**Con quién vive tu hombre**
Estanislao Andrés, o simplemente Estanis para sus amigos y compañeros, acababa de ser ascendido a jefe de departamento en una gran empresa de Bilbao. El ascenso era merecido: trabajador, discreto, puntual. No ambicionaba liderar, pero avanzaba con paso seguro. Las felicitaciones en la oficina fueron sencillas: Estanis esbozaba una sonrisa, agradecía y aseguraba que haría todo para que el equipo no se arrepintiera de su nombramiento.
Quien más se alegraba era su madre, Lucía Pilar. Ella fue quien lo llevó de niño a médicos, contrató profesores particulares, le compró abrigos para el invierno y ahorró parte de su pensión para pagarle la universidad. También fue quien insistió en que celebrara con sus compañeros llevando comida casera: empanadas, ensaladillas, tapas. Aunque al principio Estanis se resistió, al final cedió. No quería decepcionarla.
El día de la celebración, fue a recoger la comida a casa de su madre. Ella tenía cita con el cardiólogo, así que lo había dejado todo listo en el frigorífico, bien envuelto. En el breve descanso del mediodía, Estanis decidió no cargar con todo solo y le pidió a la nueva empleada, Adela, que lo acompañara para ayudarle. Ella aceptó encantada.
Adela, rubia y de ojos castaños, era de esas mujeres que llamaban la atención. En la oficina se murmuraba: decían que tenía puestos los ojos en Estanis, coqueteaba con él, sonreía demasiado, pedía que la llevara en coche…
Entraron en el piso de su madre, modesto pero limpio y acogedor. Estanis abrió la nevera y empezó a sacar los tuppers. Adela se sentó en un taburete, mirando alrededor:
—Qué acogedor es el piso de tu madre… Tan hogareño. ¿Y esto qué es?
De la habitación salió corriendo un perrito negro y empezó a gruñirle a la desconocida.
—Es Mosca —explicó Estanis, levantándolo en brazos—. No te preocupes, es buena gente.
—¿Mosca? Vaya nombre… —frunció Adela—. Que no se me acerque. Va a romperme las medias.
Estanis calló. El desprecio en su rostro le molestó, aunque no dijo nada. Pero no fue todo: del pasillo apareció un gato negro y bien alimentado, que se rozó con elegancia contra las piernas de su dueño.
—Y este es Marqués —dijo Estanis con cariño, sacando un trozo de merluza cocida de la nevera—. Ahora, mi rey, aquí tienes tu comida.
Adela retrocedió hacia la puerta.
—Vaya zoo tenéis aquí. ¿En un piso tan pequeño, un gato y un perro? Qué falta de higiene… pelo, olores… ¿Tu madre no tiene alergias?
—¿Las tienes tú? —preguntó Estanis en voz baja.
—¿Yo? No… no sé. En casa nunca tuvimos animales. No me gustan. Son sucios…
Estanis siguió guardando los tuppers en silencio. La sonrisa se había esfumado. Adela seguía apartada, apartando una y otra vez al perro, que quería olisquearle los zapatos.
—Esta tarde vendré a sacarlos —dijo al fin Estanis—. Mamá se enfadará porque los sobrealimento, pero ¿cómo no hacerlo?
—Y encima perder tiempo con ellos… Bueno, alguien tiene que hacerlo —murmuró Adela con media sonrisa, acercándose a la puerta.
De camino a la oficina, ella parloteó sobre el nuevo menú del comedor, sobre la falda de Carmen Luisa, sobre la compañera de contabilidad que se casaba por tercera vez. Estanis caminaba en silencio, asintiendo de vez en cuando. En su mente resonaba: *Vacío. Falsedad. Ajena…*
En su despacho ya lo esperaban: le entregaron un termo, lo abrazaron, le dieron palmaditas en el hombro. Después del trabajo, prepararon una mesa, bebieron un poco, comieron mucho. Adela no se separó de su lado: un chiste, una mirada, una sugerencia de que la llevara a casa. Pero Estanis respondió con calma:
—Perdona, tengo prisa. Tengo un compromiso importante.
En casa lo esperaba su madre.
—¿Qué tal fue todo? —preguntó ella, abriendo la puerta con una sonrisa.
—Genial, mamá. Tus empanadas desaparecieron enseguida. Dijeron que parecían de restaurante. Hasta se olvidaron de mí…
—¿Y esa chica con la que viniste hoy, Adela? La vecina la vio, dice que es guapa. ¿Es ella?
—No. Solo es una compañera. Y la verdad, no hay nadie. Mentí antes para hacerte ilusión. Perdón.
—Bueno. Pero si aparece… ¿cómo debe ser, esa «indicada»?
Estanis lo pensó un momento.
—Sencilla. Amable. Inteligente. Y… que te quiera. A ti, a Marqués. A Mosca.
Su madre sonrió.
—Ay, Estanis, lo importante es que te quiera a ti. Entonces también nos querrá a nosotros. Hasta a este gato callejero con carácter.
Él asintió. Luego cogió la correa, llamó a sus «bestias» y salió a la calle. Los tres corrieron por el patio como si volvieran a aquel tiempo en el que todo era simple: su madre en casa, un bollo en la mochila, un cachorro en los brazos, un gato en el hombro y toda la vida por delante.
Su madre lo miró desde la ventana y apretó los puños.
—Treinta años, jefe de departamento, y en el fondo sigue siendo un niño. Que Dios te dé un amor verdadero, hijo mío… Y que os quiera a todos. A Marqués. A Mosca. Y a tu madre.







