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057
¡NO LLEGASTE A TIEMPO, MARINA! ¡EL AVIÓN SE HA IDO! ¡Y CON ÉL, TU PUESTO Y TU BONO! ¡ESTÁS DESPEDIDA! — GRITABA EL JEFE AL TELÉFONO. MARINA QUEDÓ ATASCADA EN UN ATASCO, FRENTE A UN COCHE VOLCADO DEL QUE ACABABA DE SACAR A UNA NIÑA QUE NO CONOCÍA. PERDIÓ SU CARRERA, PERO SE ENCONTRÓ A SÍ MISMA. Marina era la ejecutiva corporativa perfecta: con 35 años, directora regional, implacable, organizada, siempre disponible. Su vida estaba programada al minuto en Google Calendar. Aquella mañana tenía la operación más importante del año: un contrato clave con empresarios chinos y tenía que estar en Barajas antes de las diez. Marina salió con tiempo, como siempre. Iba por la autovía con su SUV nuevo repasando mentalmente la presentación, cuando de repente, doscientos metros delante, un viejo SEAT zigzagueó, chocó y dio varias vueltas de campana, quedando patas arriba. Marina frenó instintivamente, mientras el “calculador” mental le decía: “Si paras, llegas tarde; es un contrato de millones. Te van a destrozar”. Otros coches pasaban de largo, algunos grababan con el móvil. Eran las 8:45, el tiempo justo. Iba a acelerar para esquivar el atasco, pero entonces vio una manita infantil con un guante apoyada en la ventanilla del coche volcado. Maldiciendo, giró el volante y se echó al arcén. Corrió con tacones hundiéndose en la nieve. El conductor, un chico joven, inconsciente y ensangrentado; en el asiento trasero, una niña llorando, atrapada por el asiento. —Tranquila, pequeña, tranquila…—Marina forcejeó con la puerta atascada, que no cedía. Cogió una piedra y rompió el cristal, cortándose y destrozando su abrigo caro, sin importarle. Sacó a la niña y, con ayuda de un camionero, también al chico. Al minuto, el coche ardió. Temblando en la nieve, sujetando a la niña ajena, Marina miró su móvil: el jefe llamando. —¿Dónde estás? ¡Se acaba el embarque! —No voy a llegar, Víctor. Ha habido un accidente, he sacado a gente. —Me da igual a quién salvaste, ¡has arruinado el trato! ¡Estás despedida! ¡Fuera de la profesión! Marina colgó. La ambulancia llegó veinte minutos después. —Vivirá. Es usted su ángel de la guarda, chica. Si no llega… ardían ahí dentro. Al día siguiente, Marina despertó desempleada. El jefe cumplió: no solo la despidió, sino que corrió el rumor de que era una histérica irresponsable. En el sector, aquello era una condena definitiva. Por más que lo intentaba, nadie la contrataba. El dinero se agotaba, el préstamo del coche la asfixiaba. Cayó en depresión. —¿Por qué me paré? —pensaba—. Si hubiera pasado de largo, ahora estaría en Shanghái tomando champán. Ahora estoy en la ruina. Un mes después, una llamada de un número desconocido: —¿Marina? Soy Andreu, el chico del SEAT accidentado. El tono era débil pero alegre. —Estamos vivos, gracias a ti. Queremos verte, por favor. Fue a verles a su piso en Vallecas. Andreu andaba en corsé, su mujer lloró y le besó las manos, la pequeña Dasha le regaló un dibujo: un ángel de pelo negro (como el de Marina). Tomaron té y galletas baratas. —No sé cómo agradecerte… No tenemos dinero—.dijo Andreu—. Pero si necesitas algo… —Trabajo —suspiró Marina—. Me despidieron por aquel retraso. Andreu pensó: —Conozco a uno. Es un tipo raro, un agricultor cerca de Segovia. Busca a alguien para gestionar la granja: papeleo, subvenciones, logística… Pagan poco, pero hay vivienda. ¿Te animas? Marina, que antes odiaba hasta mancharse los zapatos, aceptó: nada tenía que perder. La granja era