Este suceso ocurrió en el ya lejano año 1995. Por aquel entonces estudiaba en la Academia General Militar y, en plena jornada lectiva, me apartaron de las clases y recibí la orden de presentarme ante el director del centro.

Este episodio ocurrió en la lejana primavera de 1995. Todavía hoy recuerdo con claridad aquellos días en la Academia Militar de Zaragoza, donde estudiaba gracias al empeño de mi familia. Era un día cualquiera de clases, cuando de repente vino un teniente y me pidió que me acercara inmediatamente al despacho del director de la academia. Al llegar, me sorprendí al ver allí sentada a una mujer, claramente afectada y luchando por contener el llanto mientras se limpiaba las lágrimas con un pañuelo bordado de lino.

El director de nuestra academia era el General Don Antonio Pérez, un hombre de carácter férreo, veterano de la misión en Bosnia y con fama de justo y ecuánime. Se le respetaba e incluso temía, pero siempre tuve claro que, ante todo, era una persona de palabra. Nunca le vi como aquel día, tan abatido. Se me acercó y me habló en un tono inusualmente cálido:

Hijo, hoy no te hablo como superior, sino como compañero. Necesito tu ayuda.

Lo que haga falta, mi general, respondí sin dudar.

Es mi sobrino, está muy mal, continuó la explicación con voz ronca. Seguro que le recuerdas, terminó la Academia el año pasado y ahora estudia en la Facultad de Medicina Militar de Salamanca. Algo grave le ha pasado, y nuestra última esperanza es tu abuelo. Si puedes ayudarle, te lo agradecería como nunca.

No pregunté más; enseguida contactaron con mi abuelo, y quince minutos después íbamos hacia su casa en el viejo SEAT del general. Por suerte, era el primer día de vacaciones de mi abuelo, don Eusebio García, y le pillamos justo antes de que saliera hacia su casita en El Escorial. El paciente venía con nosotros. Aunque era alguien a quien había visto muchas veces, me costó reconocerlo: mirada vacía, ojos nublados, como perdido en otro mundo. Sinceramente, aquello me dio hasta frío.

Llegamos rápido y subimos al piso de mi abuelo. Nos recibió como siempre, con ese aire sereno de médico experimentado, y escuchó atento la historia de la mujer que no dejaba de llorar. Ella, la tía del chico, contó que siete meses atrás su hijo había ingresado en la Facultad de Medicina de Salamanca y, de pronto, sufrió un ataque durante una clase. Lo llevaron al hospital militar, le hicieron todo tipo de pruebas y no dieron con el motivo. Cada vez que le daban el alta, el ataque volvía a repetirse. Nadie sabía qué hacer, y las esperanzas estaban puestas únicamente en mi abuelo, uno de los neurólogos y psiquiatras más reconocidos de España.

Lo más curioso vino después. Mi abuelo se llevó al chico a una habitación y, a los quince minutos, volvió solo.

Ya está. Podéis iros a casa, dijo con total calma a la madre del chico y al general.

¿Y mi hijo…? ¿No necesita tratamiento? preguntó ella, alarmada.

Marchaos tranquilos, que nosotros nos vamos a El Escorial. Necesito ayuda para partir leña y, mira tú, éste tiene buen brazo para eso, respondió mi abuelo sin perder la compostura.

Entre despedidas y con la esperanza puesta en don Eusebio, dejamos que se llevara al chico a su refugio en la sierra. Nadie podía imaginar lo que vendría después.

Al mes siguiente, volví a recibir la llamada del general. Esta vez, tanto él como la misma señora esperaban en el despacho, pero sus rostros eran radicalmente distintos: ella sonreía, y junto a ellos estaba el muchacho, irreconocible de lo bien que se le veía. Se acercó, me dio la mano y me dio las gracias, gesto que repitió también el general, visiblemente aliviado. Nadie lo creía: un mes atrás el chico estaba completamente perdido y ahora, como si de un milagro se tratase, se encontraba completamente recuperado.

Reconozco que, intrigado, acabé preguntando a mi abuelo por lo sucedido. Me explicó que, tras las exigencias tremendas de la carrera y la vida universitaria, el cerebro del chico entró en un colapso total: tanta presión académica le dejó en un estado de bloqueo absoluto, incapaz de aprender o asimilar nada más. Lo único que necesitaba era desconectar. Así que, en cuanto llegaron a El Escorial, le encargó todo tipo de tareas físicas: partir leña, cargar sacos, limpiar el jardín… Desde las ocho de la mañana, duchado con agua fría, buen desayuno, y después a trabajar duro todo el día, sólo con pausas para comer y cenar. Por la noche caía rendido y dormía como un tronco. Tras varias semanas de este ritmo y sin abrir un libro, el chico fue recuperándose y su mente, finalmente, volvió a funcionar incluso mejor que antes.

Durante todo ese tiempo, mi abuelo no le dio ni una sola pastilla. Tan solo le entregó la medicina más antigua del mundo: el trabajo físico y el tiempo simple. Casi nadie sabe la cantidad de veces que fue capaz de lograr algo así, y me siento afortunado por haber podido presenciarlo. Qué historia más curiosa fue aquella.

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MagistrUm
Este suceso ocurrió en el ya lejano año 1995. Por aquel entonces estudiaba en la Academia General Militar y, en plena jornada lectiva, me apartaron de las clases y recibí la orden de presentarme ante el director del centro.