Danza de dos: un relato que comenzó con una crisis hipertensiva

**Un Baile para Dos: Una Historia que Comenzó con una Crisis Hipertensiva**

Nieves Martínez llegó a un pequeño balneario en la sierra de Gredos con la esperanza de descansar de verdad por primera vez en años. Sin trabajo, sin llamadas, sin preocupaciones. Pero el descanso empezó con un giro inesperado: en el pasillo, una joven con bata blanca, asustada y desorientada, casi la atropella.

—¡Por favor, ayúdeme! ¡A un señor de la habitación de al lado le ha dado algo! ¡Necesitamos un médico!

—Soy médico —reaccionó Nieves al instante—. Enséñeme.

En la habitación, un hombre pálido yacía en el sofá. Nieves tomó el control: le midió la presión, diagnosticó una crisis hipertensiva y administró la medicación necesaria.

—Todo está bajo control —dijo cuando llegaron el médico de guardia y una enfermera—. Solo ha sido un pico de tensión, nada grave.

—Perdone, ¿usted trabaja aquí? —preguntó el hombre, recuperándose poco a poco.

—No, estoy de vacaciones. O al menos eso esperaba —respondió Nieves con una sonrisa.

Así conoció a Javier Méndez, su vecino de planta: un hombre elegante, con las sienes plateadas, mirada inteligente y una sonrisa ligeramente melancólica.

**Un Romance Fallido y una Tarde en la Glorieta**

Más tarde, Nieves lo vio cenando con una rubia espectacular, vestida con un ajustado vestido y una expresión de aburrimiento pintada en el rostro. En la mesa de al lado, una de las señoras susurró:

—Esa chica seguro que va detrás de su dinero, pero con su salud… Además, dicen que anda liada con el encargado del balneario. Por eso al pobre se le ha disparado la tensión.

Nieves lo escuchó de refilón. Sabía demasiado bien cómo eran esas historias. Su propio marido la abandonó por una más joven tras veinte años de matrimonio. Se fue buscando un “segundo aire”, y nunca miró atrás.

El engaño no la amargó, pero sí la hizo más cauta. El trabajo, sus hijos y una voluntad de hierro fueron su salvación. Y ahora, años después, sus hijos le habían regalado esta estancia para que, por fin, viviera un poco para ella.

Nieves había encontrado su refugio en una glorieta escondida del jardín. Allí hacía fresco, había silencio y las hojas susurraban historias al viento. Estaba leyendo cuando apareció Javier.

—¿Puedo unirme? Esto parece un rincón paradisíaco.

—Claro. Aunque me temo que su acompañante lo esté buscando.

—Que busque —se encogió de hombros—. Al menos así gasta energías en algo que no soy yo.

**El Baile que lo Cambió Todo**

La conversación se alargó. Javier resultó ser un hombre culto, con sentido del humor y mirada profunda. Hablaron hasta la hora de comer y, al anochecer, quedaron para pasear por los alrededores.

—Dígame, Nieves, ¿le gusta bailar? —preguntó de pronto.

—Hubo un tiempo en el que me encantaba…

—Pues vamos. Al lado de las señoras del comedor, nosotros pareceremos adolescentes.

Nieves rio. Rió y bailó. Y se sorprendió de lo ligera que se sentía.

Desde entonces, se veían a diario. A veces se unía la rubia, Marta, pero era evidente que se aburría. Los temas de conversación le resultaban ajenos, y las bromas, “demasiado intelectuales”.

**Celos, la Señal del Final**

Una tarde, Nieves escuchó una discusión en la habitación contigua. Una voz femenina gritaba histérica:

—¡Siempre estás con esa médica vieja! ¡Aquí no tengo nada que hacer!

Nieves sonrió. “Vieja”. Qué gracioso, viniendo de alguien a quien le sobraba juventud y le faltaba gracia y cerebro.

A la mañana siguiente, Marta se marchó. Javier, por fin, respiró aliviado.

Pero Nieves aún se preguntaba: ¿para qué todo esto? ¿Amistad? ¿Gratitud? ¿O solo buscaba tener un médico cerca por si acaso?

Aunque en todo ese tiempo, Javier nunca le había hablado de salud. Ni le había pedido consejo.

**Día Familiar, Día de Confesiones**

El domingo, los hijos de Nieves la visitaron. Su hijo con su mujer, su hija con los nietos. Hicieron una comida campestre fuera del balneario. Javier los observaba desde lejos.

Nieves lo invitó a unirse. Lo presentó como un vecino. Javier encajó a la perfección: ayudó con la parrilla, rio, escuchó.

Al caer la noche, cuando todos se fueron, se encontraron a la entrada del balneario.

—Está usted seria. ¿Todo bien?

—Es que ya se han ido los niños. Siempre duele un poco.

—Tiene una familia maravillosa, Nieves. Le envidio sanamente. Mi hijo y yo… no tenemos esa relación. Su madre murió en un accidente cuando él tenía diez años. Yo sobreviví; ella, no. Él se crió con mis padres. Yo me perdí en el trabajo y en… otras cosas. Después llegaron mujeres como Marta…

—Entiendo.

—El primer día que la vi,

Rate article
MagistrUm
Danza de dos: un relato que comenzó con una crisis hipertensiva