grande pero destartalada, el dueño, el tío Juan, entusiasta, pero nulo para la contabilidad. Marina se arremangó. Cambió la mesa de caoba por un pupitre viejo; los trajes de Armani por vaqueros y katiuskas. Puso orden, consiguió ayudas, buscó clientes: al año, la granja daba beneficios. A Marina empezó a gustarle. Sin intrigas ni sonrisas falsas. Solo olor a leche y a heno. Aprendió a hacer pan, adoptó un perro, se dejó de maquillajes. Lo más importante: se sentía viva. Un día, llegó una delegación de la ciudad para comprar productos para restaurantes: entre ellos, Víctor, el ex jefe. La reconoció y se burló de sus vaqueros gastados y su cara curtida. —¿Qué, Marina? ¿Te has hundido, eh? La reina del estiércol. Podrías estar en un consejo de administración. Seguro que te arrepientes de jugar a heroína. Marina lo miró y, de pronto, sintió indiferencia: era como un vaso de plástico. —No, Víctor —sonrió—. No me arrepiento. Salvé dos vidas… y la mía propia. Me salvé de convertirme en alguien como tú. Víctor bufó y se marchó. Marina fue a ver al ternero recién nacido. Esa tarde, visitaron Andreu, su mujer y su hija: ahora eran familia. Hicieron barbacoa y rieron. Marina miró las estrellas enormes, brillantes, que nunca se ven en Madrid. Y supo que por fin estaba en su sitio. Moraleja: A veces, perderlo todo es el único modo de ganar lo que importa. Carrera, dinero, estatus… son decorados. Se queman en un minuto. La humanidad, una vida salvada y la conciencia tranquila se quedan para siempre. No temas desviarte de la carretera si tu corazón te lo pide: puede que ese sea el giro más importante de tu vida.
¡NO HAS LLEGADO A TIEMPO, LIDIA! ¡EL AVIÓN YA HA SALIDO! Y CON ÉL SE HA IDO TU PUESTO Y TU BONIFICACIÓN.
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037
— Bueno, Pelirrojo, vamos, ¿no? —murmuró Valera, ajustando la correa hecha con una vieja cuerda. Se abrochó la cazadora hasta el cuello y se encogió de hombros. Este febrero era especialmente cruel —nieve con lluvia, un viento que calaba los huesos. Pelirrojo —un chucho con el pelo rojizo desvaído y un ojo ciego— había llegado a su vida un año antes. Valera volvía del turno de noche en la fábrica y lo encontró junto a unos contenedores. El perro estaba apaleado, hambriento y el ojo izquierdo cubierto por una mancha lechosa. Una voz le puso los nervios de punta. Valera reconoció al que hablaba: Sergio “El Tuerto”, el matón del barrio, de unos veinticinco años. Junto a él tres chavales, su “cuadrilla”. — Paseando, —respondió Valera, sin levantar la mirada. — Oiga, ¿usted paga impuestos por pasear a este bicho? —rió uno de los chicos—. ¡Mírelo, qué feo es el perro ese, con el ojo torcido! Un pedrusco voló y dio a Pelirrojo en el costado. El perro gimió y se refugió junto a la pierna de Valera. — Lárgate —susurró Valera, con una voz que sonó a acero. — ¡Tate! ¡Mira quién habla! —Sergio dio un paso al frente—. ¿Te acuerdas de quién manda aquí? Aquí no pasea ni un perro sin que yo diga. Valera se puso tenso. En la mili le enseñaron a resolver problemas rápido y con mano dura. Pero eso fue hace treinta años. Ahora era solo un cerrajero jubilado que no quería líos. — Vamos, Pelirrojo —dijo, volviéndose hacia casa. — ¡Eso es! —gritó Sergio—. La próxima vez te encontrarás al bicho muerto. Esa noche, Valera no pudo pegar ojo, dándole vueltas a la escena. Al día siguiente cayó una nieve pegajosa. Valera pospuso el paseo, pero Pelirrojo esperaba junto a la puerta, mirándole con tal fidelidad, que acabó