En Busca de una Amante — ¡Vaya, Román! — exclamó su esposo, ojos abiertos como platos, al ver a Var…

DIARIO DE UNA MAÑANA IMPREVISTA

¿Claudia, qué haces? preguntó Diego, atónito, al ver cómo su mujer le entregaba unos pantalones cortos y una camiseta.
Nada, Diego. Mientras tú aquí duermes, otras ya les han echado mano a todas las amantes disponibles me dijo mi mujer, mientras me arrancaba la sábana de encima. Sentí los escalofríos correrme por todo el cuerpo.
Pero ¿de qué hablas ahora?
Después de lo que soltaste anoche, de que ya te queda poco para buscarte una querida, he tomado una decisión. Ha sonado la hora, Diego. Son las cinco y media: te toca levantarte y enfrentarte al despiadado frente de la lujuria.
¡Pero que era en broma, mujer! ¿No recuerdas que discutimos? Perdona, me pasé…
No, no, lo dijiste perfectamente claro. La que se ha equivocado soy yo. He dejado que se apague nuestro fuego. Todo el carburante me lo gasté yo sola. Ahora sólo quedan las cenizas, que ni para asar una patata sirven. Lo voy a arreglar. Arriba.
¿Me echas de casa?
¡Te meto caña, más bien! Vas a ejercitarte todos los días hasta que desaparezca esa tripa. Una amante no es como una esposa, no va a tolerar que su talismán Michelin duerma a su lado. ¡Vamos, levántate!

Como comprendí que Claudia no pensaba dejarme en paz, resoplé y bajé obedientemente de la cama. Con mucho esfuerzo, me puse los pantalones cortos encima de mis calzoncillos de toda la vida, dispuesto a redimirme con gimnasia matutina.

Acuérdate de que tenemos que comprarte un bañador, Diego. Con esos, que parecen paracaídas, mucho me temo que de la cama te lleva el viento en cualquier escarceo amoroso.

Después de diez minutos corriendo alrededor del bloque bajo la atenta mirada de mi entrenadora, volví casi desmayado, arrastrándome por el suelo hacia la cama.

¿A dónde crees que vas? me frenó Claudia.
Quiero morir durmiendo, en mi cama.
Morir no puedes, Diego, estamos a la caza de amantes, no de forenses. ¡Ve a la ducha! Y ahora, dos veces al día por lo menos. Si no has tenido piedad conmigo, por lo menos no intoxiques a una pobre inocente con tus aromas salvajes. ¡Y a lavarte los dientes cada mañana y cada noche! gritó ya desde el pasillo. Límpiate bien la cabeza, que hoy vamos al estudio de fotos.
¿Para qué?
Para sacarte una foto decente para la web de citas. Yo no puedo, que te veo como eres, y solo te saco como descargador de camiones, rey del botellín y devorador de croquetas. Y necesitamos parecer un auténtico don Juan.
Claudia, ¿no estás exagerando?
Deja de desperdiciar palabras. Guárdalas para las orejas delicadas y jóvenes. Venga, elige una candidata.

No voy a negar que me animó: de vez en cuando me entretenía hojeando perfiles en webs de citas, pero nunca con permiso oficial. Así empecé a señalar en la pantalla.

¿Qué tal esta?
¿Lo dices en serio?
¿Por qué no?
Diego, la idea es que al ver a tu amante sienta vergüenza por mí, no por ti. Fíjate: hasta el motor de tu SEAT antes del desguace parecía mejor. Esa mujer pide a gritos una señal de “Precaución: riesgo de desprendimiento de fachada”.
Pues, ¿quizá esta?
¿”Eso” querrás decir? ¡Virgen santa! ¿Quieres que cuando me pregunten tenga que bajar la cabeza por el cualquier cosa? Mira, esta sí es opción.

Pero, Claudia, esa en la vida me miraría a la cara…
¿Y qué encontré yo en un Pinocho tan poco seguro de sí? ¿Qué usaste para conquistarme todos estos años?
¿Sentido del humor? intuí.
Diego, si el humor influyera en la longevidad, ya estarías viudo desde la luna de miel. Mejor no tentar al destino. Vamos a comprarte un buen traje, y dejamos que la amabilidad haga su magia.

