No podía apartarme de la ventana. Mi pequeña Lucía dormía en mis brazos, pero yo seguía ahí, como clavada. Hacía ya una hora que vigilaba el patio.
Hacía un par de horas, mi marido, Antonio, había vuelto del trabajo. Yo estaba en la cocina, y él no entraba. Cuando salí al salón, le vi haciendo la maleta.
—¿A dónde vas? —pregunté, desconcertada.
—Me voy. Me voy de ti, con la mujer que amo.
—Antonio, ¿estás de broma? ¿Algo en el trabajo? ¿Un viaje?
—¡Que no lo entiendes! Estoy harto de ti. Solo Lucía ocupa tu cabeza, ni me ves, ni te cuidas.
—No grites, despertarás a Lucía.
—¡Ahí va! Otra vez solo piensas en ella. ¡Tu hombre se marcha y tú…!
—Un hombre de verdad no abandonaría a su mujer con un bebé —dije en voz baja y me fui con mi hija.
Conocía su genio. Si continuaba, armaríamos un escándalo. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero no se las mostraría. Cogí a Lucía de la cuna y me refugié en la cocina. Allá no iría; nada suyo había allí.
Lo vi por la ventana subir al coche y marcharse. Ni se volvió. Y yo, ahí clavada. Quizás esperaba ver reaparecer el coche, oírle decir que fue una broma estúpida. Pero nada sucedió.
Pasé la noche en vela. No tenía a quién llamar, a quién contarle mi desgracia. Hacía tiempo que mi madre no me necesitaba. Se alegró cuando me casé y luego me olvidó. Para ella siempre pareció existir un solo hijo: mi hermano pequeño. Amigas sí tenía, pero también madres como yo. Ahora estarían descansando. ¿Y de qué habrían servido?
Me dormí al amanecer. Intenté llamar a Antonio, cortó la llamada y me escribió: “No me molestes más”.
Entonces Luci lloriqueó y me acerqué. ¡No podía derrumbarme! Se fue, y que así sea. Tengo a mi niña, debo cuidarla. Pensar en cómo seguir adelante.
Al ver cuánto dinero quedaba en el monedero y en la cuenta, sentí pánico. Aunque pidiera a la casera cinco días para pagar el alquiler hasta cobrar la ayuda, tampoco me llegaría. Y había que comer. Podría teletrabajar, pero Antonio se llevó su portátil.
Me quedaban dos semanas pagadas para idear algo. Pero debía darme prisa.
Llamé a todos mis conocidos. Nada. Nadie me contrataría con un bebé pequeño. Para fregar suelos necesitaría dejar a Lucía con alguien una hora, o dos. Pero no había con quién. Mudarme apenas ayudaría. Alquilábamos ya un piso barato. La única salida sería ir con mis padres. Pero yo me casé tarde; mi hermano, sin embargo, pronto. Vivía con su familia en casa de mi madre: dos gemelos creciendo. Cinco personas en un piso de dos habitaciones. ¿Dónde encajaríamos Luci y yo?
Avisé a la casera que me mudaría cuando terminase la mensualidad. Estaba deshecha. Sí, podría alquilar una habitación en una residencia; las vi. Pero el vecindario era… indeseable. Escribí a Antonio pidiéndole ayuda para Lucía. Ni contestó. Ni lo leyó. Me habría bloqueado.
Faltaban cinco días para dejar el piso y empecé a embalar. Pocas cosas, pero necesitaba algo que hacer. Entonces, llamaron a la puerta.
Al abrir, me quedé atónita. En el umbral estaba Carmen Iglesias, mi suegra.
«¿Ahora más problemas?» pensé, dejándola pasar.
Nuestra relación siempre fue tensa. Sonrisas que cubrían cierta animadversión mutua. El día que nos conocimos, ya me dejó claro que yo no le gustaba. Como tantas suegras, creyó que su hijo merecía alguien mejor. Por eso, desde el primer día dije que no viviríamos juntas. No congeniábamos. Optamos por alquilar.
Cuando visitaba, solía soltar comentarios tipo “Elena, ¿has visto el polvo?”. Y mi comida… decía que era para cerdos. Cuando me quedé embarazada, aflojó un poco. Pero al nacer Lucía, declaró que la niña “no era de esta familia”, que Antonio debía comprobar si era suya.
Luci tenía medio año cuando Carmen empezó a reconocer rasgos familiares y la cogía un poco.
Antonio siempre intentó calmar las aguas. Decía: “Mamá me crió sola, por eso es así. Pide paciencia, no viene mucho”. Y aunque agradecería ayuda alguna vez, jamás le pedí nada.
Y ahora, ahí estaba ella, en el pasillo, tras la marcha de Antonio. Supongo que a rematar con una burla. Pero ya todo me daba igual.
La voz de Carmen me sacó de mis pensamientos.
—Venga, empaca rápido. Este sitio ya no es vuestro.
—Carmen…, lo siento, no le entiendo.
—¡No hay que entender! Empaca. Os venís conmigo.
—¿Con usted?
—¿Adónde ibas a ir, si no? ¿A casa de tu madre? ¡Allí estáis como chinches en un colchón!
—¿Lo sabe ya?
—¡Claro! Hoy el memo me contó. Tengo un piso de tres habitaciones. Cabemos todos.
No me quedó opción. Decidí correr el riesgo.
Al llegar a casa de Carmen, primero sentí miedo. Luego me enseñó la habitación para Lucía y para mí. Cuando deshice las maletas y acosté a la pequeña, bajé a la cocina.
—Elena, sé que nuestras relaciones nunca fueron buenas. Pero intenta entenderme… y perdóname, si puedes.
—Carmen, solo quería lo mejor para su hijo…
—¿Lo mejor? ¡Bah! —la interrump
Carmen continuó: “¡Bah! Fui una egoísta, pero tras esa llamada donde Antonio confesó su traición, vi mi error como madre criando a un hijo que repitió el abandono de su propio padre, así que acogí a Elena y Lucía como mi familia verdadera, creando un hogar donde años después, cuando ese hijo egoísta volvió pidiendo refugio con su nueva mujer, le expulsé sin dudar, mientras Elena encontraba amor en Vadim, dándome dos nietos más que hoy llenan mis días de dicha”.