cediendo. — Vale, venga, pero rapidito. Fueron esquivando los lugares donde la cuadrilla solía reunirse. No se veía a Sergio ni a los suyos; seguramente se resguardaban del mal tiempo. Valera ya se sentía tranquilo cuando Pelirrojo se paró, tensando la correa, junto a la vieja central térmica. Erizó la única oreja que le quedaba y olisqueó el aire. —¿Qué tienes ahí, viejo? El perro gimoteó y tiró hacia las ruinas. De allí venían unos ruidos extraños, sollozos o quejidos. —¡Eh! ¿Quién anda ahí? —gritó Valera. Silencio, sólo el viento. Pelirrojo tiró más fuerte, el ojo sano expresando inquietud. —¿Qué te pasa? —se inclinó Valera. Entonces lo oyó claro: una voz de niño. —¡Ayuda! El corazón le dio un vuelco. Soltó la correa y siguió al perro. Entre los escombros de la central térmica, tras un montón de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años. Cara magullada, labio partido, ropa desgarrada. —¡Por Dios! —Valera se agachó a su lado—. ¿Qué te han hecho? —¿Don Valerio…? —el niño entreabrió los ojos. Valera reconoció a Andrés, el hijo de la vecina del quinto. Un chavalito tímido y reservado. —¡Andrés! ¿Qué ha pasado? —Sergio y su banda —sollozó—. Luego pedían dinero a mi madre. Dije que avisaría al municipal… Me pillaron… —¿Cuánto llevas aquí? —Desde la mañana. Hace mucho frío… Valera se quitó la cazadora y cubrió al chico. Pelirrojo se tumbó a su lado para darle calor. —¿Puedes levantarte? — Me duele la pierna. Creo que está rota… Valera la palpó con cuidado; estaba fracturada. Y a saber qué más tendría por dentro. —¿Tienes móvil? —Me lo quitaron… Valera sacó su viejo Nokia y llamó al 112. Llegarían en media hora. —Aguanta, chaval. Ya vienen. —¿Y si Sergio se entera de que sigo vivo? —Andrés temblaba—. Dijo que me acabaría. —No va a tocarte más —dijo Valera con firmeza—. No volverá a tocarte. Andrés le miró asombrado: —Don Valerio, pero si ayer usted… les esquivó. —No era lo mismo. Entonces era sólo yo y Pelirrojo. Ahora… No terminó la frase. ¿Qué decir? ¿Que hace treinta años juró proteger a los débiles? ¿Que en Afganistán le enseñaron que un hombre nunca abandona a un niño? La ambulancia llegó antes de lo esperado. Se llevaron a Andrés al hospital. Valera y Pelirrojo se quedaron allí, pensando. Esa noche, la madre de Andrés, doña Encarnación, fue a casa de Valera entre lágrimas. —¡No sé cómo agradecerle! —lloraba—. El médico dice que si llega a estar más tiempo, se me muere de frío. Le ha salvado la vida. —No he sido yo —Valera acarició a Pelirrojo—. El perro ha encontrado a su hijo. —¿Y ahora qué será de nosotros? —preocupada, miró la puerta—. Sergio no nos va a dejar en paz. El policía dice que el testimonio de un niño no basta… —Todo saldrá bien—prometió Valera, aunque él mismo dudaba. No pudo dormir. ¿Qué hacer? ¿Cómo proteger al chaval? ¿Y a los demás, cuántos niños más aguantarían las amenazas de esa pandilla? A la mañana siguiente, la solución apareció sola. Valera se puso la casaca de la mili —la de gala, con las condecoraciones—. Se miró al espejo: un soldado es un soldado, aunque los años pesen. —Vamos, Pelirrojo. Hoy tenemos faena. La banda de Sergio, como siempre, estaba junto al ultramarinos. Al ver a Valera se burlaron: —¡Mira, el abuelo va disfrazado! Sergio se irguió con sorna. —A ver, viejo, lárgate. Te crees algo con ese uniforme… —Mi tiempo no terminó —respondió tranquilo Valera, acercándose. —¿Y tú qué pintas así? —Servir a mi patria. Proteger a los indefensos de gentuza como tú. Sergio rio a carcajadas. —¿Qué patria, viejo? ¿De qué