Llevo cuatro años casada y todo este tiempo mi marido ha sido un compañero casi perfecto, ni siquiera recuerdo discusiones serias entre nosotros.
Últimamente hemos empezado a hablar de tener un hijo, lo intentamos, lo planeamos, pero por ahora sin resultados. El problema es mi desequilibrio hormonal, pero ni por eso he recibido reproches de él. Hemos hablado de que, si no podemos tener uno biológico, consideraríamos la adopción.
Creía que teníamos una familia casi ideal, solo que faltaba algo de pasión en la relación, por eso no era perfecta del todo.
Tengo una buena amiga, Carmen, que aún no ha formado su propia familia, así que pasamos mucho tiempo juntas, y solemos ir de compras. Carmen es guapa, cuida su aspecto, va al gimnasio y además gana bien. Mi marido también la conoce, van al mismo gimnasio, aunque no coinciden mucho porque tienen horarios distintos.
Nunca he sido celosa y confiaba en él, hasta lo que pasó hace unos días. Era la hora en que mi marido volvía del gimnasio y salí a comprar pan para la cena. Entre los pasillos del supermercado me encontré con una escena fea: mi marido no solo estaba coqueteando con Carmen, sino que la tenía medio abrazada. Al verme, se separaron rápido, pero ya había visto suficiente. Me eché a llorar y salí corriendo, y él fue detrás de mí.
En la calle, mi marido me juró que no hubo ningún abrazo, que solo estaban cerca y a mí me pareció otra cosa. Lo explicó con tanta convicción que casi le creí, pero no pude.
Al llegar a casa, recogí mis cosas y me fui a casa de mis padres. No les conté nada, son de carácter fuerte y mi padre seguro que iría a buscar explicaciones. Ahora estoy aquí, intentando entender qué hacer. No tengo un motivo claro para divorciarme, pero tampoco puedo decir con seguridad que lo quiero. Carmen también me llama, pero no tengo ganas de hablar con ella, nunca se sabe qué dirá. Si empieza a insistir en que todo fue producto de mi imaginación, temo que solo empeorará las cosas. Ya no le creo, quizá solo intenta quedar bien.





