**Vacaciones de Infelicidad**
Todo el año soñamos con las vacaciones, las planeamos, esperamos regresar felices. Pero a menudo ocurre lo contrario…
Desde mayo, Álvaro y Carmen ya estaban planeando su viaje. Discutían sobre el destino y el alojamiento. Carmen quería ir a las playas de arena de Tarifa, con aguas poco profundas y cálidas, perfectas para su pequeño Mateo.
—¿Quieres ir con el niño?— preguntó Álvaro con frialdad.
—Lo dices como si solo fuera mi hijo. Claro que sí. ¿Qué pasa? La gente viaja hasta con bebés.
—Solo si no tienes con quién dejarlo. Pero nosotros tenemos a mi madre. Pídele que se quede con él, verás cómo no se niega. Llevarnos noches sin dormir, pañales y rabietas… ¿Eso es unas vacaciones?
Carmen sabía que tenía razón, pero no imaginaba separarse de Mateo por diez días enteros.
Su madre apoyó a Álvaro:
—Id vosotros solos, descansad. Con un niño tan pequeño solo os agotaréis, y él ni siquiera lo recordará.
—Mira el hotel que elegí. ¡Y las vistas! Desde los pisos altos se ve el mar— dijo Álvaro, girando la pantalla del portátil hacia ella.
—¿Qué importan las vistas? Vas a la playa, no a mirar el mar desde la ventana— respondió Carmen—. Además, son playas de piedras, no podrás tumbarte bien.
—Para eso están las tumbonas. Al menos no llevaremos arena hasta la habitación.
Álvaro siempre tenía argumentos. Y Carmen siempre cedía, porque lo amaba. ¿Qué más daba el destino o el tipo de playa? Con estar juntos, bastaba. En dos años y medio de matrimonio, nada había cambiado.
—Creo que es mejor ir en avión. Más caro, pero más rápido— propuso Álvaro.
Mientras, Carmen pensaba en Mateo. Aunque pequeño, notaría su ausencia, echaría de menos a su madre. ¿Podría su abuela manejarlo?
—¿Reservo el hotel?— la sacó de sus pensamientos.
—Sí, claro.
Sus visiones de la vida y la familia eran diferentes. Álvaro había crecido sin padres, criado por sus abuelos. Su abuelo murió cuando él terminaba el instituto; su abuela, dos años después.
Cuando se conocieron, Álvaro ya vivía solo. Pronto, Carmen se mudó con él, redecoraron juntos, construyendo su nido. Todos envidiaban a Carmen.
—Qué suerte tienes, Carmencita. Un novio guapo, con piso y sin suegra pesada— le decía su amiga—. No te descuides, que te lo quitan.
—¿Tú, por ejemplo?— reía Carmen.
—¿Y qué? Yo también soy guapa.
La primera decepción llegó un mes después de la boda, antes del cumpleaños de Carmen, cuando Álvaro le dijo sin rodeos que no invitara a su madre.
—Vendrán nuestros amigos, se aburrirá con nosotros.
—Es su día también. Me dio a luz, me crió… ¿Cómo le digo que no venga?— protestó Carmen.
—Invítala al día siguiente. Tomaremos café y pastel.
A Carmen no le gustó, pero amaba a Álvaro y no quería discutir. Su madre, si se sintió ofendida, no lo demostró. Al día siguiente, llegó con un elegante juego de té. Álvaro la colmó de halagos, la besó en la mejilla y agradeció por su hija. No hubo conflicto.
Así, en cada celebración, su casa se llenaba de los amigos de Álvaro, muchos sin hogar propio. Su madre nunca fue invitada.
—Si lo amas, debes aceptarlo como es— decía su madre—. Creció sin familia, no entiende su valor. Además, no pelees por mí. Qué importa un cumpleaños. Una esposa debe ser sabia y paciente. Si os peleáis, no habrá vuelta atrás. Tienes un hijo, necesita a su padre. Créeme, es duro criarlo sola.