hablas? —¿Andrés, te suena? La sonrisa se le congeló a Sergio. —¿Por qué tenía que acordarme de pringados? —Porque es el último chaval que vas a tocar en el barrio. —¿Me amenazas, abuelo? —Te aviso. Sergio avanzó, navaja en mano. —Te voy a enseñar quién manda aquí. Valera no se apartó ni un centímetro. La instrucción militar no se olvida con los años. —Aquí manda la ley. —¿Qué ley? —zascandileaba Sergio—. ¿Quién te ha puesto de jefe? —Mi conciencia. Y entonces ocurrió lo insólito. Pelirrojo, que había estado sentado, se alzó con el lomo erizado y un gruñido profundo. —¿Y tu chucho…? —Sergio no terminó. —Mi perro ha estado en Afganistán —Valera habló serio—. Fue de rastreo de minas, caza a criminales. Sabe reconocer malhechores. No era cierto, pero sonó tan convincente que todos lo creyeron. Hasta Pelirrojo se creyó héroe. —Ha capturado a veinte delincuentes vivos —siguió Valera—. ¿Tú crees que no puede contigo? Sergio retrocedió. Los chicos tras él se encogieron. —Escucha —Valera dio un paso más—: desde hoy, este barrio estará a salvo. Cada día recorreré las calles. Y mi perro rastreará gamberros. Entonces… No terminó. No hacía falta. —¿Vas a asustarme, abuelo? ¿Por teléfono llamo yo y…? —Llama —Valera asintió—. Pero recuerda: tengo contactos más poderosos que los tuyos. En la cárcel conozco a muchísimos… Mentira. Pero lo dijo seguro. —Me conocen por Valerio el Militar —concluyó—. Y que no se vuelva a tocar un niño. Se giró y se fue, Pelirrojo junto a él, la cola muy alta. Atrás sólo quedó el silencio. Tres días después, la banda de Sergio apenas se dejaba ver por el barrio. Valera de verdad empezó a patrullar a diario. Y Pelirrojo le acompañaba, serio, digno. Andrés salió del hospital en una semana. La pierna aún dolía, pero podía andar. Ese mismo día fue a ver a Valera. —Don Valerio, ¿puedo ayudarle con los rondines? —Sí, pero primero díselo a tu madre. Doña Encarnación, lejos de protestar, se alegró de que su hijo tuviera tan buen ejemplo. Y desde entonces, todas las tardes se veía una extraña cuadrilla: el hombre mayor de uniforme militar, el chico, y el chucho pelirrojo y viejo. Pelirrojo cayó bien a todos. Incluso las madres dejaban a los niños acariciarle, aunque fuera de la calle. Tenía algo especial: dignidad, quizás. Valera les contaba historias del ejército, de la amistad de verdad. Le escuchaban con la boca abierta. Una tarde, tras otro “patrullaje”, Andrés preguntó: —¿Alguna vez ha tenido miedo, don Valerio? —Sí —admitió—. Y aún lo tengo a veces. —¿De qué? —De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas… Andrés acarició al perro. —Cuando crezca, le ayudaré. Y yo también tendré un perro así de listo. —Lo tendrás, claro que sí —sonrió Valera. Pelirrojo sólo movió la cola. Y en el barrio ya lo sabían todos: “Ese es el perro de Valerio el Militar. Sabe distinguir héroes de sinvergüenzas”. Y Pelirrojo seguía patrullando con orgullo, sabiendo que ya no era un chucho más: era un verdadero guardián.
Bueno, Canelo, vamos ya… murmuró Valentín, ajustando la correa improvisada hecha con una cuerda vieja.
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057
Dos rayas en un test de embarazo fueron su billete hacia una nueva vida y la entrada al infierno para su mejor amiga. Celebró su boda entre los aplausos de los traidores, pero el verdadero final de esta historia lo escribió aquel a quien todos consideraban una simple pieza en su tablero.
Dos líneas en el test fueron su pase a una vida nueva y el billete directo al infierno para su mejor amiga.
