Camino al corazón a través de las tormentas

**Un camino al corazón a través de las tormentas**

La vida de Marina se desmoronaba como un castillo de naipes. Su divorcio del marido le había quitado el suelo bajo los pies, así que, recogiendo los pedazos de su pasado, regresó a su pueblo natal en los confines de La Mancha. Su apoyo incondicional era su abuela, Carmen García, que adoraba a Marina y a su hijo, Juanito.

—Juanito es igual que su padre, Miguel —decía Marina con una sonrisa amarga mientras observaba al niño—. Lo único que me queda de ese matrimonio, como un rayo de luz en medio de la noche.

—Ya te lo dije, no te juntaras con ese calavera —refunfuñaba la abuela, meneando la cabeza—. Se le veía desde lejos: inconstante, y encima se aficionó a la botella. Si de joven ya bebía, después solo iba a peor. Y tú, como una tonta, diciendo: “¡Amor, amor!”.

—¿Y de qué sirve hablar ahora, abuela? —suspiró Marina—. ¿Vas a recordármelo toda la vida? Al menos tenemos a Juanito, y eso es lo importante.

—No te apures, cariño —la abuela la abrazó con fuerza—. No diré ni una palabra más. Mírate, eres una belleza, ¡menuda suerte tendría ese Miguel si te encontrara otra vez! Tonto perdido, eso es lo que es.

—En el instituto, medio curso andaba detrás de mí —Marina se arregló el pelo sin querer—, pero ahora no estoy para tonterías. No me fío de nadie. Todos son encantadores al principio, pero luego… —hizo un gesto con la mano.

—No todos son como tu ex —replicó Carmen—. Mira, por ejemplo, a Antonio. ¿Te acuerdas de cómo se volvía loco por ti? Un chico de oro: trabajador, sin vicios. Y sigue soltero. El último de vuestra promoción que no se ha casado —añadió con una mirada astuta.

—Ay, abuela, no empieces —se defendió Marina—. No quiero pensar en nadie. Tengo que preparar a Juanito para el cole, arreglar la casa… Mis padres se fueron a la ciudad conmigo y se quedaron trabajando en la fábrica. Ahora esta casa es mía, y hay que ayudarte…

—Ayudar está muy bien —asintió la abuela—, pero no tengas prisa. Primero ocúpate de lo tuyo. Yo estoy bien, con salud, setenta años no son nada. Verte a ti y a Juanito ya es felicidad. Tus padres no os abandonarán, os echarán una mano. Quizás, cuando se jubilen, vuelvan. Y entonces viviremos todos juntos: vosotros en la casa grande, y yo en mi casita de al lado.

—Ay, abuela, eres una verdadera gallina clueca —Marina la abrazó y le dio un beso en la mejilla.

—Pero piensa en Antonio —la abuela le dio un suave pellizco, como cuando era pequeña—. Chicos como él no se encuentran en cualquier esquina.

Marina llevaba tres meses en el pueblo. Antonio, el tractorista local, no la perdía de vista. Él, como Carmen, pensaba que el matrimonio de Marina había sido un error del que aún no se recuperaba. Solo Dios sabía cuándo y cómo se habían puesto de acuerdo, pero siempre coincidían en la tienda del pueblo o en correos. La abuela le susurraba noticias de Marina y Juanito, lamentando que su nieta siguiera soltera.

Antonio se ponía colorado, suspiraba, pero temía recibir otro rechazo. Carmen, viendo sus dudas, lo animaba:

—Ella ha cambiado, Antonio. Ha aprendido mucho. La belleza no lo es todo, y tú eres justo lo que necesita: fiel, trabajador, cariñoso…

—Y no precisamente un Adonis —sonrió él, pero enseguida se puso serio—. Todavía la quiero, Carmen. Todos estos años solo he pensado en ella.

La abuela se emocionó y prometió ayudarlo.

—Pero no te precipites, cielo. No la presiones. Aún está recuperándose del divorcio; solo ha pasado un año y medio. Dale tiempo.