Carmen dejó a Mateo con su madre y fue de compras. Tras el parto, había engordado; necesitaba vestidos nuevos y un bañador. Un día, se miró en el espejo con un vestido claro.
—¿Te gusta? Cuando me ponga morena, quedará genial— dijo, girándose hacia Álvaro.
—No mucho. Te apaga el rostro y te hace ver más ancha— respondió él sin mirarla bien.
Un frío la recorrió. Volvió al espejo, examinándose con severidad. Antes de casarse, era delgada, ágil, radiante. La lactancia la había redondeado.
—Antes te gustaba que tuviera más pecho— dijo, dolida.
El vestido ya no le gustó. Lo guardó en el armario.
—No te enfades. Pero el color no te favorece— intentó rectificar Álvaro.
Se acercaba el viaje. Carmen empaquetaba poco a poco, abrazaba a Mateo sin soltarlo. Se arrepentía de ir sin él. Mejor habrían pospuesto el viaje. ¿Tan necesario era el sur? Mateo merecía disfrutar del mar, la arena, el sol. Ya irían juntos algún día. Álvaro le enseñaría a nadar. Si es que…
Carmen ahuyentó el pensamiento. ¿De dónde venía? Nunca habían tenido una pelea seria. Se amaban. «Nada de ‘si es que’…», se ordenó.
Redujo las porciones, se pesaba diariamente. Sabía que, aunque adelgazara, nunca volvería a ser la chica de la que Álvaro se enamoró.
Dejaron a Mateo con su madre camino al aeropuerto. Álvaro impaciente, mientras Carmen lo besaba una y otra vez.
—Basta. Parece que te vas para siempre— su madre le arrebató al niño—. Ya se pone triste, lo nota. Idos antes de que llore.
Álvaro estaba emocionado como un niño. En el avión, bromeaba con las azafatas. Carmen ya había notado que, ante mujeres atractivas, él coqueteaba. Llevaban poco casados, y ya miraba a otras. ¿Qué sería después?
—Carmen, ¿quieres zumo? ¡Carme-en!— la llamó Álvaro.
—No, gracias.
—Deja de ponerte así. Mateo está bien con su abuela. Le traeremos conchas…
Y Carmen le sonrió, ahuyentando sus pensamientos.
La habitación del hotel era pequeña pero cómoda, con aire acondicionado. El mar, muy cerca.
—¡Libertad!— gritó Álvaro, levantándola en brazos y girando con ella antes de dejarla caer en la cama—. ¿Vamos a la playa?
—Sí. Ahora me cambio…
La playa estaba llena de gente bronceada. Carmen dudaba en quitarse la ropa, mostrando su piel pálida.
—Venga, desvístete. Cuanto antes, más rápido te pondrás morena— dijo Álvaro, quitándose los pantalones. Sus piernas blancas casi brillaban, pero no parecía importarle.
Carmen se desnudó. Al menos el bañador era discreto, ocultaba su vientre. Envidió a las chicas esbeltas con figuras perfectas.
El mar era cálido, suave. Los niños jugaban con zapatillas de agua. «A Mateo le costaría caminar aquí…», pensó.
Por supuesto, se quemó. Álvaro no quería irse. En un chiringuito, seguía con la mirada a cada chica que pasaba. Esa noche, la abrazó, intentando besarla.
—Duele— susurró ella.
Su piel ardía. Cada contacto dolía. Álvaro se apartó, mirando al techo.
—No es mi culpa…
Él giró bruscamente, dándole la espalda.
—Despierta, dormilona. Si no, no habrá tumbonas— le susurró al oído al día siguiente.
Parecía que la discusión se había esfumado. Pero su piel aún ardía. No seDespués de regresar, Carmen entendió que a veces el amor no basta para llenar los vacíos que deja la falta de respeto y honestidad, y decidió que su felicidad, y la de Mateo, valían más que cualquier sacrificio.





