Destino en el Corazón: Decisión por la Vida

El destino en el corazón: la elección de la vida

Cuando entregó los análisis, Lucía sintió cómo el corazón se le encogía de pena. Dentro de ella crecía una personita —quizá una niña, rubia, con una sonrisa traviesa—. Pero el miedo y la desesperación ahogaban esos pensamientos. Subió a un autobús abarrotado rumbo a la consulta. Al bajar, en la parada, casi cae entre el gentío. De pronto, algo se deslizó de su hombro. Dio un grito: la correa de su bolso estaba cortada. Los ladrones se habían llevado todo: el dinero, los documentos, los resultados de las pruebas.

Las lágrimas le nublaron la vista, pero no había más remedio. Lucía regresó a casa. Parte de los análisis tuvo que repetirlos, otros los recuperó. La segunda vez, al salir del autobús, tropezó y se golpeó la pierna. El dolor le atravesó el cuerpo, y en su alma creció un temor supersticioso: «Si voy una tercera vez, no llegaré». Entonces tomó una decisión: el niño nacería. El miedo se desvaneció, y el corazón le pesó menos.

El embarazo transcurrió con calma. La ecografía confirmó que era una niña. Lucía ya imaginaba cómo la llamaría —Sofía—. Pero en la segunda ecografía, los médicos la dejaron helada: sospechaban un síndrome de Down en el feto.
—Hay que hacer una amniocentesis, un análisis del líquido amniótico —dijo la doctora mientras escribía la derivación—. Pero le advierto: el procedimiento tiene riesgos, podría provocar un aborto o una infección.

Con el corazón apretado, Lucía aceptó.

El día de la prueba, llegó a la consulta con Javier. Él se quedó en el pasillo, jugueteando nervioso con las llaves. Lucía entró en la sala con las piernas temblorosas. La médico conectó el aparato para escuchar el latido del feto. Sonaba tan rápido que parecía a punto de estallar.
—Esperaremos —decidió la doctora—. Le pondremos magnesio para calmarlo.

La enviaron al pasillo. Lucía se sentó, apretando las manos, mientras Javier intentaba animarla. Media hora después, la llamaron de nuevo. El latido se había normalizado, pero ahora la niña estaba de espaldas —en esa posición no podían tomar la muestra—.
—Esperemos un poco más —suspiró la doctora—. A ver si se gira.

A la tercera, todo fue perfecto: el feto se colocó bien, el corazón latía con ritmo. Le desinfectaron el vientre con yodo. El calor era insoportable, y la ventana de la consulta estaba abierta para que corriera algo de aire. La enfermera cogió la bandeja con los instrumentos, y en ese instante, una paloma entró volando. El ave, fuera de sí, revoloteó por la sala, chocando contra las paredes y pasando cerca de las personas. La enfermera gritó, la bandeja se le escapó de las manos, y los instrumentos cayeron al suelo con estrépito.

A Lucía la mandaron otra vez al pasillo. Javier, al oír el ruido, se levantó de un salto:
—¿Qué ha pasado?
—Entró una paloma, lo tiró todo —respondió ella, sintiendo cómo se le helaba la sangre.
—Lucía, es una señal —murmuró él—. Vámonos a casa.

Se marcharon sin mirar atrás.

En la fecha prevista, Lucía dio a luz a una niña. La llamaron Sofía —blanquita, traviesa, con unos ojos que brillaban—. Cuando Sofía cumplió diez años, Lucía, al ver su sonrisa, recordó aquel día en la consulta. La paloma, como un ángel, irrumpió en sus vidas para evitar un error. Sofía era sana, y cada una de sus risas le recordaba a Lucía que el destino había elegido por ellos.

Pero en su corazón aún latía la sombra del miedo. ¿Qué habría pasado si no hubiera escuchado las señales? ¿Si la paloma no hubiera entrado? Abrazaba a Sofía con más fuerza, sintiendo cómo el amor por su hija ahogaba todas las dudas. La vida no se volvió más fácil, el dinero seguía escaseando, pero Sofía —su pequeño milagro— valía todas las pruebas.

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