—¿Y si alguien más se la lleva? —se preocupó Antonio—. Ya la perdí una vez. No quiero que pase otra vez. Haré lo que sea para que sea mía.

—Entonces hazme caso —sonrió astutamente la abuela—. Ayúdala con las cosas de la casa, pero sin ser pesado. No le muestres tus sentimientos, mantén la calma. Ya veremos qué pasa.

—¡Vaya psicóloga está hecha, Carmen! —se rio Antonio—. ¿Y eso funcionará?

—¡Claro que sí! —aseguró ella—. Y yo pondré una buena palabra por ti. Pero cuidado: si la haces sufrir, me romperás el corazón.

Antonio asintió, y un cálido sentimiento lo invadió, como si ya tuviera su bendición y el sí de Marina.

La primavera avanzaba. Los huertos mostraban sus surcos recién labrados, y las grajillas paseaban con aire importante. Una mañana, Marina escuchó el rugido de un tractor frente a su casa. Salió al patio en zapatillas, solo con una chaqueta vieja, y exclamó:

—¡Antonio! ¿Qué es esto? ¿Para quién? —miró boquiabierta la carga de abono.

—¡Para ti, claro! —gruñó él, bajándose del tractor—. La abuela lo pidió. Dijo que te lo trajera y punto. Abre la cancela. ¡Espera, cómo vas así! Métete dentro, que te vas a resfriar. —Él mismo abrió la verja, entró con cuidado y dejó el montón junto a la valla.

—¿Cuánto te debo? —Marina buscó su monedero.

—Nada. A la abuela, como pensionista, le toca gratis. Guarda el dinero —cortó él, echándole un vistazo rápido antes de marcharse.

Al día siguiente, su hermano pequeño, Pablo, repartió el abono por el huerto durante cuatro días, sin aceptar ni un céntimo.

—Con mi hermano tenemos cuentas pendientes —se encogió de hombros—. Si dice que no cobre, no cobro.

—Pero ¿qué es esto? —Marina levantó las manos al cielo—. ¿Me han declarado veterana de guerra? ¿O es que ha vuelto el comunismo?

La abuela confirmó las palabras de Antonio, radiante de satisfacción.

—Ahora tienes la tierra lista para la siembra. El abono la dejará suelta y fértil para años. Planta lo que quieras.

Una semana después, Antonio llegó con una carga de estiércol, dejándolo tras el jardín y cubriéndolo con plástico.

—Que no se pierda —dijo con seriedad—. Date por afortunada de que sea gratis.

—Gracias, Antonio —Marina sonrió—. No sabía que eras tan mañoso. ¿Te apetece un café? He hecho unas magdalenas.

Antonio casi saltó de alegría, pero, recordando los consejos de la abuela, contestó con calma:

—Otro día. Tengo mucho trabajo. Toma, esto es para Juanito —le tendió una chocolatina—. Todos me dan dulces, pero yo no como. No sé qué hacer con ellos.

Marina lo miró con cariño, aceptando el regalo.

—Gracias. La abuela, Juanito y yo te esperamos para un café cuando puedas.

Antonio se alejó cantando en la cabina del tractor. Su corazón latía de felicidad. Y Carmen notaba cómo Marina se iba ablandando. No mencionaba a Antonio, pero sonreía cuando su nieta hablaba de su generosidad.

Pronto aparecieron ante la casa montones de arena y grava. Los vecinos cuchicheaban:

—¡Vaya mujer! Le da mil vueltas a cualquier hombre. ¿Se habrá puesto a reformar la casa? ¡Buena es!

—Pero sola no es fácil —suspiraban las vecinas—. Necesitaría un marido…

Cuando”Y así, entre risas y abono, Antonio y Marina encontraron su felicidad, demostrando que a veces el amor llega disfrazado de cosas sencillas, pero con raíces profundas como las de un buen campo manchego.”

Rate article
MagistrUm
Camino al corazón a través de las tormentas