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055
El amor de los padres: entre risas, regalos y algún susto — Las fiestas navideñas en casa de los abuelos, con los pequeños Milana y Davidico, recuerdos de infancia, cariñosos excesos, regalos emotivos, un inesperado coche de regalo para el abuelo y el susto de perder a los niños en un taxi, todo envuelto en la calidez de la familia y la protección incondicional de unos padres españoles
El amor de los padres Los niños son las flores de la vida solía repetir mi madre. Y mi padre, riéndose
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011
Han pasado 40 años, pero yo aún pensaba en él. Decidí salir a buscarlo.
Cuarenta años han pasado, pero todavía recuerdo aquel amor con la claridad de una tarde de otoño.
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020
— Caballero, por favor, no empuje… Uf. ¿Ese olor viene de usted? — Perdone — murmuró el hombre, apartándose. Y algo más refunfuñó para sí, con voz apagada y triste, mientras contaba unas monedas en la palma de la mano. Seguramente no le alcanza ni para una caña, pensó Rita, y, sin embargo, al mirarle bien, no le pareció un borracho… — Caballero, discúlpeme, no era mi intención. — Algo dentro de ella le impedía marcharse sin más. — No pasa nada. Alzó hacia ella unos ojos intensamente azules, intactos pese a la edad, que debía rondar la de Rita, aunque jamás había visto una mirada así ni en su juventud. Rita, casi sin darse cuenta, le cogió del brazo y lo llevó aparte de la pequeña cola de la caja. — ¿Le pasa algo? ¿Necesita ayuda? — Intentó no arrugar la nariz involuntariamente. Por fin comprendió el olor: no era otra cosa que sudor viejo, nada más. El hombre guardó con vergüenza las monedas en el bolsillo, incómodo por tener que explicar QUÉ le sucedía a una desconocida tan elegante y agradable. — Me llamo Rita. ¿Y usted? — Yuri. — Entonces, ¿necesita ayuda? — se sorprendió a sí misma casi ofreciéndose. ¿A un vagabundo? Pero él, tras una fugaz mirada con sus ojos azules, evitó seguir mirándola. Rita estaba a punto de irse cuando finalmente él se animó a hablar: — Trabajo necesito. ¿Sabe si por aquí hay alguna chapuza? Algo de arreglos, de casa… Su pueblo parece grande y majo, pero yo no conozco a nadie. Perdón… Rita escuchaba en silencio, viendo cómo Yuri se iba apagando hasta apenas musitar. Ella pensaba si realmente era prudente dejar entrar a un desconocido en casa. Justo había planeado cambiar los azulejos del baño y su hijo le había pedido expresamente no contratar a ningún “manazas”, pero siempre estaba ocupado y… — ¿Sabe poner azulejos? — preguntó finalmente a Yuri. — Sí, sé. — ¿Cuánto pediría por un baño de 10 metros cuadrados? Yuri se sorprendió por el tamaño. — Tendría que verlo. Pero usted verá. Lo que me dé, estará bien. La reforma la hizo con pulcritud y buen hacer. Primero pidió si podía ducharse, y Rita se alegró de que él mismo lo propusiera. Esperó no haberle dejado a cambio ningún problema. Rita le dio ropa de su difunto marido y Yuri lavó la suya. En un fin de semana terminó el trabajo: quitó los viejos azulejos, limpió todo, ordenó las herramientas y cuando llegó el domingo las nuevas baldosas brillaban relucientes. Rita sentía cierta inquietud al ver que Yuri acababa; sospechaba que vivía en la calle. ¿Dejarle quedarse una noche más? Pero dejarle en la calle a medianoche tampoco tenía sentido. Aquella noche durmió a medias, oyendo en su cuarto mientras Yuri dormía profundamente en el sofá. — Venga, Margarita, compruebe usted el trabajo. — la llamó él. No había nada que decir: la obra era perfecta. — Yuri, ¿usted a qué se dedicaba? — preguntó Rita, admirando la calidad. — Profesor de Física. Terminé en la universidad de Leningrado. — ¿De San Petersburgo? — Cuando yo estudié aún era Leningrado. Y sobre lo de