La Nuera

NUERA

Carmen Fernández dejó con delicadeza la fuente con pato asado en el centro de la mesa, imponente sobre el mantel de lino blanco. Soltó un suspiro, notando cómo la luz dorada del atardecer se reflejaba en la elegante vajilla. Sus hijos y las nueras llegarían en cualquier momento.

El pequeño, Guillermo, acababa de casarse. Una ceremonia sencilla. Nada de grandes festejos, qué le vamos a hacer… Ahora las cosas son así entre la juventud. Ella, sinceramente, habría hecho algo por todo lo alto. Pero hasta cuando se casó con su difunto marido simplemente se escaparon al juzgado, sin anillo ni flores; tuvieron que ahorrar un año para poder comprarse unas alianzasdos humildas sortijas de oro. Deseaba darles a sus hijos un momento memorable, pero cada uno toma sus propias decisiones.

Carmen le confesó a una de sus amigas, casi en voz baja, que la nuera tenía un defecto: “Demasiado arreglada, hija…”. Pero Inés, la nueva nuera, ya había decidido tener una conversación con ella.

En el fondo, Inés era buena chicaamable, simpáticay había sacado lo mejor de Guillermo. Fue ella quien lo animó a buscar un empleo en condiciones. Le motivaba a prosperar. Porque, hasta los treinta, el chico vivía sin preocupaciones, sin mirar más allá de la siguiente comida que su madre preparaba. Carmen se había angustiado años esperando un cambio. Pero todo mejoró, por suerte.

Solo había un pero… Inés vivía pendiente de sí misma: peluquería, tintes, masajes, manicuras cada semana. Gastaba una barbaridad de euros en ello. Eso no le parecía propio de una mujer casada cuya familia debía ser lo primero.

¿Qué será el día en que tengan hijos? ¿Irá al pedicura antes de comprarle zapatos al niño? Carmen jamás podría comprenderlo. Siempre pensó en sí misma después de todos, sobre todo tras quedarse viuda. Sus hijos, adultos y todo, nunca dejaron de requerir su ayuda, aunque fuera solo económica.

El timbre la sacó de sus pensamientos. La juventud había llegado. Inés entró al salón como una estrella. Lucía un peinado recién salido de la peluquería, manicura francesa y la cara prácticamente desnuda de maquillaje, obra de una buena esteticista.

¡Inesita, qué guapa estás! exclamó sinceramente Carmen, aunque una chispa de inquietud se coló en su voz. ¿El traje es nuevo, verdad?

Sí, me lo compré ayersonrió la joven. En el trabajo me dieron una buena prima.

Lo mejor sería guardarlaintervino rápida Carmen, compartiendo su experiencia. Las primas, el dinero extra… Siempre para un imprevisto. Créeme, alguna vez hará falta.

Inés guardó silencio. Le caía bien su suegra, mujer sencilla y desvivida por su familia. Pero en lo más profundo, creía que el peor día llega precisamente cuando más se ha temido.

La cena fue amena, aunque en un par de ocasiones Carmen se las arregló para lanzar alguna indirecta sobre los gastos innecesarios. Inés entendió perfectamente quién era el blanco de los comentarios.

¿Hace mucho que no va a hacerse una manicura, doña Carmen? preguntó, de pronto.

Yo… musitó la madre de Guillermo… nunca. Me las apaño en casa para tener las manos limpias, sin más. No hace falta otra cosa.

Nadie en la mesa prestó demasiada atención al breve intercambio, pero a Inés le revolvió el alma. ¿Cómo era posible que, después de criar a dos hijos ahora con trabajos estables, siguiera resistiéndose a gastar ni un euro en sí misma?

Guillermo, ¿tu madre hace algo para ella, alguna vez? susurró al salir de casa.

No sé… Cocina, mira la tele, visita a las vecinas… ¿Por qué?

¡Porque en la vida no ha tenido un solo capricho! Deberíais sacarla al cine, al teatro, invitarla a un restaurante…

Eso no va con ella, Inés, no lo necesita.

Inés calló, recordando a su propia madre: nunca permitía que la economía le privara de una buena peluquería, un vestido bonito o del abono al teatro de la ciudad. Los pequeños lujos, para disfrutar.

Nació en Inés la convicción de que su suegra debía probar, aunque fuera una vez, a vivir un poco para sí misma; salir del televisor y no esperar eternamente a los nietos a los que regalarse en todo.

Esperó un par de días, entonces llamó a Carmen para proponerle salir a tomar un café. Y, de paso, convencerla de acercarse a un salón de belleza. Quería llevarla con la excusa de una cita suya con la esteticista, pero proponiéndole alguna sesión suave, algo discreto.

Pero, hija, si tienes que entrar, yo te espero en la calletembló Carmen.

¿Para qué esperar sin más? Mírase, son solo treinta minutitos. Al menos un manicura y un masaje de manos, ¿le parece?

Y al final, con mil excusas, accedió. Inés llamó antes para hablar con las chicas del salón (a quienes conocía bien).

Por favor, tratad a mi suegra como a una reina. Si os pregunta por el precio, dadle a entender que ya está pagado, que venga tranquila, y si es posible, sugeridle algún otro tratamiento suave. Si le gusta, tendréis una clienta fija.

Llegó el día. Inés acompañó a Carmen hasta ponerla en manos de las profesionales.

¿En serio solo será media hora, Inés? ¿Y cuánto debo pagar?

Pero enseguida la recogió una amable empleada y Inés pudo sentarse en el vestíbulo con el móvil. No tenía intención de hacerse nada, así que aprovechó para contestar correos del trabajo.

Carmen tardó casi dos horas en salir: el cutis luminoso, los gestos relajados. Se notaba que las manos expertas habían hecho magia.

Madre mía, ¡lo que me han hecho dentro! Me han ofrecido café, una infusión y todas son tan agradables. ¿Pero cuánto habrá costado esto? Debe ser carísimo.

¡Hemos tenido suerte! interrumpió la recepcionista. Si traes a una amiga, ella no paga las sesiones. Así que hoy, por cortesía de la casa.

Juntas, nuera y suegra, se sentaron en una cafetería cercana. Carmen le dio un sorbo a su café con leche y se recostó en el sillón.

¿Y si lo hacemos costumbre, Carmen? propuso Inés. Siempre hay descuentos para quienes repiten. ¿A que le ha gustado?

Muchísimo confesó ella. No imaginaba que podía ser tan agradable.

¡Debería haberlo intentado antes!

Antes era imposible, hija. Los niños pequeños, tu suegro en paz descanse, que era muy estricto con el dinero. Después, simplemente, dejó de tener sentido.

Pues ahora hay motivos: hacerme compañía, que sola me aburro.

Por ti, puedo venir alguna vez… De vez en cuando.

Así comenzó una nueva tradición. De la mano de su nuera, Carmen empezó a cuidarse un poco más. Inés, con toda su diplomacia, también fue actualizando su vestuariosiempre inventando precios bastante rebajados. Convenció a Guillermo para que invitaran a su madre al restaurante, luego al cine, y finalmente, en Navidad, le regaló un abono al teatro municipal.

¡Se te ve rejuvenecida, Carmen! le decían las vecinas.

La juventud tira de una, hija respondía ella, sonrojada.

Y de verdad, sentía a veces que solo ahora, de jubilada y madre de dos hombres, estaba saboreando por fin los días de una juventud tardía y merecida.

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