**Lo repartí como pude**
—Hola, mamá. —Carla intentó sonar normal, como si nada hubiera pasado, pero su voz sonó seca y forzada.
—¡Ay, Carlita! ¿Pero qué haces aquí? No te esperaba hoy. —respondió Lucía Martínez.
Carla miró fijamente a su madre. *«No te esperaba»*. Esas palabras se le clavaron como una espina, repitiéndose una y otra vez en su cabeza. *«No te esperaba»*. Últimamente, a Carla le parecía que nadie la esperaba en ningún sitio.
—¿Qué haces ahí plantada como un poste? Pasa, anda, que estoy en conservas. ¿Has venido por algo o solo de visita? ¿Todo bien con Adrián?
—Sí, mamá, con Adrián todo bien. Les alquilamos un piso por ahora. Javier pagó tres meses por adelantado, ya veremos después…
Carla observó a su madre, ocupada como siempre en sus tareas domésticas. Así había sido toda la vida. Desde pequeña, Carla estaba acostumbrada a que Lucía siempre tuviera prisa, siempre llegando tarde. *«Hay que ir más rápido»*, *«voy al súper, que han traído…»*, *«quédate en casa, que yo voy…»*, *«Carla, no molestes, ¿no ves que estoy trabajando?»*. Lucía siempre se preocupaba por lo material, mientras que a su hija solo le decía: *«espera»*.
—Carla, sírvete el té tú misma, que no tengo tiempo, aún no he esterilizado los tarros. ¿Vale?
—Vale, mamá. —Carla se sirvió el té, aunque no le apetecía nada.
—Bueno, ¿y a qué has venido?
—Mamá… dime, ¿nunca has pensado en divorciarte de papá? —preguntó Carla, titubeando.
—¿Qué? ¡No, mujer! ¿Para qué? Todos los hombres son iguales. ¿Qué pasa?
—Mamá… quiero pedir el divorcio.
—¡¿Qué?! ¿Pero qué ha pasado? ¿Se ha enrollado con otra?
Lucía se quedó helada, dejando el tarro a medio limpiar.
—Es que… somos tan diferentes. Adrián ya es mayor, vive con su novia. Creo que Javier y yo deberíamos separarnos…
—¡Pero por el amor de Dios, Carlita, qué tontería es esa!
—Hoy cumplimos veinticinco años de casados. Esta mañana ni siquiera lo mencionó. Solo preguntó dónde estaban sus calcetines y cuánto faltaba para el desayuno. Y ya está. —Carla tragó saliva, conteniendo las lágrimas.
—¿Y ya está? ¡Pero qué tonta eres, hija mía! ¡Vaya drama por un aniversario! A mí tu padre nunca me ha regalado nada, y yo tampoco. ¿Para qué gastar en tonterías?
Carla la miró, arrepintiéndose de haber ido a hablar con ella. Su madre nunca la entendía. Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—¡Y encima me pones a llorar! ¿Sabes el lío que es un divorcio ahora? El piso, la casa de campo, el coche… ¿Y el dinero en la cuenta? ¡Yo lo saqué en efectivo, lo tengo escondido! Y partirlo todo… ¡Con lo que costó reformar ese trastero!
Lucía seguía hablando de porcentajes y repartos, pero Carla ya no la escuchaba. Solo sentía que el peso en su pecho crecía.
—Mira, hija, vete a casa y olvídate de eso. Si quieres flores, te corto unos claveles del balcón, que ya se están marchitando…
—No, gracias. —Carla se secó la nariz.
—Como quieras. ¿Te vas ya? En el Mercadona han traído arena barata, ¿quieres que te guarde?
Carla negó con la cabeza y salió rápido. Estar en casa de sus padres se le hacía insoportable.
Se dirigió a la parada del autobús, pero al final cambió de idea y se fue caminando. Doblando por el paseo marítimo, el móvil sonó en su bolso. Por un segundo pensó que sería Javier, arrepentido por el aniversario. Pero en la pantalla apareció el nombre de su hijo.
—Adrián, hola.
—Mamá, ¿tienes un momento? Necesito hablar contigo.
—Claro, quedamos en el café de la esquina. ¿En media hora?
—Vale. ¿En cuál?
—En «La Tertulia», estoy cerca. Además, yo también quería hablar contigo.
Veinte minutos después, Carla ya estaba sentada. Adrián llegó diez más tarde.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. Solo me he pedido un café, no tengo hambre.
—Bien, yo tampoco tengo mucho tiempo.
—¿Qué querías contarme?
—Mira, mamá… es que… Aitana está embarazada.
Carla se quedó en blanco. Hacía solo unas semanas que Adrián se había ido a vivir con su novia. No le molestaba, pero convertirse en abuela a los cuarenta y cinco… no estaba en sus planes.
—Mamá, ¿estás ahí?
—Sí, es que… me ha pillado por sorpresa, cielo. ¿Estáis preparados?
—Claro, y si no, tú nos ayudarás, ¿no? ¿Tú qué me querías decir?
—Es que… hijo, ¿qué te parecería si tu padre y yo nos divorciáramos?
—¿Os vais a separar? ¿Qué ha pasado?
—Es que ya no somos los mismos. Hoy es nuestro aniversario, veinticinco años, y ni se ha acordado.
—Ah, bueno… pues haced lo que queráis, yo ya soy mayor. Bueno, me voy.
—Adiós, hijo…
Carla pagó el café y se fue a casa, aunque no tenía ganas. Por el camino entró en el supermercado y, al llegar, preparó la cena.
Javier llegó como siempre, cerca del anochecer. Cenó mientras hablaba del jefe y del coche nuevo de su amigo Antonio. Carla asentía, sin escuchar.
A la mañana siguiente, Javier se fue al trabajo. Carla fregó los platos, aún confusa. Por un lado, le dolía la indiferencia de su marido. Por otro, veinticinco años juntos… ¿romperlo todo por un aniversario olvidado? Quizá su madre tenía razón y estaba exagerando.
El móvil sonó de nuevo. Adrián.
—Dime, hijo.
—Mamá, lo del divorcio… he estado pensando…
—¿Crees que me he precipitado? Mira, yo misma he empezado a dudar…
—No, mamá, escucha. Si os divorciáis, hay que repartir lo de la casa antes, para evitar juicios. El piso se puede dividir en dos estudios. Y si vendemos la casa de la playa, con ese dinero Aitana y yo podríamos comprarnos algo. Es lo más justo, ¿no?
—Bueno, hijo… hablamos luego, ahora estoy ocupada…
—Vale, pero piénsalo, mamá. Así todos salimos ganando.
Carla no quería seguir escuchando. Solo quería llorar. Se cambió de ropa y salió al paseo marítimo, hasta su banco favorito. Ya había un hombre sentado.
—¿Le importa que me siente?
—¡Qué va! Siéntese. ¡Qué buen día hace!
—Sí… —asintió Carla.
—Parece usted triste. —observó el desconocido.
—No es el mejor día… —no quería entrar en detalles.
—¡Pero yo sé cómo animarla! —dijo el hombre, levantándose.
Volvió a los cinco minutos con dos helados.
—Dicen que el helado tiene hormonas de la felicidad. ¿Probamos? —le ofreció uno a Carla.
—Gracias. —se sintió algo ridícula, pero lo aceptó.
El helado estaba delicioso. Por un momento, Carla se sintió niña otra vez