los azulejos… opino que todo hombre de respeto debería saber de estas cosas. Digo yo. Rita asintió, sacando el dinero que había preparado. No fue tacaña y le pagó lo que tenía pensado dar a un profesional. Yuri guardó los billetes sin contarlos ni mirarlos, y se fue a ponerse los zapatos. Ya llevaba puesta de nuevo su propia ropa, limpia y seca. — ¡Espere! ¿Así se va a ir, sin más? — le dijo Rita, casi un poco ofendida. — ¿Por qué no? — se sorprendió él, alzando otra vez sus ojos azules imposibles. — ¡Al menos acepte algo de comer! Ha trabajado todo el día y sólo tomó té, ni un descanso. Yuri dudó un poco y luego sonrió: — Bueno, no le diré que no, gracias. Compartieron un trozo de pescado, aunque Rita nunca cenaba más allá de las seis. Descubrió enseguida que era un hombre agradable, muy inteligente, y a la vez perdido, como si no lograra despejarse del todo ni aunque charlaran ni aunque se bañara. Quizá hiciera falta tiempo… — Yuri, ¿pero qué le ha pasado realmente? Perdón por preguntar. Él guardó silencio un instante y respondió: — Si lo cuento, parece una heroicidad tonta, una historia fingida. Después de ocho años en prisión he oído demasiadas. Pero la mía fue real, aunque ya no sé si merece la pena contarla. — Simplemente me sorprende… un hombre como usted, en esta situación… Yuri la miró con atención y se levantaron a la vez. Tropezaron en la salida y todo ocurrió solo. Rita jamás habría pensado que algo así pudiese pasarle a los cincuenta y tres años. Pensaba que la pasión era sólo para los jóvenes. Después de aquello, Yuri le contó que todo comenzó ayudando a uno de sus alumnos, un chico brillante de familia problemática, metido en malas compañías. Yuri intentó sacarlo del grupo y enfrentó al cabecilla, un tipo sin escrúpulos. Ellos fueron a por él, pero Yuri sabía judo y lo redujo, aunque el jefe de la banda cayó mal, se golpeó contra un muro y murió. Yuri llamó a la policía y a la ambulancia, convencido de que sería legítima defensa, pero le cayeron doce años por homicidio. Salió a los ocho por buen comportamiento. Cuando volvió, su madre había fallecido, su hermano no le aceptó en casa y su esposa se había ido con otro. Se trasladó de San Petersburgo a Madrid, pero allí nadie quería darle trabajo tras la cárcel. Acabó en el pueblo por casualidad, pidiendo alguna chapuza, pero todos desconfiaban o le miraban mal. Hasta que ni dormir podía ya bajo techo porque el amigo que le acogía le pidió que no abusara de su hospitalidad. — ¿Desde hace cuándo? — le preguntó Rita, observando la brasa del cigarro. — Pues ya un par de semanas. Él fumaba los cigarrillos de Rita, que apenas los tocaba, pero ahora, en la oscuridad, la confesión salió sola. — ¿Y tienes papeles? — Sí, pero sin empadronamiento. Y ahí está el problema. Yuri se quedó. Rita le hizo un empadronamiento temporal y encontró trabajo, aunque no como profesor al principio, pero en la ferretería estaba bien de momento. Los fines de semana volvió a dar clases particulares, cada vez a más alumnos. Así, entre amor y trabajo, pasaron dos meses y medio, hasta que el hijo de Rita fue a verla y, alarmado, la llamó aparte: — Mamá, tienes que quitarte de encima a ese tipo. — ¿Pero qué dices? — Hazme caso. Sólo está contigo porque no tiene donde caerse muerto. Rita le dio una bofetada: — ¡No te atrevas! No te metas en mi vida. — Mamá, yo soy tu heredero y no pienso compartir nada con ese tío. Si te casas, tendrá derechos. — ¿Qué te crees, que ya me estoy muriendo? — replicó Rita, ofendida — ¿Qué hay aquí para heredar? ¡Te crees que soy tonta! — Mamá, te lo digo en serio. La próxima vez que venga, que no esté ese hombre aquí. No digas que no avisé. Rita entró conteniendo las lágrimas. — ¿Es policía, tu hijo? — preguntó Yuri. — Perdona por no decírtelo… — No tenías por qué. — Es fiscal. Es buen