo miró con ternura, aceptando el regalo.
—Gracias. La abuela, Miguel y yo te esperamos para merendar cuando puedas.
Sergio se fue cantando en la cabina del tractor, el corazón feliz. Y Verónica notaba cómo Marina se ablandaba. Evitaba hablar de Sergio, pero sonreía cuando su nieta mencionaba su generosidad.
Pronto aparecieron montones de arena y luego grava frente a la casa. Los vecinos cuchicheaban:
—¡Vaya mujer! Le gana a cualquier hombre. ¿Se habrá puesto a reformar? ¡Qué lista!
—Pero sola es difícil— suspiraban las ancianas—. Necesita casarse.
Cuando Sergio trajo la grava, Marina solo alzó las manos:
—¿Esto también entra en los beneficios de la abuela?
Ya lo había adivinado, conteniendo una sonrisa. Su corazón latía fuerte al ver a Sergio satisfecho.
—Deja de traer “regalos de la abuela”— rio—. ¡Ya no cabe más!
—Lo que dan, se acepta— respondió él, mirándola—Pues mañana vendré con cemento— dijo Sergio, y esa misma tarde, bajo la sombra del olivo, le pidió que fuera su esposa para siempre.





