Destinos Opuestos

**Diario de un Hombre**

Cerca del final de la jornada laboral, el teléfono de Carlos sonó con la canción que Lucía le había puesto como tono. Contestó y escuchó su voz:

—Carlos, estoy en la peluquería. Ven a buscarme, ya sabes dónde.

—Vale, ahora voy —respondió él antes de colgar.

Sabía que Lucía solía pasar dos horas o más en el salón de belleza, así que, sin prisas, salió del trabajo y se dirigió hacia allí. Mientras esperaba, decidió entrar en una cafetería cercana.

—Ya llamará cuando termine —pensó, sentándose en una mesa. Un camarero se acercó al instante, y Carlos pidió algo ligero.

Había terminado de comer, revisado las noticias en el móvil y visto algunos vídeos, pero Lucía no aparecía.

—Me pregunto cuánto habrá gastado hoy en el salón —se dijo, aunque ella misma pagaba sus caprichos, o mejor dicho, su padre, un empresario adinerado.

Llevaban siete meses juntos. A veces, Lucía se quedaba en su pequeño piso de dos habitaciones; otras, cansada de la modestia, volvía a la mansión de tres plantas donde vivía con sus padres, su hija única, mimada y sin carencias.

Los padres de Lucía ya lo conocían, sobre todo su madre, que no disimulaba su desaprobación. Un informático de veintisiete años, sin gran porvenir… Pero Lucía debió de hablar con ella, porque nunca hubo comentarios directos. Aun así, Carlos notaba que no encajaba.

Él mismo empezaba a ver que Lucía nunca sería la esposa con la que soñaba, pero seguía dispuesto a casarse. Además, su poderoso suegro le había dejado claro:

—Quien haga feliz a mi hija, será feliz. Pero si la hace infeliz… —Carlos entendió el mensaje.

Lucía era caprichosa, pero hermosa. No entendía por qué perdía tanto tiempo en salones de belleza si ya era guapa de por sí. Tenía humor e inteligencia, pero era voluble y arrogante, quizá por el dinero que derrochaba sin control. El día anterior, le había anunciado:

—Carlos, dentro de diez días nos vamos a las Maldivas. Papá pagará el viaje. Necesito descansar.

—Pero yo trabajo, Lucía.

—No importa, papá lo arreglará.

Sentimientos contradictorios lo invadían. Después de la charla con su padre, su deseo se había convertido en obligación, y eso lo agobiaba. Lucía empezaba a irritarlo. Todo giraba en torno al dinero de su padre. La relación se complicaba, y aunque sabía que eran de mundos distintos, aún pensaba en casarse.

Sumido en sus reflexiones, un voz lo sobresaltó:

—¿Carlos? —Un desconocido le sonreía como a un viejo amigo—. Soy Jorge, ¿no me reconoces?

Al fin lo recordó:

—¡Jorge! —Se levantó y se abrazaron—. ¡Cuánto tiempo! Doce años, ¿no?

—No te reconocía. Te has vuelto un hombre —dijo Jorge, dándole una palmada en el hombro.

—Tú también. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a ver a mi hermana, Verónica. Estudia en el conservatorio y hoy tiene un concierto. No entiendo mucho de música clásica, así que esperé aquí.

—¡Verónica! ¿Cómo está?

—Es un talento. Una chica de pueblo que entró al conservatorio sin padrinos…

—¡Me encantaría verla!

—No hay problema. Dentro de un rato me llama y vamos juntos. ¿Estás solo?

—No, espero a Lucía, mi novia. Está en el salón de belleza.

—Perfecto, nos vemos entonces —dijo Jorge antes de irse.

Carlos recordó los veranos en el pueblo, donde sus padres lo llevaban a casa de su abuela. Los padres de Jorge y Verónica tenían una gran finca con casitas para turistas. El lugar era idílico: bosques, lagos, un río…

Se hizo amigo de ellos y pasó allí diez veranos. Después, en la universidad, dejó de ir. Su abuela falleció y vendieron la casa.

—Qué tiempos… Pescar en el lago, asar la comida en la hoguera, cantar con la guitarra —sonrió al recordar—. Y Verónica… Mi primer amor. Me pregunto cómo estará ahora.

—¿Sonreír solo es de tontos? —lo sacó de sus pensamientos la voz de Lucía.

—Por fin. Sonreía por una buena noticia —la observó, buscando cambios tras horas en el salón.

—¿Qué tal estoy? —preguntó ella, satisfecha.

—Bien.

—¿“Bien”? ¿Sabes cuánto cuesta este “bien”? Manicura, facial… Soy irresistible, ¿verdad?

—Como siempre —mintió él.

—Vamos a mi casa. Hay invitados —dijo Lucía, como si fuera una orden.

—No puedo. Voy a ver a unos amigos de la infancia.

Ella frunció el ceño, pero en ese momento entraron Jorge y Verónica.

—¡Carlos! —Verónica corrió hacia él y lo abrazó—. ¡Cuánto tiempo! ¡Qué hombre te has hecho!

Carlos quedó maravillado por su belleza y dulzura, pero la voz de Lucía lo devolvió a la realidad:

—Hola.

—Ah, os presento. Mi novia, Lucía.

—Hola —saludó Jorge, sonriente.

Los tres comenzaron a conversar. Lucía guardó silencio, con una actitud descaradamente grosera.

—Qué buenos tiempos, tumbarse bajo el manzano o nadar en el lago —dijo Carlos.

—Prefiero las Maldivas y la piscina de papá —replicó Lucía.

—¿Hay peces allí? —bromeó Jorge.

—Sí, en los restaurantes, donde yo los como —contestó ella.

Más tarde, al despedirse, Verónica preguntó:

—¿Vendrás al pueblo?

—Claro. Este fin de semana.

Lucía, al enterarse, anunció:

—Iré contigo.

—No hace falta. Te aburrirás —respondió Carlos, molesto.

—Llevaremos agua mineral. Allí no habrá buena.

—Llévate también un váter portátil y un microondas —replicó él, sarcástico.

En el pueblo, los padres de Jorge los recibieron con cariño. Comieron bajo el manzano y asaron carne. Carlos estaba feliz, pero Lucía arruinaba el ambiente:

—Carlos, la hierba me pincha. La carne huele raro. Me ha picado un mosquito. El sol me molesta…

Jorge y Verónica ignoraban sus quejas.

—Déjate de tonterías y disfruta —le dijo Carlos—. Si no, vete a la casa.

—Allí no hay mosquitos —admitió ella, y se retiró.

Más tarde, junto al lago, Carlos preguntó:

—Verónica, ¿tienes novio?

—Ahora no. ¿Por qué?

—Estás preciosa.

—También sé cocinar —rió ella—. Tu novia es guapa, pero…

—Sí, pero no hace croquetas. Solo sabe mentir —confesó él.

—Tranquilo, amigo —dijo Jorge—. Aprenderás a cocinar.

En el camino de vuelta, Lucía refunfuñó:

—Nunca más me traes aquí. La semana que viene, Maldivas.

—No iré —declaró Carlos.

—Si no quieres perderme, irás.

—No.

Guardaron silencio hasta la ciudad. Carlos pensó:

—Prefiero el manzano y el lago. No quiero casarme con Lucía. Menos mal que lo entendí a tiempo.

Al dejarla en su casa, ella preguntó:

—¿Seguro que no vas?

—No. Mejor al pueblo. No vamos por el mismo camino.

—Pues vete y olvídate de mí. Adiós.

Carlos respiró al

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