En una fría tarde de invierno, la abuela Carmen tejía calcetines de lana junto a la mesa de la cocina, puntada a puntada, con manos expertas. Aunque en los papeles era Carmen López, todos en el pueblo la llamaban simplemente “Carmen”, con cariño y familiaridad.
La casa estaba en silencio, solo roto por el leve crepitar de la estufa y el murmullo de la radio en el alféizar. De repente, la puerta chirrió. La abuela alzó la vista y se quedó paralizada. En el umbral había aparecido… el mismísimo Papá Noel. Su gorro rojo, su blanca barba y el abrigo ribeteado de piel lo delataban.
—Buenas tardes, Carmen— dijo con una sonrisa cálida—. ¿Tienes espacio para un visitante?
Carmen se ajustó las gafas y lo examinó de arriba abajo, desde el saco hasta las botas, antes de exclamar, atónita:
—¡Dios mío! ¿De verdad eres tú? Pero… ¿a qué se debe esta visita?
—¿A qué? —rio el anciano—. ¡Si hoy es Nochebuena! Todo el mundo celebra, y yo vine a traerte un regalo.
—¿Para qué quieres regalarme algo a mí, vieja como soy? Ve a ver a los niños, que recitan villancicos. Yo ya no espero sorpresas.
—Quedan pocos niños en el pueblo. Pero esos calcetines que haces son bien abrigados —dijo, señalando la labor—. Así que bien mereces un detalle.
—Bueno, si insistes… —respondió Carmen con una sonrisa burlona—. Pero no te voy a recitar nada, que me duele la espalda y apenas me muevo.
—Entonces cuéntame qué cosas buenas has hecho este año.
—¿Yo? —reflexionó un momento—. Pues calcetines para los nietos, bufandas para los vecinos, repartí algo de la huerta… Pero no será bondad, sino puro aburrimiento.
—No te menosprecies. La bondad está en los pequeños gestos, sin esperar nada a cambio.
—Por cierto, mi marido anda desaparecido. Salió esta mañana y no hay rastro de él.
—Ah, sí, también iba a verlo. ¿Sigue siendo el mismo bromista de siempre?
—¡Y tanto! Se pasea por las casas contando chistes y cantando coplas. Le encanta alegrar a la gente.
—¿Lo quieres mucho?
—¿Qué te parece? —respondió Carmen con dulzura—. Medio siglo juntos. Finjimos que no oímos ciertas cosas, que no vemos otras… Y nunca discutimos. ¿Para qué?
Papá Noel sacó del saco un chal de lana, suave y brillante, bordado con esmero.
—Toma, esto es para ti. Te sentará de maravilla.
—¡Qué preciosidad! —sus ojos brillaron de emoción—. Siempre soñé con uno así. ¡Gracias!
—Agradece a tu esposo —respondió el anciano con un guiño—. Fue él quien me escribió.
Se dirigió al vestíbulo, se quitó el abrigo y el gorro, y los guardó en un baúl.
—Ay, Carmen mía… —murmuró—. No reconoció mi voz. ¿O lo hizo a propósito?
Mientras, la abuela se miraba en el espejo, arreglándose el chal nuevo, y susurraba:
—Así es como vivimos, Juanito… Como si no supiéramos nada. Pero lo sabemos. Solo que queremos así, a nuestra manera. Y en eso está la magia.