chico, sólo que demasiado precavido. — ¿Qué piensas hacer? No supo qué responder. Su hijo no iba a dejarlo pasar y podría buscarle problemas reales, incluso volver a meter a Yuri en la cárcel. ¿Por qué no confiar? Pero tampoco quería perderle. — Verás… he ahorrado algo de dinero. Aquí cerca, como a veinte kilómetros, me alcanza para un terreno pequeño. Pondremos una caseta de obra y empezamos a construir con calma. Seguiré dando clases y, si hace falta, trabajo en lo que salga. Yo mismo te construiré la casa. ¿Qué te parece? Rita, sobrecogida, se calló. — Sé que estás acostumbrada a la comodidad, pero esto será sólo al principio. Después, te la haré preciosa. — Yo también tengo algo ahorrado, puedo ayudar en la construcción… — No te pediría eso nunca. — No pides nada. Lo hago porque quiero. Él la abrazó. Rita sintió seguridad, calor y amor. Quién iba a decir que podía renacer a su edad… Hicieron el trámite rápido; Yuri insistió en ponerlo a nombre de Rita, pero ella dijo que debía ser de los dos (recordando, irónicamente, las palabras de su hijo sobre “herencias”). Montaron la caseta, llevaron luz y Yuri se puso manos a la obra. Cuando vieron que no les alcanzaba el dinero de Rita, él se volcó en las clases, se montó un rincón donde parecía que daba clases online y sin que se notara el origen humilde. Cada euro era para la casa. Por las tardes de verano, extendían una manta en el terreno y miraban las estrellas. — ¿Qué sientes? — le preguntaba Yuri, abrazándola. — Un segundo aliento — respondía ella. — Yo sí que tengo un segundo aliento — reía él —. Pero tú, deberías sentir mi amor. Y sí, lo sentía, claro que sí. Rita fue un día a la casa a por ropa, mantas y algo de menaje. Encontró a Dima, su hijo, en la cocina. — Hola, hijo. Vengo sólo un minuto. ¿Todo bien? Él la miró sorprendido, tan cambiada, tan vital. — Mamá, ¿qué haces? Ya ni llamas. — Siempre estás liado, eres tú quien llama ahora. — No consigo pillarte nunca en casa. — Es que ya no vivo aquí. Sólo he venido a por unas cosas. ¿Me permites? Dima, estupefacto, vio cómo su madre salía renovada, feliz como nunca. — Cuando terminemos la casa, te invitaré a conocerla. Pero ahora tengo que irme, vamos a poner el porche. — Mamá, ¿qué te pasa? Rita le sonrió y le contestó desde la puerta: — Un segundo aliento, Dimi. Y amor. Claro, amor. ¡Hasta luego, hijo! — Y salió sonriendo, sin mirar atrás. Hoy tocaba construir su porche.
Caballero, no se empuje, por favor. Uff. ¿Ese olor viene de usted? Perdone murmuró el hombre, apartándose un poco.
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0250
Familia por un tiempo: Una historia de amor y conexión temporal
La maleta con las cosas estaba junto a la puerta, cerrada como el último detalle antes de irse.
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032
Encontré el diario de mi madre. Al leerlo, comprendí por qué me trató de forma diferente que a mis hermanos.
Encontré el cuaderno de notas de mi madre. Al pasar la vista por sus páginas, la niebla del sueño se
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016
La carta perdida: Un paseo por la nieve, un niño desconsolado, un deseo a Papá Noel y la magia solidaria de una familia española que convierte lágrimas en alegría y sueños en realidad
Carta Diego volvía a casa después de otro día en la oficina, mientras la escarcha crujía suavemente bajo
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0410
Julia, la perra que esperaba fielmente: La emotiva historia de la mascota de la familia del 2ºB, que sobrevivió a la adversidad y nunca dejó de aguardar su reencuentro en el portal, en una pequeña ciudad de provincia española de los años 90
Martina se sentaba junto al portal de casa. En el barrio todos sabían que la familia del piso 2ºB se
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