¿Cuándo piensas irte, Marianita?

**Diario de Andrés**

¿Cuándo piensas irte, Martina?

Mamá estaba en el marco de la puerta de la cocina, apoyada en el quicio. En sus manos, una taza de té. En su voz, indiferencia mezclada con algo casi despectivo.

¿Irme? Martina apartó lentamente la vista del portátil que calentaba sus rodillas. Mamá, vivo aquí. Tengo trabajo.

¿Trabajo? repitió mamá, con una sonrisa torcida. Ah, sí eso de estar en internet. ¿Escribiendo tus poemitas? ¿O artículos? ¿Quién los lee, de verdad?

Martina cerró el portátil de golpe. Un puño invisible le apretó el corazón. No era la primera vez que escuchaba que su trabajo “no era de verdad”, pero cada vez dolía como un insulto.

Ella se esforzaba. El freelance no era fácil: horas de correcciones, plazos ajustados, artículos de la madrugada, clientes que querían todo para ayer y nunca pagaban a tiempo.

Tengo clientes fijos susurró. Y gano dinero. Pago la luz, el agua

Nadie te está echando, Martina mamá hizo un gesto con la mano. Pero la situación es así. Eres adulta, lo entiendes. Sergio y Lucía quieren mudarse. Tienen dos niños, Martina. Están apretados en su piso de una habitación.

¿Y yo qué? ¿No soy familia? su voz tembló. ¿O solo ellos cuentan?

Estás sola, Martina. Tú te bastás. Ellos tienen niños, una familia. Tú eres lista, independiente. Encontrarás otro sitio. O quizá un trabajo de verdad. La gente trabaja de nueve a seis, no en pijama frente a un ordenador.

Martina calló. Un nudo le subía por la garganta. Explicar era inútil. Mamá nunca había entendido lo que hacía.

Nunca le preguntó: *”¿Sobre qué escribes?” o “¿Dónde puedo leerlo?”*

Solo reproches. Miradas condescendientes. Frases como: *”Mejor habrías sido cajera”*.

**Sola**. La palabra resonaba en sus oídos como una sentencia.

Cuando papá llegó del trabajo, la conversación continuó. Ahora los tres en la sala, como en un juicio doméstico.

Sergio y su mujer han logrado mucho empezó papá, sentándose en su sillón. Trabajan los dos, tienen dos niños. Tú bueno, no te quedas de brazos cruzados. Pero ya es hora de tomar la vida en serio.

Papá, vivo aquí. ¡No soy una vaga! Gano dinero, aunque sea desde casa, ¡aunque sea en pijama! ¡Pago mi comida, los gastos!

No lo entiendes la interrumpió. No es el dinero. Es necesidad. Sergio tiene dos niños. El pequeño solo tiene año y medio. Necesitan este piso. Les duele.

¿Y a mí no? estalló. ¡¿Acaso no tengo dificultades?! ¡Tengo 28 años, ni un hombre, ni hijos, solo mi trabajo, que ustedes ni siquiera reconocen!

Se miraron entre sí. Como si ella los agotara. Como si su dolor fuera un capricho.

Eres fuerte, Martina mamá movió la cabeza con falsa pena. Lo superarás. Sergio y Lucía ni siquiera pueden pensar

*”¿Y yo sí?”* pensó, pero no lo dijo. Ya no tenía fuerzas.

¿Y adónde quieren que vaya? preguntó ronca. No les pido dinero, ni ayuda. Solo un rincón. Solo comprensión.

Puedes alquilar algo mamá habló como si pidiera el pan. Todos los jóvenes lo hacen. Además, no tienes trabajo *oficial*. Sin ataduras.

¡¿Se escuchan?!

No recordaba cómo terminó esa noche. Solo sabía que se quedó horas en el alféizar, viendo la lluvia caer en el patio, igual que sus lágrimas.

A la mañana siguiente, el ruido de maletas y voces la despertó.

Martina, guardaremos las cosas de Sergio en el armario dijo mamá sin mirarla. Tú entiendes.

Entendía. Lo había entendido desde el principio. Pero vivir con ello era repugnante.

Martina, ya está todo decidido mamá lo dijo como si hablara del tiempo. Eres adulta. No puedes quedarte aquí para siempre.

¿Temporal? se rio amarga. ¿Hasta que los nietos de Sergio vayan al colegio?

Siempre con la ironía mamá puso los ojos en blanco. No somos tus enemigos. Pero la familia no es solo tú.

Claro. Solo Sergio respondió, con los labios apretados.

Al día siguiente, fue a ver una habitación. A veinte minutos de su casa, el mundo cambiaba: un portal gris con puertas oxidadas, una vecina quejándose de “los gatos que maúllan de noche”.

La dueña, una mujer con voz de cigarrillo, la miró con recelo.

¿Dónde trabajas?

Soy freelance. Escribo artículos. En internet.

¿Internet? ¿Eso qué es?

En el ordenador. Tengo clientes fijos.

Ah pues no traigas invitados. Y la lavadora, solo una vez por semana. La luz está cara.

Entendido asintió Martina, sintiendo cómo algo se rompía dentro.

Esa noche, mamá le envió una foto: *”Mira, ya montamos la cuna. Qué bonito, ¿no?”*.

*Sí. Precioso.*

¿Y? ¿Qué has decidido? preguntó papá en la cena, donde Martina recogía sus últimas cosas: zapatillas, un trá

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