Venga, Claudia, ya… ¿lo dejamos?
¿Y dónde ves la bronca? Tener amante es de hombre de éxito. Y la mujer de un hombre exitoso, también sube de nivel. Al final una amante nos va a saber a poco.

Nos plantamos en el centro comercial y Claudia me llevó directa al departamento más caro, y ahí desnudamos a todos los maniquíes.

Claudia, estos pantalones y la americana cuestan más que un juego de neumáticos de invierno refunfuñé mientras me encaminaba al probador.
No te preocupes. También te podremos comprar neumáticos en la farmacia, los que quieras. De verano, de invierno, pero con doble protección. No quiero ramos de “flores” inesperadas en casa.

¡Claudia!
¡Qué! La seguridad ante todo. No estamos eligiendo patinete, sino la hipotenusa de nuestro triángulo escaleno. ¿Llamaste al jefe ya?
¿Para? pregunté mientras me remangaba la chaqueta.
Para el tema económico. Ahora necesitas aumento de sueldo, ¿cómo piensas mantener a dos mujeres con lo que ganas? Yo por lo menos me apaño con un caldo, pero una amante requiere inversión: cena, tres copas de vino, hotel de cinco estrellas si escatimas, el hormigón se desmorona.

Al fin me puse el traje y me coloqué la corbata.

Estás guapísimo, igual que el día de nuestra boda me soltó una lagrimilla Claudia.
Le sienta fenomenal, corroboró una mujer en el probador de al lado.
¿Se lo queda? Está buscando amante, se atrevió Claudia.
No, gracias, yo ya tengo amante respondió sonriendo , tres.
Ni se te ocurra, Diego, advirtió Claudia , queremos una leal, como una tarjeta de otro banco en la que puedas confiar para transferir parte de los fondos. Vamos a perfumes, te rociamos y al vuelo libre.

Anduvimos una hora más. Cuando Claudia asintió satisfecha, supe que me estaban soltando a la selva.

Ya está, Diego, listo para cazar. Recuerda ser insistente, galante y confiado, como aquel día que vendiste el SEAT.

Claudia se fue a casa a preparar su cocido y yo marché en busca de esa amante para la que me habían entrenado todo el día.

Una hora después, el telefonillo sonó en casa.

Buenas tardes, linda señorita. ¿Está su marido? preguntó una voz desconocida, profunda y bastante seductora, que hasta con el altavoz roto encendía algo dentro de mí.

Eh… solté al perder el cucharón Está con la amante.

¿Me abre? Quiero proponerle algo.

Entre las escalofríos y calores decidí abrir la puerta varias veces seguidas, nerviosa. Diego apareció al poco con un ramo rojo. Entró, me rodeó la cintura y la entrada se llenó de calor.

¿Has llorado? preguntó Diego al ver mis ojos rojos.

Un poco. Pensé que la había fastidiado, pero ahora veo que era leña para el fuego.

¿No querría usted pasar la velada con un acompañante atractivo e interesante? susurró Diego con fuego en la mirada y quizá un poco de brandy en la sangre. Le invito a un restaurante, donde le contaré la maravillosa historia de su belleza. Es prosa documental, pero le encantará.

Q-q-quiero, tartamudeé metiéndome en el papel , solo saco el cocido y me pongo rímel.

Yo mientras pido un taxi, asintió Diego.

¿A dónde iremos? pregunté con una tonta sonrisa.

¡A un restaurante de cinco estrellas!

Aquí no hay de esos. ¡Solo la pizzería Cinco Quesos!

Pues entonces allí. Solo lo mejor para mi amante.

¿Y no se pondrá celosa su esposa?

Pondremos mucho empeño en lograrlo, me guiñó Diego, travieso.

Rate article
MagistrUm
En Busca de una Amante — ¡Vaya, Román! — exclamó su esposo, ojos abiertos como platos, al ver a Var…