**Corazón herido, esperanza perdida: el camino hacia nuevos alegrías**
“Alba, entre nosotros todo ha terminado,” dijo Javier con frialdad. “Quiero una familia de verdad, hijos. Tú no puedes darme eso. He presentado los papeles del divorcio. Tienes tres días para recoger tus cosas. Cuando te marches, avísame. Yo me quedaré en casa de mi madre hasta que prepare el piso para mi hijo y su madre. Sí, no te sorprendas, ¡mi nueva pareja ya está esperando! Tres días, Alba. ¡No me hagas esperar!”
Alba guardó silencio, sintiendo cómo el suelo se hundía bajo sus pies. ¿Qué podía responder? Durante cinco años intentaron tener un hijo, pero los tres embarazos terminaron en tragedia. Los médicos decían que estaba sana, pero siempre algo salía mal. Alba llevaba una vida saludable, y durante los embarazos, se cuidaba aún más. La última vez, se desplomó en el trabajo, y la ambulancia no llegó a tiempo
La puerta se cerró tras Javier, y Alba, sin fuerzas, cayó sobre el sofá. No tenía ánimos para recoger nada. ¿Adónde ir? Cuando se casó, vivió en casa de su tía, pero ya no estaba, y su primo vendió el piso. ¿Volver al pueblo de Los Pinos, a la casa de su abuela? ¿Buscar un alquiler? ¿Y el trabajo? Las preguntas la mareaban, pero no había tiempo para pensar.
Por la mañana, la puerta se abrió. Era su suegra, Carmen.
“No has dormido, ¿verdad? Bien hecho,” dijo secamente. “He venido a asegurarme de que no te lleves nada de más.”
“No pienso llevarme los calcetines viejos de tu hijo,” replicó Alba. “¿Vas a contar hasta mis cucharas?”
“¡Qué orgullosa te has vuelto! Antes eras tan dulce, tan callada. Ya desde el principio le dije a Javier que tú no podrías darle hijos.”
“¿Para eso has venido? Pues cállate y mira, entonces.”
“¿Adónde llevas esos platos?” preguntó Carmen, alterada.
“Son míos. De mi tía, un recuerdo de ella.”
“¡Sin ellos aquí quedará todo vacío!”
“Eso ya no es mi problema. Pero tú tendrás un nieto, al menos.”
“¡Llévate solo lo tuyo!”
“El portátil es mío, la cafetera y el microondas me los regalaron mis compañeros. El coche lo compré antes de la boda. Tu hijo tiene el suyo.”
“Tienes de todo, ¡pero hijos no puedes dar!”
“Eso no es asunto suyo. Supongo que es la voluntad de Dios.”
“¿No te duele? ¿O lo haces a propósito?”
“No diga tonterías. Me duele hasta pensarlo.”
Alba miró alrededorsus cosas ya no estaban. El cepillo, los cosméticos, las zapatillas Había olvidado algo importante. Carmen no la dejaba concentrarse. De repente lo recordó: la figurita de la gata, un recuerdo de su abuela. Dentro guardaba un colgante y un anillosin valor material, pero llenos de cariño. Javier los llamaba basura. ¿Lo habría tirado? Alba abrió la puerta del balcón.
“¿Qué has olvidado ahí?” dijo Carmen. “Acaba de una vez y vete.”
Encontró la gata, todo estaba en su lugar. Ahora sí podía marcharse.
“Ahí tienes las llaves. Despidámonos. Esperemos no vernos nunca más.”
Alba pasó por la oficina. Estaba de baja, pero pidió vacaciones.
“Todos sentimos mucho por ti,” dijo su jefe. “Pero sin ti esto se para. ¿Tres semanas bastarán? Prepárate, la mitad de los proyectos dependen de ti.”
“Bien, me distraerá. Gracias.”
“¿Necesitas ayuda?”
“No.”
“Arreglaremos lo de la paga y el bonus.”
“Gracias, de verdad.”
Alba no buscó un pisose fue directamente a Los Pinos. La casa de su abuela llevaba vacía desde su muerte, tres años atrás. Nunca conoció a su madre, que murió al dar a luz. Y ahora ella tampoco podría ser madre
Una hora de viaje, y llegó. El viejo arce, las margaritas crecidas. La última vez que estuvo allí con Javier fue en otoño, haciendo una barbacoa. Entró al patio; la llave del cobertizo seguía en su escondite. Al abrir la puerta, se detuvo.
Quedó en silencio, reconfortada al saber que esta vieja casa volvería a ser su refugio. A veces, el dolor abre paso a una nueva felicidad. **La vida siempre da una segunda oportunidad a quienes no pierden la esperanza.**





